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GEOGRAFIA ECONOMICA - Aprovechamientos forestales
Los bosques son una dádiva de la naturaleza que el hombre no ha sabido aprovechar o que ha
derrochado sin tiento ni juicio. Se calcula que antes cubrían una cuarta parte de la superficie
terrestre, mientras que hoy apenas si alcanzan a un 15 por ciento. Es elocuente que los libros
clásicos castellanos hablen de las espesuras que cubrían la meseta mientras que el árbol es hoy
allí casi un forastero. Sin duda tienen influencia en el régimen de lluvias y su ausencia es causa
de precipitaciones violentas y del arrastre del humus que enriquece el suelo. Afortunadamente,
los montes pueden repoblarse y una enérgica acción individual y colectiva podría restituir al
mundo la posesión de inmensas reservas forestales, mejor repartidas que las naturales y más
compensadoras de la economía desigual de algunas regiones del planeta.
Para formarse una idea de lo que ha sufrido el bosque con la presencia del hombre basta citar el
caso relativamente reciente de los Estados Unidos, donde a principios del pasado siglo había 328
millones de hectáreas de bosque y hoy quedan 184 millones. Cierto es que la mayor y mejor
parte del suelo que ocupaban los árboles se convirtió en tierras de cultivo y de pastos, mucho
más útiles al sostenimiento del hombre y, por tanto, de un valor económico muy superior.
También es cierto que el hombre plantó árboles donde no los había, particularmente árboles
frutales, multiplicando ciertas especies y aprovechando sus productos con el sentido utilitario
que le caracteriza. Pero hay regiones donde la devastación ha sido espantosa, los incendios han
devorado una riqueza forestal inmensa, el hacha ha producido estragos sin ninguna finalidad
práctica, y donde la tierra se ha erosionado, los arrastres pluviales se llevaron los elementos de
su fertilidad y el desierto ha hecho su aparición con su bagaje melancólico de miseria y de
desastre.
El caso de España, Grecia y algunos países de Oriente se repitió modernamente en Puerto Rico y
otras islas del Caribe, y en Java, donde los recursos forestales se han agotado y hay que importar
madera e incluso leñas y carbón
vegetal desde tierras lejanas. El legendario jardín de las
Hespérides, que dejó como recuerdo de sus encantos las deliciosas islas Canarias y Azores, es
una lección elocuente de lo que desmerece a la más privilegiada región la falta de bosques. Las
tentativas de repoblación llegan tarde y resultan caras, tanto como infructuosas, en tanto que la
sequedad crónica cierra los augurios de porvenir fecundo a las más ricas tierras volcánicas.
Afortunadamente los pueblos y los gobiernos se van dando cuenta de la importancia que para la
economía y aun para la salud general tienen la conservación y el fomento de los bosques. La
explotación utilitaria sistemática de las zonas forestales se encuentra hoy debidamente regulada
en todas partes y ya no es probable que se repitan los excesos de antaño. Por otra parte, el
portentoso desarrollo de las industrias de la celulosa y de la pulpa de madera ha puesto en
alarma a los países que cuentan aún con
grandes reservas forestales, ante el peligro de ver
mermados sus recursos y la posible amenaza de paralización de sus industrias por falta de
materias primas.