Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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y veréis cómo os encontraréis bien. Tras esto, el cardenal, oyendo dar en el péndulo las once, se inclinó profundamente pidiendo
permiso al rey para retirarse y suplicándole que se reconciliase con la reina.
Ana de Austria, que a consecuencia de la confiscación de su carta esperaba algún reproche,
quedó muy sorprendida al ver al día siguiento al rey hacer tentativas de acercamiento hacia ella.
Su primer movi miento fue de repulsa, su orgullo de mujer y su dignidad de reina habían sido, los
dos, tan cruelmente ofendidos que no podía reconciliarse así, a la primera; pero, vencida por el
consejo de sus mujeres, tuvo finalmente aspecto de comenzar a olvidar. El rey aprovechó aquel
primer momento de retorno para decirle que contaba con dar de un mo mento a otro una fiesta.
Era una cosa tan rara una fiesta para la pobre Ana de Austria que, como había pensado el
cardenal, ante este anuncio la última huella de sus resentimientos desapareció, si no de su
corazón, al menos de su rostro. Ella preguntó qué día debía tener lugar aquella fiesta, pero el rey
respondió que tenía que entenderse sobre este punto con el cardenal.
En efecto, todos los días el rey preguntaba al cardenal en qué época tendría lugar aquella
fiesta, y todos los días, el cardenal, con un pretexto cualquiera, difería fijarla.
Así pasaron diez días.
El octavo día después de la escena que hemos contado, el cardenal recibió una carta, con sello
de Londres, que contenía solamente estas pocas líneas:

«Los tengo; pero no puedo abandonar Londres, dado que me falta dinero; enviadme quinientas
pistolas, y, cuatro o cinco días después de haberlas recibido, estaré en Paris.»

El mismo día en que el cardenal hubo recibido esta carta, el rey le dirigió su pregunta habitual.
Richelieu contó con los dedos y se dijo en voz baja:
-Ella llegará, según dice, cuatro o cinco días después de haber recibido el dinero; se necesitan
cuatro o cinco días para que el dinero llegue, cuatro o cinco para que ella vuelva, lo cual hacen
diez días; ahora demos su parte a los vientos contrarios, a la mala suerte, a las debilidades de
mujer y pongamos doce días.
-¡Y bien, señor duque! -dijo el rey-. ¿Habéis calculado?
-Sí, siré; hoy estamos a 20 de septiembre; los regidores de la ciudad dan una fiesta el 3 de
octubre. Resultará todo de maravilla, porque así no parecerá que volvéis a la reina.
Luego el cardenal añadió:
-A propósito, sire, no olvidéis decir a Su Majestad, la víspera de esa fiesta, que deseáis ver
cómo le sientan sus herretes de diamantes.

Capítulo XVII
El matrimonio Bonacieux

Era la segunda vez que el cardenal insistía en ese punto de los herretes de diamantes con el
rey. Luis XIII quedó sorprendido, pues, por aquella insistencia, y pensó que tal recomendación
ocultaba algún misterio.
Más de una vez el rey había sido humillado porque el cardenal -cuya policía, sin haber
alcanzado la perfección de la policía moderna, era excelente- estuviese mejor informado que él
mismo de lo que pasaba en su propio matrimonio. Esperó, pues, sacar, de un encuentro con Ana de Austria, alguna luz de aquella conversación y volver luego junto a Su Eminencia con algún
secreto que el cardenal supiese o no supiese, lo cual, tanto en un caso como en otro, le realzaba
infinitamente a los ojos de su ministro.
Fue, pues, en busca de la reina y, según su costumbre, la abordó con nuevas amenazas contra
quienes la rodeaban. Ana de Austria bajó la cabeza y dejó pasar el torrente sin responder,
esperando que terminaría por detenerse; pero no era eso lo que quería Luis XIII; Luis XIII quería
una discusión de la que saliese alguna luz nueva, convencido como estaba de que el cardenal
tenía alguna segunda intención y maquinaba una sorpresa terrible como sabía hacer Su Eminen-
cia. Y llegó a esa meta con su persistencia en acusar.
-Pero -exclamó Ana de Austria, cansada de aquellos vagos ataques-, pero sire, no me decís
todo lo que tenéis en el corazón. ¿Qué he hecho yo? Veamos, ¿qué nuevo crimen he cometido?
Es posible que Vuestra Majestad haga todo este escándalo por una carta escrita a mi hermano.
El rey, atacado a su vez de una manera tan directa, no supo qué responder; pensó que aquel
era el momento de colocar la recomendación que no debía hacer más que la víspera de la fiesta.


 

 
 

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