Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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D'Artagnan miró a Athos para saber si debía responder a aquel intruso que se mezclaba en la
conversación.
-Y bien -dijo Athos-, ¿no oyes al señor de Busigny que te hace el honor de dirigirte la palabra?
Cuenta lo que ha pasado esta noche, que estos señores desean saberlo.
-¿No habrán cogido un fasitón? -preguntó un suizo que bebía ron en un vaso de cerveza.
-Sí, señor -respondió D'Artagnan inclinándose-, hemos tenido ese honor; incluso hemos
metido, como habéis podido oír, bajo uno de los ángulos, un barril de pólvora que al estallar ha
hecho una her mosa brecha; sin contar con que, como el bastión no era de ayer, todo el resto de
la obra ha quedado tambaleándose.
-Y ¿qué bastión es? -preguntó un dragón que tenía ensartada en su sable una oca que traía
para que se la asasen.
-El bastión Saint-Gervais -respondió D'Artagnan, tras el cual los rochelleses inquietaban a
nuestros trabajadores.
-¿Y la cosa ha sido acalorada?
-Por supuesto; nosotros hemos perdido cinco hombres y los rochelleses ocho o diez.
-¡Triante! -exclamó el suizo, que, pese a la admirable colección de juramentos que posee la
lengua alemana, había tomado la costumbre de jurar en francés.
-Pero es probable -dijo el caballo-ligero- que esta mañana envíen avanzadillas para poner las
cosas en su sitio en el bastión.
-Sí, es probable -dijo D'Artagnan.
-Señores -dijo Athos-, una apuesta.
-¡Ah! Sí, una apuesta - dijo el suizo.
- Cuál? -preguntó el caballo-ligero. -Esperad -dijo el dragón poniendo su sable, como un asador, sobre los dos grandes morillos
que sostenían el fuego de la chimenea-, estoy con vosotros. Hostelero maldito, una grasera en
seguida, para que no pierda ni una sola gota de la grasa de esta estimable ave.
-Tiene razón -dijo el suizo-, la grasa zuya, es muy fuena gon gonfituras.
-Ahí -dijo el dragón-. Ahora, veamos la apuesta. ¡Escuchamos, señor Athos!
-¡Sí, la apuesta! -dijo el caballo- ligero.
-Pues bien, señor de Busigny, apuesto con vosotros -dijo Athosa que mis tres compañeros, los
señores Porthos, Aramis y D Artagnan y yo nos vamos a desayunar al bastión Saint-Gervais y que
estaremos allí una hora, reloj en mano, haga lo que haga el enemigo para desalojarnos.
Porthos y Aramis se miraron; comenzaban a comprender.
-Pero -dijo D'Artagnan inclinándose al oído de Athos- vas a hacernos matar sin misericordia.
-Estamos mucho más muertos -respondió Athos- si no vamos.
-¡Ah! A fe que es una hermosa apuesta -dijo Porthos retrepán dose en su silla y retorciéndose el
mostacho.
-Acepto -dijo el señor de Busigny-; ahora se trata de fijar la puesta.
-Vosotros sois cuatro, señores -dijo Athos-; nosotros somos cuatro; una cena a discreción para
ocho, ¿os parece?
-De acuerdo -replicó el señor de Busigny.
-Perfectamente -dijo el dragón.
-Me fa -dijo el suizo.
El cuarto auditor, que en toda esta conversación había jugado un papel mudo, hizo con la
cabeza una señal de que aceptaba la proposición.
-El desayuno de estos señores está dispuesto -dijo el hostelero.
-Pues bien, traedlo -dijo Athos.
El hostelero obedeció. Athos llamó a Grimaud, le mostró una gran cesta que yacía en un rincón
y le hizo el gesto de envolver en las servi lletas las viandas traídas.
Grimaud comprendió al instante que se trataba de desayunar en el campo, cogió la cesta,
empaquetó las viandas, unió a ello botellas y cogió la cesta al brazo.
-Pero ¿dónde se van a tomar mi desayuno? -dijo el hostelero.
-¿Qué os importa -dijo Athos-, con tal de que os paguen?
Y majestuosamente tiró dos pistolas sobre la mesa.
-¿Hay que devolveros algo mi oficial? -dijo el hostelero.
-No, añade solamente dos botellas de Champagne y la diferencia será por las servilletas.
El hostelero no hacía tan buen negocio como había creído al principio pero se recuperó
deslizando a los comensales dos botellas de vino de Anjou en lugar de dos botellas de vino de
Champagne.
-Señor de Busigny -dijo Athos-, ¿tenéis a bien poner vuestro reloj con el mío, o me permitís
poner el mío con el vuestro?
-De acuerdo, señor -dijo el caballo-ligero sacando del bolsillo del chaleco un hermoso reloj
rodeado de diamantes-; las siete y media -dijo.
-Siete y treinta y cinco minutos -dijo Athos-; ya sabemos que el mío


 

 
 

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