dos cosas van
juntas de maravilla.
-Escucho -dijo D'Artagnan.
Athos se recogió y, a medida que se recogía, D'Artagnan lo veía
palidecer; estaba en ese
período de la embriaguez en que los bebedo res vulgares caen y duermen.
El, él soñaba en voz
alta sin dormir. Aquel sonambulismo de la bonachera tenía algo de espantoso.
-¿Lo queréis? -preguntó.
-Os lo ruego -dijo D'Artagnan.
-Sea como deseáis. Uno de mis amigos, uno de mis amigos, oís bien,
no yo - dijo Athos
interrumpiéndose con una sonrisa sombría-; uno de los condes de
mi provincia, es decir, del
Berry, noble como un Dandolo o un Montmorency, se enamoró a los veinticinco
años de una
joven de dieciséis, bella como el amor. A través de la ingenuidad
de su edad apuntaba un
espíritu ardiente, un espíritu no de mujer, sino de poeta; ella
no gustaba embriagaba; vivía en
una aldea, junto a su hermano, que era cura. Los dos habían llegado a
la región, ve nían no se
sabía de dónde; pero al verla tan hermosa y al ver a su hermano
tan piadoso nadie pensó en
preguntarles de dónde venían. Por lo demás se los suponía
de buena extracción. Mi amigo, que
era el señor de Ìa región, hubiera podido seducirla o tomarla
por la fuerza, a su gusto, era el
amo: ¿quién habría venido en ayuda de dos extraños,
de dos desconocidos? Por desgracia era un
hombre honesto, la desposó. ¡El tonto, el necio, el imbécil!
-Pero ¿por qué, si la amaba? -preguntó D'Artagnan.
-Esperad -dijo Athos-. La llevó a su castillo y la hizo la primera dama
de su provincia; y hay que
hacerle justicia, cumplía perfectamente con su rango.
-¿Y? - preguntó D'Artagnan.
-Y un día que ella estaba de caza con su marido -continuó Athos
en voz baja y hablando muy
deprisa-, ella se cayó del caballo y se desvaneció: el conde se
lanzó en su ayuda, y como se
ahogaba en sus vestidos, los hendió con su puñal y quedó
al descubierto el hombro. ¿Adivináis lo
que tenía en el hombro, D'Artagnan? - dijo Athos con un gran estallido
de risa.
-¿Puedo saberlo? -preguntó D'Artagnan.
-Una for de lis -dijo Athos-. ¡Estaba marcada!
Y Athos vació de un solo trago el vaso que tenía en la mano.
-¡Horror! -exclamó D'Artagnan-. ¿Qué me decís?
-La verdad. Querido, el ángel era un demonio. La pobre joven había
robado.
-¿Y qué hizo el conde?
-El conde era un gran señor, tenía sobre sus tierras derecho de
horca y cuchillo: acabó de
desgarrar los vestidos de la condesa, le ató las manos a la espalda y
la colgó de un árbol.
-¡Cielos! ¡Athos! ¡Un asesinato! -exclamó D'Artagnan.
-Sí, un asesinato, nada más -dijo Athos pálido como la
muerte-. Pero me parece que me están
dejando sin vino.
Y Athos cogió por el gollete la última botella que quedaba, la
acercó a su boca y la vació de un
solo trago, como si fuera un vaso normal.
Luego se dejó caer con la cabeza entre sus dos manos; D'Artagnan permaneció
ante él, parado
de espanto.
-Eso me ha curado de las mujeres hermosas, poéticas y amorosas -dijo
Athos levantándose y
sin continuar el apólogo del conde-. ¡Dios os conceda otro tanto!
¡Bebamos!
-¿Así que ella murió? -balbuceó D'Artagnan.
-¡Pardiez! -dijo Athos-. Pero tended vuestro vaso. ¡Jamón,
pícaro! -gritó Athos-. No podemos
beber más.
-¿Y su hermano? -añadió tímidamente D'Artagnan.
- Su hermano? -repuso Athos.
-Sí, el cura.
-!Ah! Me informé para colgarlo también; pero había puesto
pies en polvorosa, había dejado su
curato la víspera.
-¿Se supo al menos lo que era aquel miserable?
-Era sin duda el primer amante y el cómplice de la hermosa, un digno
hombre que había
fingido ser cura quizá para casar a su amante y asegurarse una fortuna.
Espero que haya sido
descuartizado.
-¡Oh, Dios mío, Dios mió! -dijo D'Artagnan, completamente
aturdido por aquella horrible
aventura.
-Comed ese jamón, D'Artagnan, es exquisito -dijo Athos cortando una loncha
que puso en el
plato del joven-. ¡Qué pena que sólo hubiera cuatro como
éste en la bodega!
D'Artagnan no podía seguir soportando aquella conversación, que
lo enloquecía; dejó caer su
cabeza entre sus dos manos y fingió dormirse.
