Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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luego, al ver por las primeras letras que estaba dirigida al rey de España, leyó con rapidez.
Era todo un plan de ataque contra el cardenal. La reina invitaba a su hermano y al emperador
de Austria a fingir, heridos como estaban por la política de Richelieu, cuya eterna preocupación
fue el so metimiento de la casa de Austria, que declaraban la guerra a Francia y que imponían
como condición de la paz el despido del cardenal; pero de amor no había una sola palabra en
toda aquella carta.
El rey, todo contento, se informó de si el cardenal estaba aún en el Louvre. Se le dijo que Su
Eminencia esperaba, en el gabinete de trabajo, las órdenes de Su Majestad.
El rey se dirigió al punto a su lado.
-Tomad, duque -le dijo-; teníais razón y era yo el que estaba equivocado; toda la intriga es
política, y no había ningún asunto de amor en esta carta. En cambio se trata, y mucho, de vos.
El cardenal tomó la carta y la leyó con la mayor atención; luego, cuando hubo llegado al fin la
releyó una segunda vez.
-¡Bien! -dijo-. Vuestra Majestad ya ve hasta dónde llegan mis enemigos: se os amenaza con
dos guerras si no me echáis. En verdad, yo en vuestro lugar, sire, cedería a tan poderosas
instancias y, por mi parte, yo me retiraría de los asuntos públicos con verdadera dicha.
-¿Qué decís, duque? -Digo, sire, que mi salud se pierde en estas luchas excesivas y en estos trabajos eternos. Digo
que lo más probable es que yo no pueda soportar las fatigas del asedio de La Rochelle, y que
más valdría que nombrarais para él al señor de Condé, o al señor de Basompierre o a algún
valiente que se halle en situación de dirigir la guerra, y no a mí, que soy un hombre de iglesia, al
que se aleja constantemente de mi vocación para aplicarme a cosas para las que no tengo
ninguna aptitud. Seréis más feliz en el interior, sire, y no dudo que seréis más grande en el
extranjero.
-Señor duque -dijo el rey- comprendo, estad tranquilo; todos los que son nombrados en esa
carta serán castigados como merecen, y la reina también.
-¿Qué decís, sire? Dios me guarde de que, por mí, la reina sufra la menor contrariedad. Ella
siempre me ha creído su enemigo, sire, aunque Vuestra Majestad puede atestiguar que yo
siempre la he apoyado calurosamente, incluso contra vos. ¡Oh, si ella traicionase a Vuestra Ma-
jestad en su honor, sería otra cosa, y yo sería el primero en decir: «Na da de gracia sire, nada de
gracia para la culpable!» Afortunadamente no es nada de eso, y Vuestra Majestad acaba de
adquirir una nueva prueba.
-Es cierto, señor cardenal -dijo el rey-, y teníais razón, como siempre; pero no por ello deja la
reina de merecer toda mi cólera.
-Sois vos, sire, quien habéis incurrido en la suya; y si realmente ella hiciera ascos seriamente a
Vuestra Majestad, yo lo comprendería; Vuestra Majestad la ha tratado con una severidad...
-Así es como trataré siempre a mis enemigos y a los vuestros, duque, por alto que estén
colocados y sea cual sea el peligro que yo coma por actuar severamente con ellos.
-La reina es mi enemiga, pero no la vuestra, sire; al contrario, es una esposa abnegada, sumisa
a irreprochable; dejadme, pues, sire, interceder por ello junto a Vuestra Majestad.
-¡Entonces que se humille, y que venga a mí la primera!
-Al contrario, sire, dad ejemplo: vos habéis cometido el primer error, puesto que sois vos quien
habéis sospechado de la reina.
- ¿Que yo vaya el primero? -dijo el rey-. ¡Jamás!
-Sire, os lo suplico.
-Además, ¿cómo iría yo el primero?
-Haciendo una cosa que sabéis que le gustaría.
-¿Cuál?
-Dad un baile; ya sabéis cuánto le gusta a la reina la danza; os prometo que su rencor no
resistirá ante semejante tentación.
-Señor cardenal, vos sabéis que no me gustan todos esos placeres mundanos.
-Por eso la reina os quedará más agradecida, puesto que sabe vuestra antipatía por ese placer;
además, será una ocasión para ella de ponerse esos bellos herretes de diamantes que acabáis de
darle por su cumpleaños el otro día, y que aún no ha tenido tiempo de ponerse.
-Ya veremos, señor cardenal, ya veremos -dijo el rey, que en su alegría por hallar a la reina
culpable de un crimen que le importaba poco a inocente de una falta que temía mucho, estaba
dispuesto a reconciliarse con ella-. Ya veremos; pero, por mi honor, sois demasiado indulgente.
-Sire -dijo el cardenal- dejad la severidad a los ministros, la indulgencia es la virtud real; usadla


 

 
 

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