Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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dejó el viento
de lanzarse huracanado y nosotros embarcamos y empujamos la nave al vasto ponto no
sin colocar el mástil y extender las blancas velas.
«Cuando abandonamos la isla y ya no se divisaba tierra alguna sino sólo cielo y mar, el
Cronida puso una negra nube sobre la cóncava nave y el mar se oscureció bajo ella. La
nave no pudo avanzar mucho tiempo, porque enseguida se presentó el silbante Céfiro
lanzándose en huracán y la tempestad de viento quebró los dos cables del mástil. Cayó
éste hacia atrás y todos los aparejos se desparramaron bodega abajo. En la misma proa de
la nave golpeó el mástil al piloto en la cabeza, rompiendo todos los huesos de su cráneo
y, como un volatinero, se precipitó de cabeza contra la cubierta y su valeroso ánimo
abandonó los huesos.
«Zeus comenzó a tronar al tiempo que lanzaba un rayo contra la nave, y ésta se revolvió
toda, sacudida por el rayo de Zeus, y se llenó de azufre. Mis compañeros cayeron fuera y,
semejantes a las cornejas marinas, eran arrastrados por el oleaje en torno a la negra nave.
Dios les había arrebatado el regreso.
«Entonces yo iba de un lado a otro de la nave, hasta que el huracán desencajó las
paredes de la quilla y el oleaje la arrastraba desnuda. El mástil se partió contra ésta, pero,
como había sobre aquél un cable de piel de buey, até juntos quilla y mástil y, sentándome
sobre ambos, me dejé llevar de los funestos vientos.
«Entonces Céfiro dejó de lanzarse huracanado y llegó enseguida Noto trayendo dolores
a mi ánimo, haciendo que volviera a recorrer de nuevo la funesta Caribdis.
«Dejéme llevar por el oleaje durante toda la noche y al salir el sol llegué al escollo de
Escila y a la terrible Caribdis. Ésta comenzó a sorber la salada agua del mar, pero
entonces yo me lancé hacia arriba, hacia el elevado cabrahigo y quedé adherido a él como
un murciélago. No podía apoyarme en él con los pies para trepar, pues sus raíces estaban
muy lejos y sus ramas muy altas -ramas largas y grandes que daban sombra a Caribdis.
Así que me mantuve firme hasta que ésta volviera a vomitar el mástil y la quilla, y un
rato más tarde me llegaron mientras estaba a la expectativa. Mis maderos aparecieron
fuera de Caribdis a la hora en que un hombre se levanta del ágora para ir a comer,
después de juzgar numerosas causas de jóvenes litigantes. Dejéme caer desde arriba de
pies y manos y me desplomé ruidosamente sobre el oleaje junto a mis largos maderos, y
sentado sobre ellos, comencé a remar con mis brazos. El padre de hombres y dioses no
permitió que volviera a ver a Escila, pues no habría conseguido escapar de la ruina total.
«Desde allí me dejé llevar durante nueve días, y en la décima noche los dioses me
impulsaron hasta la isla de Ogigia, donde habitaba Calipso de lindas trenzas, la terrible
diosa dotada de voz que me entregó su amor y sus cuidados. «Pero, ¿para qué te voy a contar esto? Ya os lo he narrado ayer a ti y a tu fuerte esposa
en el palacio, y me resulta odioso volver a relatar lo que he expuesto detalladamente.» CANTO XIII
LOS FEACIOS DESPIDEN A ODISEO.
LLEGADA A ITACA
Así habló, y todos enmudecieron en el silencio; estaban poseídos como por un hechizo
en el sombrío palacio. Entonces Alcínoo le contestó y dijo:
«Odiseo, ya que has llegado a mi palacio de piso de bronce, de elevado techo, creo que
no vas a volver a casa errabundo otra vez por mucho que hayas sufrido. En cuanto a
vosotros, cuantos acostumbráis a beber en mi palacio el rojo vino de los ancianos
escuchando al aedo, os voy a hacer este encargo: el forastero ya tiene, en un arca bien
pulimentada, oro bien trabajado y cuantos regalos le han traído los consejeros de los
feacios. Démosle también un gran trípode y una caldera cada hombre, que nosotros
después os recompensaremos recogiéndolo por el pueblo, pues es doloroso que uno haga
dones gratis.»
Así habló Alcínoo y les agradó su palabra. Y se marchó cada uno a su casa con ganas
de dormir.
Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, se apresuraron
hacia la nave llevando el bronce propio de los guerreros.
Y la sagrada fuerza de Alcínoo, marchando en persona, colocó todo bien bajo los
bancos de la nave, no fuera que causaran daño a alguno de los compañeros durante el
viaje cuando se apresuraran moviendo los remos.
Luego marcharon al palacio de Alcínoo y dispusieron el almuerzo. La sagrada


 

 
 

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