D'Artagnan pasó el día enseñando su traje de mosquetero
por to das las calles del
campamento.
Por la noche, a la hora fijada, los cuatro amigos se reunieron; sólo
quedaban tres cosas que
decidir:
Lo que había que escribir al hermano de Milady.
Lo que había que escribir a la persona hábil de Tours.
Y qué lacayos serían los que llevarían las camas.
Cada cual ofreció el suyo: Athos hablaba de la discreción de Grimaud,
que sólo hablaba cuando
su amo le descosía la boca; Porthos ponderaba la fuerza de Mosquetón,
que era de corpulencia
capaz de dar una tunda a cuatro hombres de complexión ordinaria; Aramis,
con fiando en la
destreza de Bazin, hacía un elogio pomposo de su candidato; finalmente,
D'Artagnan tenía fe
completa en la bravura de Planchet, y recordaba la forma en que se había
comportado en el
espinoso asunto de Boulogne.
Estas cuatro virtudes disputaron largo tiempo el premio, y dieron lugar a magníficos
discursos,
que no referiremos aquí por miedo a que resulten largos.
-Por desgracia -dijo Athos-, será preciso que aquel a quien se envíe
posea por sí solo las cuatro
cualidades juntas.
-Pero ¿dónde encontrar un lacayo semejante?
-¡Inencontrable! -dijo Athos-. Lo sé bien: tomad, pues, a Grimaud.
-Tomad a Mosquetón.
-Tomad a Bazin.
-Tomad a Planchet; Planchet es bravo y diestro; ahí tenéis ya
dos de las cuatro cualidades.
-Señores -dijo Aramis-, lo principal no es saber cuál de nuestros
cuatro lacayos es el más
discreto, el rnás fuerte, el más diestro o el más bravo;
lo principal es saber cuál ama más el
dinero.
-Lo que Aramis dice está lleno de sensatez -prosiguió Athos-;
hay que especular sobre los
defectos de las personas y no sobre sus virtudes; señor abate, ¡sois
un gran móralista!
-Indudablemente -replicó Aramis-; porque no sólo necesitamos estar
bien servidos para
triunfar, sino incluso para no fracasar; porque en caso de fracaso, está
en juego la cabeza, no de
los lacayos...
-¡Más bajo, Aramis! -dijo Athos.
-Exacto, no de los lacayos -prosiguió Aramis-, sino del amo, e incluso
de los amos. ¿Nos son
bastante adictos nuestros lacayos para arriesgar su vida por nosotros? No.
-¡A fe -dijo D'Artagnan- que respondería casi de Planchet!
-¡Pues bien, querido amigo! Añadid a su adhesión natural
una buena suma que le proporcione
algún desahogo, y entonces, en lugar de responder por él una vez,
responderéis dos.
-¡Buen Dios! Os equivocaréis de todos modos -dijo Athos, que era
optimista cuando se trataba
de las cosas, y pesimista cuando se trataba de los hombres-. Prometerán
todo para tener el
dinero, y en camino el miedo los impedirá actuar. Una vez cogidos, los
encerrarán; y encerrados
confesarán. ¡Qué diablo! ¡No somos niños! Para
ir a Inglaterra -Athos bajó la voz-, hay que
atravesar toda Francia, sembrada de espías y de criaturas del cardenal;
se necesita un pase para
embarcarse; hay que saber inglés para preguntar el camino a Londres.
Ya véis que la cosa me
parece muy difícil.
-Nada de eso -dijo D'Artagnan que estaba empeñado en que la cosa se realizase-;
yo, por el
contrario, la veo fácil. ¡No hay ni que decir, por supuesto, que
si se escribe a lord de Winter los
horrores del cardenal...!
-¡Más bajo! -dijo Athos.
-Las intrigas y los secretos de Estado -continuó D'Artagnan haciendo
caso a la recomendación-
no hay ni que decir que ¡todos nosotros seremos enrodados vivos!; pero,
por Dios, no olvidéis,
como vos mismo habéis dicho, Athos, que le escribimos por un asunto de
familia; que le
escribimos con el único fin de que ponga a Milady, desde su llegada a
Londres, en la
imposibilidad de perjudicarnos. Le escribi ré, por tanto, una carta poco
más o menos en estos
términos:
-Veamos -dijo Aramis, adoptando de antemano un semblante de crítico.
-«Señor y querido amigo...
-Vaya, pues sí; querido amigo a un inglés -interrumpió
Athos-; buen comienzo, ¡bravo!,
D'Artagnan. Sólo que con esa palabra seréis descuartizado en lugar
de enrodado vivo.
-Bueno, de acuerdo, entonces diré señor a secas.
-Podéis decir incluso milord -prosiguió Athos, que se empeñaba
en las conveniencias.
-«Milord, ¿os acordáis del pequeño cercado de cabras
del Luxemburgo?»
-¡Vaya! ¡Ahora el Luxemburgo! Creerá que es una alusión
a la reina madre. ¡Eso sí que es
