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PEDAGOGÍA - Los límites de la educación
LA SOLUCION EN LA MORAL
Se habla de la crisis del mundo, pero en buena lógica no se puede hacer responsable de ella ni a la
ciencia ni a la técnica. Ambas se han limitado a dar lo que se les pedía y no puede negarse que han
tenido éxito. Lo que pasa es que no se han utilizado siempre en beneficio de la humanidad, de
toda la humanidad. Se han creado multitud de necesidades nuevas sin que nadie se preocupara
de que todos tuviesen satisfechas las más urgentes y apremiantes. En suma, se ha pensado en lo
superfluo cuando todavía faltaba a muchos lo necesario.
La máquina ha sido inventada por la inteligencia para ayudar al hombre a satisfacer sus
necesidades y, sobre todo, para que el hombre no tuviese que realizar un trabajo tan duro. En vez
de disminuir el dolor lo ha aumentado, porque se ha convertido en instrumento de lujo reservado
a una minoría y, en cambio, ha desalojado a la mayoría de su labor. Ha creado un nuevo tipo de
hombre: el de "los sin trabajo", que forman el lastre de todas las revoluciones.
Pero la máquina puede y debe convertirse en lo que debió haber sido desde el primer instante, a
saber, la bienhechora del hombre, puesto que le liberta de la dureza de la labor y le deja el solaz
necesario para que aumente el tesoro de la cultura con nuevas producciones. El hombre sólo es
libre cuando tiene horas libres para crear, cuando desligado de la penosa tarea que le ataba a la
tierra, puede entregarse a aquellas labores que sólo el hombre puede realizar. La máquina puede
ser y es el instrumento de liberación. La iniciativa para que esta liberación se cumpla no puede
venir de ella sino del hombre que la inventa y la maneja.
Se habla del maquinismo como de una de las plagas de la vida contemporánea. No tal; los males
que la humanidad padece no pueden imputarse a la máquina sino al hombre. El es el único
responsable. Lo que en un principio fue tan sólo una leve desviación de la línea normal, ha
llegado a ser, andando el tiempo, una inversión total de los propósitos iniciales. Vino la máquina a
disminuir el dolor del hombre y se ha convertido en su tormento. Vino a satisfacer las necesidades
primarias de todos y se ha convertido en objeto de lujo reservado a unos cuantos. Pero bien puede
volver a recobrar su sentido inicial.
Para ello es preciso que el hombre cobre conciencia de su circunstancia, de su mundo en torno. No
existe lo inconsciente en la historia. Por el contrario, dice Dilthey, rige nuestra vida una razón
histórica. Los grandes movimientos que parecen impulsivos e irracionales han sido provocados y
dirigidos por unos cuantos hombres que sabían muy bien lo que hacían, aunque tal vez no
pudieron prever la totalidad de las consecuencias de aquel primer impulso. Quiso la máquina
levantar al hombre de la tierra y lo ha doblado más y más ante ella. No será siempre así; las cosas
tienen que cambiar, van a cambiar si el hombre quiere que cambien.
La solución no es una solución de tipo económico ni político; es, sencillamente, una solución de
tipo moral. El problema de la máquina, como tantos otros, desemboca en la moral. La humanidad
gime, ha dicho Bergson, bajo el peso de una civilización que ella misma ha creado. Pero el
porvenir, hoy como ayer, está en sus manos. Tiene que ponerse de acuerdo consigo misma. Tiene
que decidir, primero, si quiere seguir viviendo, y luego, si se conforma sólo con vivir.