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PEDAGOGÍA - La Pedagogía del siglo XX
En los primeros años del siglo XX, en los años llamados de la anteguerra, desde 1900 a 1914, la
educación sigue las dos direcciones que caracterizan a la Pedagogía en esa época: Por un lado, la
educación trata de realizar en la escuela moderna los principios científicos o filosóficos que habían
nutrido el pensamiento del siglo cm. El positivismo de Comte y Spencer, unido a las nuevas
nociones que aportan la biología y las ciencias naturales, dan lugar a la Pedagogía científica; y el
neokantismo, representado por Natorp, produce un nuevo renacimiento de la fundamentación
filosófica de la Pedagogía, de tipo idealista. Mas por otro lado, las Escuelas Nuevas, creadas en
Inglaterra al terminar el siglo XIX, habían divulgado los tópicos que iban a nutrir la nueva
educación.
Con herencia tan rica, tan preñada de promesas, viene al mundo la pedagogía del siglo XX. Nunca
en la historia de la educación había habido un momento que pudiera compararse con este de los
años que van desde 1900 a 1914. En ellos se piensa que, al fin, la educación puede dar y va a dar
solución a todos los problemas que la vida plantea: a los políticos, a los sociales, a los científicos, a
los morales, a los religiosos, a todos. La generación que entonces tiene veinte arios se enorgullece
con el título de maestro: la Pedagogía y la Filosofía, que la fundamenta, están de moda.
Pero estalla la guerra europea. Y por lo mismo que todo se esperaba de la educación, se le piden
cuentas al ver que no ha cumplido sus promesas. Y la opinión pública se pregunta si la Pedagogía
que orientó a la juventud y la educación basada en principios pacifistas y pacificadores, que no
habían sabido evitar aquella catástrofe, se podían considerar en gran parte responsable de este
inmenso dolor.
Era ingenuo exigir de la educación y sólo de la educación, tal responsabilidad.
Probablemente lo que aconteció fue que su problema no estaba bien planteado. Se le pedía lo que,
por definición, no podía dar, y en sus pretensiones había, tal vez, más pedantería que exactitud,
veracidad y firmeza. Había que volver a comenzar de nuevo; desandar lo andado para encontrar
un nuevo camino metódico, formador. Y esto es lo que intenta lo que se ha llamado la pedagogía
de la posguerra. La guerra europea quebrantó la fe que se tenía en las posibilidades infinitas de la
educación; disminuyó la esperanza que había en un progreso indefinido y señaló en el campo de
la Pedagogía nuevos caminos, más limitados, más precisos, más certeros. La educación que piden
los tiempos nuevos tiene que ser una educación del esfuerzo, que exija al alumno el máximo de
sus posibilidades para salvar al héroe que lleva dentro de él y le haga comprender que quien le
conduce por caminos blandos no le conoce, le calumnia. Frente a la escuela única de fines del siglo
XIX, la educación del siglo XX postula hoy la escuela heroica. Los tiempos en que vivimos son
tiempos difíciles y una educación vaga y difusa no tiene el más mínimo valor.
Desde el Renacimiento, con Montaigne, hasta fines del siglo XVIII, con Rousseau, triunfa este
principio educativo. "Hay que captar la atención del niño, hay que darle lo que le interese". La
educación tiene que construir un puente desde el juego del niño al trabajo del hombre; desde el
juego a la ciencia. Que se encuentre en pleno trabajo sin saber que trabaja y que toda su vida, por
ese hábito adquirido en la infancia, el estudio sea un reposo y un juego. Que el recuerdo de los
años de la infancia no sea un suplicio, como ocurre con frecuencia. Hegel fue el primero que dio la
voz de alerta: el niño no ama el juego tanto como vosotros creéis, y, sobre todo, en la forma que
vosotros creéis. En cuanto puede, deja de ser niño para ser hombre. Quiere ser niño ante vosotros
para obtener por su capricho ventajas y privilegios. En cuanto se que
da solo sueña con ser
hombre, juega a ser hombre y lo hace de una manera seria; es menos niño que vosotros que hacéis
el niño al aproximaros a él. El sueño y el ensueño son placeres un tanto animales, placeres que no
elevan por cima de sí mismo. "Mecer no es instruir".
Del mismo modo, una pedagogía del esfuerzo diría: Es preciso que el niño se sienta ignorante, que
intente penetrar en el orden humane, que se forme en el respeto de las grandes cosas, y este
respeto sólo se adquiere comenzando por percibir la distancia. Que tenga una gran ambición, una
gran resolución, una gran humildad. Que se discipline caminando en constante esfuerzo, en
perenne ascensión. Que aprenda difícilmente las cosas fáciles en vez de aprender fácilmente las
cosas difíciles. Progreso, dice Hegel, pero por oposiciones y negaciones. El pedagogo es, por lo
general, un hombre prudente; no conoce el poder de las pasiones. Y hay que utilizar estas
pasiones como medio de aprendizaje para fortificar en ellas la voluntad. Todo lo que es costumbre,
hábito, es inhumano en la educación. La experiencia que interesa es mortal para el espíritu. Los
salvajes se interesan por la caza y la pesca, por los cambios del tiempo de cada estación, y, sin
embargo, son supersticiosos. Ven los efectos, temen las causas.
La pedagogía de la anteguerra fue, en cierto modo, la legítima heredera de esos principios que,
como hemos dicho, informaron la educación desde el Renacimiento hasta la terminación del siglo
XVIII. Y eso mismo pretendió hacer no pocas veces la llamada Nueva Educación: enseñanza
enciclopédica, cultura general; un poco de todo: pintura, música, conferencias por radio,
anécdotas, breves conocimientos de política y, si se quiere, un poco de religión para que nada falte.
Todo ello sin atención continuada, sin sacrificio, sin dolor. Postulando los caminos blandos y "el
enseñar deleitando". La educación actual tiene que cambiar el propósito y el método, el fin y el
camino, tal como lo han hecho ya ver los grandes pedagogos americanos; entre ellos, el más sagaz
y penetrante: Dewey.