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LITERATURA ESPAÑOLA - El Renacimiento: época de los Reyes Católicos
LOS COMIENZOS DEL TEATRO: JUAN DE LA ENCINA
Descontados los antecedentes medievales -Auto de los Reyes Magos y las representaciones
de Gómez Manrique, muestras aisladas de un teatro perdido-, puede decirse que la historia
del género dramático empieza en España en la época que estudiamos, con Juan de la Encina
(1469-1529), la personalidad literaria más representativa de esta primera etapa del
Renacimiento en España.
Gran parte de su obra poética y dramática está recogida por primera vez en su Cancionero,
publicado en 1496. Algunas de las églogas compuestas más tarde se incorporan a sucesivas
ediciones y encontramos además un número considerable de poesías con música del propio
de la Encina, en el Cancionero musical de Barbieri.
Su teatro, muy rico en elementos dentro de una simplicidad de primitivo, es ejemplo claro
de la alianza entre lo medieval -religioso y popular- y lo neoclásico renacentista, que
constituye la esencia del estilo plateresco. Según el predominio de uno u otro mundo -
medieval o moderno- se han diferenciado dos maneras en su obra, correspondientes a dos
épocas distintas, separadas posiblemente por su primer viaje a Roma.
En la primera época, el teatro de de la Encina es fundamentalmente una estilización de las
representaciones medievales, religiosas o profanas. Al ciclo religioso pertenecen dos
Representaciones de la Pasión y la Resurrección y tres Eglogas de Navidad. Encina utiliza en
ellas los temas medievales, pero su drama ya no es litúrgico ni eclesiástico. Está escrito para
ser representado en el palacio de los duques de Alba, que en algunas églogas aparecen en
escena. Sobre el fondo tradicional de la Encina imprime su propio arte, con modificaciones
esenciales. Sus pastores no son ya las figuras simbólicas, sin realidad, de los Misterios. Son
seres vivos, arrancados del campo salmantino, que hablan una lengua rústica -el dialecto de
Sayago- dicen chocarrerías y dialogan sobre temas comunes. En una misma égloga se pasa
de pronto de la sencillez realista en las escenas rústicas a un mundo enteramente ideal de
exquisita poesía religiosa. Así ocurre en las de la Navidad, donde, al anunciar el ángel el
Nacimiento del Señor, todo se transforma. Los pastores abandonan sus juegos y gracias para
adorar al Niño y terminar con el canto alegre de los villancicos, fin convencional en todas las
obras de de la Encina. Es el de estas primeras églogas un teatro estático, sin movimiento, una
sucesión de estampas como en un retablo antiguo. Y, sin embargo, la animación del diálogo
unida al aire poético, que todo lo envuelve al final, logran darle un ritmo indudablemente
dramático, capaz de cautivar nuestra atención.
Las obras profanas de su primera época tienen también lenguaje rústico y derivan en parte
de los juegos escolares de la Edad Media. Son el Auto del Antruejo, sobre el carnaval, y el del
Repelón, lucha de pastores y estudiantes.
Tres de las piezas de Encina marcan la transición entre las dos épocas y suponen un avance
perceptible en la secularización del teatro. Son la Representación del amor, escrita al parecer
con motivo de las bodas del príncipe don Juan; la Egloga representada en recuesto de unos
amores; y su continuación, la de Mingo, Gil y Pascuala. Influidas por el espíritu del
Renacimiento, se inspiran en un mundo disociado ya de los motivos medievales, en el que el
amor muestra su imperio.
Mucho más elaboradas artísticamente, dentro de este nuevo camino, son las tres églogas de
la llamada segunda época, compuestas después del viaje a Italia, con influencia directa del
teatro renacentista italiano. Sus pastores han perdido el carácter rústico. Pertenecen al
mundo del bucolismo literario. La acción es más complicada y en el espíritu se trasluce la
influencia del erotismo neoplatónico y de la novela sentimental. La concepción dramática
gira en torno de la fuerza irresistible del amor. En la Egloga de Fileno, Zambardo y Cardonio
el amor conduce al suicidio. En la de Plácida y Victoriano triunfa de la misma muerte
cuando el dios Mercurio resucita a Plácida, que se quitó la vida por no poder resistir los
desdenes de su amante. En la de Cristino y Febea se antepone al ideal religioso. Cristino,
respondiendo a incitaciones de Cupido, abandona su retiro de ermitaño para gozar del amor
de Febea y de los deleites de la vida pastoril, más atractiva para él que la ascética.
Desde la ingenuidad religiosa de sus Eglogas del Nacimiento, a través de las gracias del
Auto del Repelón, hasta llegar a la glorificación casi pagana de los ideales renacentistas, con
sus temas bucólicos y mitológicos, la musa dramática de Juan de la Encina presenta una rica
gama de matices.
Con elementos, como se ve, que responden a corrientes espirituales opuestas, de la Encina
logra, sin embargo, la armonía. Su teatro tiene un estilo inconfundible. No es ni puramente
medieval ni réplica del italiano. Es algo original que en su técnica combina además diversas
formas estéticas -música, poesía y acción dramática-. Es ya el estilo que, enriquecido con
nuevos aportes, transformara Lope de Vega para crear el gran teatro nacional español en la
amplia síntesis de su Arte nuevo de hacer comedias y que a través de dos siglos de constante
progreso llega en sus líneas básicas hasta Calderón.