de jugador, cuyo origen, lo
confesamos, lo desconocemos- para hacer el carlomagno. El rey se levantó,
pues, al cabo de un
instante y, metiendo en su bolsillo el dinero que tenía ante sí
y cuya mayor parte procedía de su
ganancia, dijo:
-La Vieuville, tomad mi puesto, tengo que hablar con el señor de Tréville
por un asunto de
importancia... ¡Ah!..., yo tenía ochenta luises ante mí;
poned la misma suma, para que quienes
han perdido no tengan motivos de queja. La justicia ante todo.
Luego, volviéndose hacia el señor de Tréville y caminando
con él hacia el vano de una ventana,
continuó:
-Y bien, señor, vos decís que son los guardias de la Eminentísima
los que han buscado pelea a
vuestros mosqueteros.
-Sí, Sire, como siempre.
-Y ¿cómo ha ocurrido la cosa? Porque como sabéis, mi querido
capitán, es preciso que un juez
escuche a las dos partes.
-Dios mío, de la forma más simple y más natural. Tres de
mis mejores soldados, a quienes
Vuestra Majestad conoce de nombre y cuya devoción ha apreciado más
de una vez, y que tienen,
puedo afirmarlo al rey, su servicio muy en el corazón; tres de mis mejores
soldados, digo, los
señores Athos, Porthos y Aramis, habían hecho una excur sión
con un joven cadete de Gascuña
que yo les había recomendado aquella misma mañana. La excursión
iba a tener lugar en Saint-
Germain, según creo, y se habían citado en los Carmelitas Descalzos,
cuando fue perturbada por
el señor de Jussac y los señores Cahusac, Biscarat y otros dos
guardias que ciertamente no
venían allí en tan numerosa compaña sin mala intención
contra los edictos.
-¡Ah, ah!, me dais que pensar -dijo el rey-; sin duda iban para batirse
ellos mismos.
-No los acuso, Sire, pero dejo a Vuestra Majestad apreciar qué pueden
ir a hacer cuatro
hombres armados a un lugar tan desierto como lo están los alrededores
del convento de los
Carmelitas.
-Sí, tenéis razón, Tréville, tenéis razón.
-Entonces, cuando vieron a mis mosqueteros, cambiaron de idea y olvidaron su
odio particular
por el odio de cuerpo; porque Vuestra Majestad no ignora que los mosqueteros,
que son del rey
y nada más que para el rey, son los enemigos de los guardias, que son
del señor cardenal.
-Sí, Tréville, sí -dijo el rey melancólicamente-,
y es muy triste, creedme, ver de este modo dos
partidos en Francia, dos cabezas en la realeza; pero todo esto acabará,
Tréville, todo esto
acabará. Decís, pues, que los guardias han buscado pelea a los
mosqueteros
-Digo que es probable que las cosas hayan ocurrido de este modo, pero no lo
juro, Sire. Ya
sabéis cuán difícil de conocer es la ver dad, y a menos
de estar dotado de ese instinto admirable
que ha hecho llamar a Luis XIII el Justo...
-Y tenéis razón, Tréville, pero no estaban solos vuestros
mosqueteros, ¿no había con ellos un
niño?
-Sí, Sire, y un hombre herido, de suerte que tres mosqueteros del rey,
uno de ellos herido, y
un niño no solamente se han enfrenta do a cinco de los más terribles
guardias del cardenal, sino
que aun han derribado a cuatro por tierra.
-Pero ¡eso es una victoria! -exclamó el rey radiante-. ¡Una
vic toria completa!
-Sí, Sire, tan completa como la del puente de Cé.
-¿Cuatro hombres, uno de ellos herido y otro un niño decís?
-Un joven apenas hombre, que se ha portado tan perfectamente en esta ocasión
que me
tomaré la libertad de recomendarlo a Vuestra Majestad.
-¿Cómo se llama?
-D'Artagnan, Sire. Es hijo de uno de mis más viejos amigos; el hijo de
un hombre que hizo con
el rey vuestro padre, de gloriosa memoria, la guerra partidaria.
-¿Y decís que se ha portado bien ese joven? Contadme eso, Tréville;
ya sabéis que me gustan
los relatos de guerra y combate.
Y el rey Luis XIII se atusó orgullosamente su mostacho poniéndose
en jarras.
-Sire -prosiguió Tréville-, como os he dicho, el señor
D'Artagnan es casi un niño, y como no
tiene el honor de ser mosquetero, estaba vestido de paisano; los guardias del
señor cardenal,
reconociendo su gran juventud, y que además era extraño al cuerpo,
le invitaron a retirarse
antes de atacar.
-¡Ah! Ya veis, Tréville -interrumpió el rey-, que son ellos
los que han atacado.
-Exactamente, Sire; sin ninguna duda; le conminaron, pues, a retirarse, pero
él respondió que
era mosquetero de corazón y todo él de Su Majestad, y que por
