ingenioso! - dijo Athos.
-Pues entonces pondremos simplemente: «Milord, ¿os acordáis
de un pequeño cercado en el
que se os salvó la vida?»
-Mi querido D'Artagnan -dijo Athos-, no seréis nunca otra cosa que un
mal redactor: «En que
se os salvó la vida!H ¡Quita de ahli Eso no es digno. A un hombre
galante no se le recuerdan
esos servi cios. Beneficio reprochado, ofensa hecha.
-¡Ah amigo mío! -dijo D'Artagnan-. Sois insoportable, y si hay
que escribir bajo vuestra
censura, a fe que renuncio.
-Y hacéis bien. Manejad el mosquete y la espada, querido, prac ticáis
hábilmente los dos
ejercicios, pero pasad la pluma al señor abate, esto le concierne.
-¡Ah sí por cierto -dijo Porthos-, pasad la pluma a Aramis, que
escribe tesis en latín!
-Pues bien, sea -dijo D'Artagnan-, redactadnos esa nota, Aramis, pero, ¡por
San Pedro!,
hacedlo con cautela, porque os aviso que yo también os espulgaré.
-No pido otra cosa -dijo Aramis con esa ingenua confianza que todo poeta tiene
en sí mismo-;
pero que me pongan al corriente; por aquí y por allá he oído
decir que esa cuñada era una
bribona, yo mismo he tenido pruebas de ello al escuchar su conversación
con el cardenal.
-¡Más bajo, pardiez! - dijo Athos.
-Mas se me escapan los detalles -continuó Aramis.
-Y a mí también -dijo Porthos.
D'Artagnan y Athos se miraron algún tiempo en silencio. Por fin Athos,
tras haberse recogido y
poniéndose aún más pálido de lo que era por costumbre,
hizo un signo de asentimiento;
D'Artagnan com prendió que podía hablar.
-¡Pues bien! Esto es lo que tengo que decir -prosiguió D'Artagnan-:
«Milord, vuestra cuñada es
una criminal, que quiso haceros matar para heredaros. Además, no podía
desposar a vuestro
hermano, por estar ya casada en Francia y por haber sido...»
D'Artagnan se detuvo como si buscase la palabra, mirando a Athos.
-Arro'ada por su marido -dijo Athos.
-Por haber sido marcada -continuó D'Artagnan.
-¡Bah! -exclamó Porthos-. ¡Imposible! ¿Ha querido
hacer matar a su cuñado?
-Sí.
-¿Estaba casada? -preguntó Aramis.
-Sí.
-¿Y su marido se dio cuenta de que tenía una flor de lis en el
hombro? -exclamó Porthos.
-Sí.
Estos tres síes fueron dichos por Athos con una entonación más
sombría cada vez.
-¿Y quién ha visto esa flor de lis? -preguntó Aramis.
-D'Artagnan y yo, o mejor, para observar el orden cronológico, yo y D'Artagnan
-respondió
Athos.
-¿Y el marido de esa horrible criatura vive aún?- dijo Aramis.
-Aún vive.
-¿Estáis seguro?
-Lo estoy.
Hubo un instante de frío silencio durante el que cada cual se sintió
impresionado según su
naturaleza.
-Esta vez -prosiguió Athos interrumpiendo el primero el silencio D'Artagnan
nos ha dado un
programa excelente, y eso es lo primero que hay que escribir.
-¡Diablos! Tenéis razón, Athos -prosiguió Aramis-,
y la redacción es espinosa. El mismo señor
canciller se vería en apuros para redactar una epístola de esa
fuerza, y sin embargo, el señor
canciller redacta muy tranquilamente un atestado. ¡No importa, callaos,
escribo!
En efecto, Aramis cogió la pluma, reflexionó algunos instantes,
se puso a escribir ocho o diez
líneas de una encantadora y diminuta escritura de mujer, y luego, con
voz dulce y lenta, como si
cada palabre hubiera sido sopesada escrupulosamente, leyó lo que sigue:
«Milord:
La persona que os escribe estas pocas líneas ha tenido el ho nor de cruzar
la espada con
vos en un pequeño cercado de la calle d'Enfer. Como luego tuvisteis a
bien declararos varias
ve ces amigo de esta persona, ésta os debe agradecer esa amistad con
un buen aviso. Dos
veces habéis estado a punto de ser vícti ma de un pariente próximo
a quien creéis vuestro
heredero, por que ignoráis que antes de contraer matrimonio en Inglaterra
estaba ya casada
en Francia. Pero la tercera vez que es ésta, podéis sucumbir a
ella. Vuestro pariente ha
partido de La Rochelle para Inglaterra durante la noche. Vigilad su llegada,
porque tiene
grandes y terribles proyectos. Si queréis saber absolutamente de lo que
es capaz, leed su
pasado en su hombro izquierdo.»
