Esta exclamación había salido del fondo del corazón y,
como el pri mero, no podía engañar.
-Sí -continuó la señora Bonacieux-. Sí, aquí
hay traidores; pero por el santo nombre de la
Virgen, os juro que nadie es más adicta que yo a Vuestra Majestad. Esos
herretes que el rey pide
de nuevo se los habéis dado al duque de Buckingham, ¿no es así?
¿Esos herretes estaban
guardados en una cajita de palo de rosa que él llevaba bajo el brazo?
¿Me equivoco acaso? ¿No
es as?
-¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! -murmuró la reina
cuyos dientes castañeaban de terror.
-Pues bien, esos herretes -prosiguió la señora Bonacieux- hay
que recuperarlos.
-Sí, sin duda, hay que hacerlo -exclamó la reina-. Pero ¿cómo,
cómo conseguirlo?
-Hay que enviar a alguien al duque.
-Pero ¿quién...? ¿Quién...? ¿De quién
fiarme?
-Tened confianza en mí, señora; hacedme ese honor, mi reina, y
yo encontraré el mensajero.
-¡Pero será preciso escribir!
-¡Oh, sí! Es indispensable. Dos palabras de mano de Vuestra Majestady
vuestro sello particular.
-Pero esas dos palabras, ¡son mi condena, son el divorcio, el exilio!
-¡Sí, si caen en manos infames! Pero yo respondo de que esas dos
palabras sean remitidas a su
destinatario.
-¡Oh, Dios mío! ¡Es preciso, pues, que yo ponga mi vida,
mi honor, mi reputación en vuestras
manos!
-¡Sí, sí, señora, lo es, y yo salvaré todo
esto!
-Pero ¿cómo? Decídmelo al menos.
-Mi marido ha sido puesto en libertad hace tres días; aún no he
tenido tiempo de volverlo a
ver. Es un hombre bueno y honesto que no tiene odio ni amor por nadie. Hará
lo que yo quiera;
partirá a una orden mía, sin saber lo que lleva, y entregará
la carta de Vuestra Majestad, sin
saber siquiera que es de Vuestra Majestad, al destinatario que se le indique.
La reina tomó las dos manos de la joven en un arrebato apasionado, la
miró como para leer en
el fondo de su corazón, y al no ver más que sinceridad en sus
bellos ojos la abrazó tiernamente.
-¡Haz eso -exclamó-, y me habrás salvado la vida, habrás
sal vado mi honor!
-¡Oh! No exageréis el servicio que yo tengo la dicha de haceros;
yo no tengo que salvar de
nada a Vuestra Majestad, que es solamente víctima de pérfidas
conspiraciones.
-Es cierto, es cierto, hija mía - dijo la reina-. Y tienes razón.
-Dadme, pues, esa carta, señora, el tiempo apremia.
La reina corrió a una pequeña mesa sobre la que había tinta,
papel y plumas; escribió dos
líneas, selló la carta con su sello y la entregó a la señora
Bonacieux.
-Y ahora -dijo la reina-, nos olvidamos de una cosa muy necesaria. . .
-¿Cuál?
-El dinero.
La señora Bonacieux se ruborizó.
-Sí, es cierto -dijo-. Confesaré a Vuestra Majestad que mi marido.
. .
-Tu marido no lo tiene, es eso lo que quieres decir.
-Claro que sí, lo tiene pero es muy avaro, es su defecto. Sin embargo
que Vuestra Majestad no
se inquiete, encontraremos el medio...
-Es que yo tampoco tengo -dijo la reina (quienes lean las Memorias de la señora
de Motteville
no se extrañarán de esta respuesta)-. Pero espera.
Ana de Austria corrió a su escriño.
-Toma -dijo-. Ahí tienes un anillo de gran precio, según aseguran;
procede de mi hermano el
rey de España, es mío y puedo disponer de él. Toma ese
anillo y hazlo dinero, y que tu marido
parta.
-Dentro de una hora seréis obedecida.
-Ya ves el destinatario -añadió la reina hablando tan bajo que
apenas podía oírse lo que decía:
A Milord el duque de Buckingham, en Londres.
-La carta le será entregada personalmente.
-¡Muchacha generosa! -exclamó Ana de Austria.
La señora Bonacieux besó las manos de la reina, ocultó
el papel en su blusa y desapareció con
la ligereza de un pájaro.
Diez minutos más tarde estaba en su casa; como le había dicho
a la reina no había vuelto a ver
a su marido desde su puesta en libertad; por tanto ignoraba el cambio que se
había operado en
él respecto del cardenal, cambio que habían logrado la lisonja
y el dinero de Su Eminencia y que
habían corroborado, luego, dos o tres visitas del conde de Rochefort,
convertido en el mejor
amigo de Bonacieux, al que había hecho creer sin mucho esfuerzo que ningún
sentimiento
culpable le había llevado al rapto de su mujer, sino que era solamente
