como almuerzo, pero los otros dos se dieron a la fuga y llegaron a las naves.
Entonces el
rey comenzó a dar grandes voces por la ciudad, y los gigantescos Lestrígones
que lo
oyeron empezaron a venir cada uno de un sitio, a miles, y se parecían
no a hombres, sino
a gigantes. Y desde las rocas comenzaron a arrojarnos peñascos grandes
como hombres,
así que junto a las naves se elevó un estruendo de hombres que
morían y de navíos que se
quebraban. Además, ensartábanlos como si fueran peces y se los
llevaban como
nauseabundo festín.
«Conque mientras mataban a éstos dentro del profundo Puerto, saqué
mi aguda espada
de junto al muslo y corté las amarras de mi nave de azuloscura proa.
Y, apremiando a mis
compañeros, les ordené que se inclinaran sobre los remos para
poder escapar de la
desgracia. Y todos a un tiempo saltaron sobre ellos, pues temían morir.
«Así que mi nave evitó de buena gana las elevadas rocas
en dirección al ponto,
mientras que las demás se perdían allí todas juntas. Continuamos
navegando con el
corazón acongojado, huyendo de la muerte gozosos, aunque habíamos
perdido a los
compañeros.
«Y llegamos a la isla de Eea, donde habita Circe, la de lindas trenzas,
la terrible diosa
dotada de voz, hermana carnal del sagaz Eetes: ambos habían nacido de
Helios, el que
lleva la luz a los mortales, y de Perses, la hija de Océano.
«Allí nos dejamos llevar silenciosamente por la nave a lo largo
de la ribera hasta un
puerto acogedor de naves y es que nos conducía un dios. Desembarcamos
y nos echamos
a dormir durante dos días y dos noches, consumiendo nuestro ánimo
por motivo del
cansancio y el dolor. Pero cuando Eos, de lindas trenzas, completó el
tercer día, tomé ya
mi lanza y aguda espada y, levantándome de junto a la nave, subí
a un puesto de
observación por si conseguía divisar labor de hombres y oír
voces. Cuando hube subido a
un puesto de observación, me detuve y ante mis ojos ascendía humo
de la tierra de
anchos caminos a través de unos encinares y espeso bosque, en el palacio
de Circe. Asi
que me puse a cavilar en mi interior si bajaría a indagar, pues había
vistó humo
enrojecido.
«Mientras así cavilaba me pareció lo mejor dirigirme primero
a la rápida nave y a la
ribera del mar para distribuir alimentos a mis compañeros, y enviarlos
a que indagaran
ellos. Y cuando ya estaba cerca de la curvada nave, algún dios se compadeció
de mí -solo
como estaba-, pues puso en mi camino un enorme ciervo de elevada cornamenta.
Bajaba
éste desde el pasto del bosque a beber al río, pues ya lo tenía
agobiado la fuerza del sol.
Así que en el momento en que salía lo alcancé en medio
de la espalda, junto al espinazo.
Atravesólo mi lanza de bronce de lado a lado y se desplomó sobre
el polvo chillando -y
su vida se le escapó volando. Me puse sobre él, saqué de
la herida la lanza de bronce y lo
dejé tirado en el suelo. Entre tanto, corté mimbres y varillas
y, trenzando una soga como
de una braza, bien torneada por todas partes, até los pies del terrible
monstruo. Me dirigí
a la negra nave con el animal colgando de mi cuello y apoyado en mi lanza, pues
no era
posible llevarlo sobre el hombro con una sola mano -y es que la bestia era descomunal.
Arrojéla por fin junto a la nave y desperté a mis compañeros,
dirigiéndome a cada uno en
particular con dulces palabras:
«"Amigos, no descenderemos a la morada de Hades -por muy afligidos
que estemos-,
hasta que nos llegue el día señalado. Conque, vamos, mientras
tenemos en la rápida nave
comida y bebida, pensemos en comer y no nos dejemos consumir por el hambre."
«Así dije, y pronto se dejaron persuadir por mis palabras. Se quitaron
de encima las
ropas, junto a la ribera del estéril mar, y contemplaron con admiración
al ciervo -y es que
la bestia era descomunal. Así que cuando se hartaron de verlo con sus
ojos, lavaron sus
manos y se prepararon espléndido festín.
«Así pasamos todo el día, hasta que se puso el sol, dándonos
a comer abundante carne y
delicioso vino. Y cuando se puso el sol y cayó la oscuridad nos echamos
a dormir junto a
la ribera del mar.
«Cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos
de rosa los reuní en
asamblea y les comuniqué mi palabra:
«"Escuchad mis palabras, compañeros, por muchas calamidades
que hayáis soportado.
Amigos, no sabemos dónde cae el Poniente ni dónde el Saliente,
