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GEOGRAFIA ECONOMICA – Manufacturas e industrias livianas
Cuesta algo definir dónde termina el campo de las industrias pesadas y dónde empieza el de las
ligeras. Las construcciones navales, la gran maquinaria, la industria automovilística y la
ferroviaria, y la metalurgia toda, se relacionan tan íntimamente con la siderurgia, que muchas
veces se combinan y otras se confunden. En realidad no se conciben las unas sin la otra. Aunque
intervengan otras industrias, hijas son de la siderurgia las grandes embarcaciones, los diques
flotantes, las plantas eléctricas y las transmisiones de energía, las máquinas que producen otras
máquinas, las instalaciones de agua corriente, la producción de aeroplanos y automóviles en
serie, las locomotoras y vagones, las fábricas y manufacturas, la maquinaria minera y agrícola,
los gasoductos y oleoductos, las armazones de los grandes edificios y todo cuanto sirve de base
y de sostén a las diversas industrias de transformación. Los países más industrializados son los
de los altos hornos y de las industrias pesadas, sea porque éstas nacieron de las manufacturas o
porque son una extensión de las primeras.
Los Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, los dos centros industriales
más homogéneos y de más reciente creación, desarrollaron simultáneamente sus industrias
pesadas y livianas. En los Estados Unidos el cuadro industrial no ofrece lagunas: lo mismo se
producen barcos que máquinas de coser, locomotoras o relojes, trilladoras o pianos, aviones
gigantes o aparatos de precisión. Ni qué decir que las industrias de la alimentación, las químicas,
las textiles, de materiales sintéticos, el vidrio, la loza, el papel, los artículos de cuero, los muebles,
destilerías, tabacos y todo cuanto utiliza el hombre en su complicada vida actual, han sido
llevadas al más alto grado de productividad y al más intenso mecanismo. Pero, como ocurre en
todos los países industrializados, hay ciertas ramas de la industria que sobrepasan con mucho a
las otras, lo cual significa una cierta especialización, una mayor facilidad de producción o el
contar con un mercado receptor de determinados artículos. La industria del automóvil, por
ejemplo, es la que ocupa a más obreros y la que supera a todas en valores de producción. Para
producir más de cuatro millones de automóviles y camiones anualmente, no sólo se necesita una
potente siderurgia, sino también una maquinaria formidable que
produzca las piezas y los
montajes en serie, una inmensa red de caminos donde puedan circular y, sobre todo, un
mercado interior que pueda comprar estos vehículos, de los cuales tan sólo una quinta parte o
menos se destina a la exportación. Ni por sus dimensiones ni por su riqueza ningún otro de los
países de tradición industrial puede pensar en cosa semejante. La U. R. S. S., a pesar de su vasto
territorio, está todavía muy lejos de poder alcanzar estas realizaciones.
Cosa análoga ocurre con la fabricación de aviones y con las industrias ferroviarias, con las
embarcaciones de recreo, con los servicios telefónicos, con los aparatos de radio, con la
indumentaria y con otras manifestaciones de un nivel económico muy superior al de otros
países. Ni qué decir que ello se traduce en mil detalles en los objetos y útiles de la vida ordinaria,
en el confort de la vida doméstica, y en las oportunidades de mejoramiento y prosperidad
personal. Igual que en las leyes físicas, a mayor peso y volumen corresponde mayor velocidad
de giro. Por eso la industria norteamericana es pujante, expansiva y absorbente, por ley de su
propia vitalidad y de su propio poder. Su mapa industrial cambia continuamente, pero, todavía
hoy, la región de Detroit sigue siendo el centro de la producción automovilista; Chicago y Saint
Louis las de los grandes frigoríficos; Nueva York la de las tejedurías y confecciones; Boston la de
las industrias del cuero; Pittsburgh la de producción de aceros; California la de fabricación de
aeroplanos; Buffalo la de las grandes empresas harineras; Milwaukee la de las destilerías, y así,
sucesivamente, dentro de la natural complejidad, con continuos desplazamientos, en busca de
mejor mercado, de fuerza motriz más barata, de salarios más bajos o de inversiones que resulten
un tanto más seductoras.