se adelanta cinco minutos
sobre vos, señor.
Y saludando a los asistentes boquiabiertos, los cuatro jóvenes tomaron
el camino del bastión
Saint-Gervais, seguidos de Grimaud, que llevaba la cesta, ignorando dónde
iba, pero en la
obediencia pasiva a que se había habituado con Athos no pensaba siquiera
en pregun tarlo.
Mientras estuvieron en el recinto del campamento, los cuatro amigos no intercambiaron
una
palabra; además eran seguidos por los curiosos que, conociendo la apuesta
hecha, querían saber
cómo saldrían de ella.
Pero una vez hubieron franqueado la línea de circunvalación y
se encontraron en pleno campo,
D'Artagnan, que ignoraba por completo de qué se trataba, creyó
que había llegado el momento
de pedir una explicación.
-Y ahora, mi querido Athos -dijo-, tened la amabilidad de decirme adónde
vamos.
-Ya lo veis -dijo Athos-, vamos al bastión.
-Sí, pero ¿qué vamos a hacer all?
-Ya lo sabéis, vamos a desayunar.
-Pero ¿por qué no hemos desayunado en el Parpaillot?
-Porque tenemos cosas muy importantes que decirnos, y porque era imposible hablar
cinco
minutos en ese albergue, con todos esos im portunos que van, que vienen, que
saludan, que se
pegan a la mesa; ahí por lo menos -prosiguió Athos señalando
el bastión- no vendrán a
molestarnos.
-Me parece -dijo D'Artagnan con esa prudencia que tan bien y tan naturalmente
se aliaba en él
a una bravura excesiva-, me parece que habríamos podido encontrar algún
lugar apartado en las
dunas, a orillas del mar.
-Donde se nos habría visto conferenciar a los cuatro juntos, de suerte
que al cabo de un cuarto
de hora el cardenal habría sido avisado por sus espías de que
teníamos consejo.
-Sí -dijo Aramis-, Athos tiene razón: Animadvertuntur in desertis.
-Un desierto no habría estado mal -dijo Porthos-, pero se trataba de
encontrarlo.
-No hay desierto en el que un pájaro no pueda pasar por encima de la
cabeza, donde un pez
no pueda saltar por encima del agua, donde un conejo no pueda salir de su madriguera,
y creo
que pájaro, pez, conejo todo es espía del cardenal. Más
vale, pues, seguir nuestra em presa, ante
la cual por otra parte ya no podemos retroceder sin vergüenza; hemos hecho
una apuesta, una
apuesta que no podía preverse, y sobre cuya verdadera causa desafío
a quien sea a que la
adivine: para ganarla vamos a permanecer una hora en el bastión. Seremos
ata cados o no lo
seremos. Si no lo somos, tendremos todo el tiempo para hablar, y nadie nos oirá,
porque
respondo de que los muros de este bastión no tienen orejas; si lo somos,
hablaremos de
nuestros asuntos al mismo tiempo, y además, al defendernos, nos cubrimos
de gloria. Ya veis
que todo es beneficio.
-Sí -dijo D'Artagnan-, pero indudablemente pescaremos alguna bala.
-Vaya, querido -dijo Athos-, ya sabéis vos que las balas más de
temer no son las del enemigo.
-Pero me parece que para semejante expedición habríamos debido
al menos traer nuestros
mosquetes.
-Sois un necio, amigo Porthos; ¿para qué cargar con un peso inút
il?
-No me parece inútil frente al enemigo un buen mosquete de calibre, doce
cartuchos y un
cebador.
-Pero bueno -dijo Athos-, ¿no habéis oído lo que ha dicho
D'Artagnan?
-¿Qué ha dicho D'Artagnan? -preguntó Porthos.
-D'Artagnan ha dicho que en el ataque de esta noche había ocho o diez
franceses muertos, y
otros tantos rochelleses.
-¿Y qué?
-No ha habido tiempo de despojarlos, ¿no es así? Dado que, por
el momento, había otras cosas
más urgentes.
-Y ¿qué?
-¡Y qué! Vamos a buscar sus mosquetes sus cebadores y sus cartuchos,
y en vez de cuatro
mosquetes y de doce balas vamos a tener una quincena de fusiles y un centenar
de disparos.
-¡Oh, Athos! -dijo Aramis-. Eres realmente un gran hombre.
Porthos inclinó la cabeza en señal de asentimiento.
Sólo D'Artagnan no parecía convencido.
Indudablemente Grimaud compartía las dudas del joven; porque al ver que
se continuaba
caminando hacia el bastión, cosa que había dudado hasta entonces,
tiró a su amo por el faldón
de su traje.
-¿Dónde vamos? -preguntó por gestos.
Athos le sañaló el bastión.
-Pero -dijo en el mismo dialecto el silencioso Grimaud- dejaremos ahí
