Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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dónde. se oculta bajo la
tierra Helios, que alumbra a los mortales, ni dónde se levanta. Conque tomemos pronto
una resolución, si es que todavía es posible, que yo no lo creo. Al subir a un elevado
puesto de observación he visto una isla a la que rodea, como corona, el ilimitado mar. Es
isla de poca altura, y he podido ver con mis ojos, en su mismo centro, humo a través de
unos encinares y espeso bosque."
«Así dije, y a mis compañeros se les quebró el corazón cuando recordaron las acciones
de Antifates Lestrigón y la violencia del magnánimo Cíclope, el comedor de hombres. Lloraban a gritos y derramaban abundante llanto; pero nada conseguían con lamentarse.
Entonces dividí en dos grupos a todos mis compañeros de buenas grebas y di un jefe a
cada grupo. A unos los mandaba yo y a los otros el divino Euríloco. Enseguida agitamos
unos guijarros en un casco de bronce y saltó el guijarro del magnánimo Euríloco. Conque
se puso en camino y con él veintidós compañeros que lloraban, y nos dejaron atrás a
nosotros gimiendo también.
«Encontraron en un valle la morada de Circe, edificada con piedras talladas, en lugar
abierto. La rodeaban lobos montaraces y leones, a los que había hechizado dándoles
brebajes maléficos, pero no atacaron a mis hombres, sino que se levantaron y jugueteaban
alrededor moviendo sus largas colas. Como cuando un rey sale del banquete y le rodean
sus perros moviendo la cola -pues siempre lleva algo que calme sus impulsos-, así los
lobos de poderosas uñas y los leones rodearon a mis compañeros, moviendo la cola. Pero
éstos se echaron a temblar cuando vieron las terribles bestias. Detuviéronse en el pórtico
de la diosa de lindas trenzas y oyeron a Circe que cantaba dentro con hermosa voz,
mientras se aplicaba a su enorme e inmortal telar -¡y qué suaves, agradables y brillantes
son las labores de las diosas! Entonces comenzó a hablar Polites, caudillo de hombres, mi
más preciado y valioso compañero:
«"Amigos, alguien -no sé si diosa o mujer- está dentro cantando algo hermoso mientras
se aplica a su gran telar -que todo el piso se estremece con el sonido-. Conque hablémosle
enseguida."
«Así dijo, y ellos comenzaron a llamar a voces. Salió la diosa enseguida, abrió las
brillantes puertas y los invitó a entrar. Y todos la siguieron en su ignorancia, pero
Euríloco se quedó allí barruntando que se trataba de una trampa. Los introdujo, los hizo
sentar en sillas y sillones, y en su presencia mezcló queso, harina y rubia miel con vino
de Pramnio. Y echó en esta pócima brebajes maléficos para que se olvidaran por
completo de su tierra patria.
«Después que se lo hubo ofrecido y lo bebieron, golpeólos con su varita y los encerró
en las pocilgas. Quedaron éstos con cabeza, voz, pelambre y figura de cerdos, pero su
mente permaneció invariable, la misma de antes. Así quedaron encerrados mientras
lloraban; y Circe les echó de comer bellotas, fabucos y el fruto del cornejo, todo lo que
comen los cerdos que se acuestan en el suelo.
«Conque Euríloco volvió a la rápida, negra nave para informarme sobre los compañeros
y su amarga suerte, pero no podía decir palabra -con desearlo mucho-, porque tenía
átravesado el corazón por un gran dolor: sus ojos se llenaron de lágrimas y su ánimo
barruntaba el llanto. Cuando por fin le interrogamos todos llenos de admiración, comenzó
a contarnos la pérdida de los demás compañeros:
«"Atravesamos los encinares como ordenaste, ilustre Odiseo, y encontramos en un valle
una hermosa mansión edificada con piedras talladas, en lugar abierto. Allí cantaba una
diosa o mujer mientras se aplicaba a su enorme telar; los compañeros comenzaron a
llamar a voces; salió ella, abrió las brillantes puertas y nos invitó a entrar. Y todos la
siguieron en su ignorancia, pero yo no me quedé por barruntar que se trataba de una
trampa. Así que desaparecieron todos juntos y no volvió a aparecer ninguno de ellos, y
eso que los esperé largo tiempo sentado."
«Así habló; entonces me eché al hombro la espada de clavos de plata, grande, de
bronce, y el arco en bandolera, y le ordené que me condujera por el mismo camino, pero
él se abrazó a mis rodillas y me suplicaba, y, lamentándose, me dirigía aladas palabras: « “No me lleves allí a la fuerza, Odiseo de linaje divino;


 

 
 

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