una precaución política.
Encontró al señor Bonacieux solo; el pobre hombre ponía
a duras penas orden en la casa,
cuyos muebles había encontrado casi rotos y cuyos armarios casi vacíos,
pues no es la justicia
ninguna de las tres cosas que el rey Salomón indica que no dejan huellas
de su paso. En cuanto
a la criada, había huido cuando el arresto de su amo. El terror había
ganado a la pobre
muchacha hasta el punto de que no había dejado de andar desde Paris hasta
Bourgogne, su país
natal.
El digno mercero había participado a su mujer, tan pronto como estuvo
de vuelta en casa, su
feliz retorno, y su mujer le había respondido para felicitarle y para
decirle que el primer momento
que pudiera escamotear a sus deberes sería consagrado por entero a visitarle.
Aquel primer momento se había hecho esperar cinco días, lo cual
en cualquier otra
circunstancia hubiera parecido algo largo a maese Bonacieux; pero en la visita
que había hecho
al cardenal y en las visitas que le hacía Rochefort, había amplio
tema de reflexión, y como se sa-
be, nada hace pasar el tiempo como reflexionar.
Tanto más cuanto que las reflexiones de Bonacieux eran todas color de
rosa. Rochefort le
llamaba su amigo, su querido Bonacieux, y no cesaba de decirle que el cardenal
le hacía el mayor
caso. El mercero se veía ya en el camino de los honores y de la fortuna.
Por su parte, la señora Bonacieux había reflexionado, pero hay
que decirlo, por otro motivo
muy distinto que la ambición; a pesar suyo, sus pensamientos habían
tenido por móvil constante
aquel hermoso joven tan valiente y que parecía tan amoroso. Casada a
los dieciocho años con el
señor Bonacieux, habien do vivido siempre en medio de los amigos de su
marido, poco
susceptibles de inspirar un sentimiento cualquiera a una joven cuyo corazón
era más elevado que
su posición, la señora Bonacieux había permanecido insensible
a las seducciones vulgares; pero,
en esa época sobre todo, el título de gentilhombre te nía
gran influencia sobre la burguesía y
D'Artagnan era geltihombre; además, llevaba el uniforme de los guardias
que después del
uniforme de los mosqueteros era el más apreciado de las damas. Era, lo
repetimos, hermoso,
joven, aventurero; hablaba de amor como hombre que ama y que tiene sed de ser
amado; tenía
más de lo que es preciso para enloquecer a una cabeza de veintitrés
años y la señora Bonacieux
había llegado precisamente a esa dichosa edad de la vida.
Aunque los dos esposos no se hubieran visto desde hacía más de
ocho días, y aunque graves
acontecimientos habían pasado entre ellos, se abordaron, pues, con cierta
preocupación; sin
embargo, el señor Bo nacieux manifestó una alegría real
y avanzó hacia su mujer con los brazos
abiertos.
La señora Bonacieux le presentó la frente.
-Hablemos un poco -dijo ella.
-¿Cómo? -dijo Bonacieux, extrañado.
-Sí, tengo una cosa de la mayor importancia que deciros.
-Por cierto, que yo también tengo que haceros algunas preguntas bastante
serias. Explicadme
un poco vuestro rapto, por favor.
-Por el momento no se trata de eso - dijo la señora Bonacieux.
-¿Y de qué se trata entonces? ¿De mi cautividad?
-Me enteré de ella el mismo día; pero como no erais culpable de
ningún crimen, como no erais
cómplice de ninguna intriga, como no sabíais nada, en fin, que
pudiera comprometeros, ni a vos
ni a nadie, no he dado a ese suceso más importancia de la que merecía.
-¡Habláis muy a vuestro gusto señora! -prosiguió
Bonacieux, herido por el poco interés que le
testimoniaba su mujer-. ¿Sabéis que he estado metido un día
y una noche en un calabozo de la
Bastilla?
-Un día y una noche que pasan muy pronto; dejemos, pues, vuestra cautividad,
y volvamos a
lo que me ha traído a vuestro lado.
-¿Cómo? ¡Lo que os trae a mi lado! ¿No es, pues,
el deseo de volver a ver a un marido del que
estáis separada desde hace ocho días? -pregunto el mercero picado
en lo más vivo.
-Es eso en primer lugar, y además otra cosa.
-¡Hablad!
-Una cosa del mayor interés y de la que depende nuestra fortuna futura
quizá.
-Nuestra fortuna ha cambiado mucho de cara desde que os vi, señora Bonacieux,
y no me
extrañaría que de aquí a algunos meses causara la envidia
de mucha gente.
-Sí, sobre todo si queréis seguir las instrucciones que voy a
daros.
- ¿A mî?
-Sí, a vos. Hay una buena y santa acción que hacer, señor,
