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PEDAGOGÍA - Etapas fundamentales de la educación
EL JARDIN DE INFANTES
La eterna preocupación de Frobel por el contacto del pequeño con la naturaleza le sugirió el
nombre que daría a su instituto: Kindergarten —jardín de infantes—, fue el ¡Eureka! de este gran
hombre, y la denominación que prevaleció para las escuelas que hoy, más que nunca, se
preocupan por la formación preescolar del niño.
El jardín de infantes viene a ser el lazo de unión entre la familia y la escuela. Y entre la escuela y el
jardín de infantes puede trazarse una neta línea fronteriza: la primera se ocupa de estudios serios;
el segundo, si cabe decirlo, de juegos serios. Nada puede ilustrarnos mejor sobre la labor y
finalidades del kindergarten que una somera descripción de su ambiente y material didáctico.
A las ocho o nueve horas —según el clima y el lugar— llegan los pequeños de tres a seis años; su
entrada en nada semeja a la de una escuela tradicional: entran en su hogar. Cada uno se dirige al
sitio de su preferencia, a observar si todavía está la plantita que regó el día anterior, el dibujo que
dejó inconcluso..., en fin, algo de las múltiples tareas en que cada día ejercita su imperiosa
precisión de actividad.
La gran sala que los recibe, ofrece una armonía de colores claros y suaves; se ha evitado la
pesadez de los encerados negros, y los que circundan la sala, a la altura de las manos infantiles,
son de un gris claro. Los muebles muestran una feliz y estudiada proporción: pequeñas mesas
individuales, livianas y sólidas, con sus sillas respectivas; distribuidas a la altura de la mirada de
los niños están las ilustraciones. Toda clase de juguetes didácticos, en especial series de cubos y
cuerpos geométricos que encajan unos con otros y permiten formar figuras más complicadas,
están repartidos por la sala o guardados en armarios especiales, siempre al alcance directo del
niño. Por último, un piano cuyos acordes, diez o veinte veces por día, encauzan la calma, la
energía, dan ritmo a las marchas, o acompañan los cantos y corros.
En un rincón adecuado están la jaula que encierra el conejo, las tortugas, la pajarera, y el pequeño
acuario. Es un trozo de la naturaleza, que los niños cuidan y atienden personalmente, sin más
intervención por parte de la maestra que la necesaria para evitar desórdenes. Privilegiados —y
son los ideales—, algunos kindergarten poseen un amplio jardín donde, en medio de los juegos,
de las flores y los pequeños canteros dedicados al cultivo individual, están estratégicamente
distribuidos la pajarera, el corral de los conejos y el acuario, convertido en piscina.
Este material, que podría parecer extraño y hasta sin sentido, cobra inusitada vida con la
presencia de los niños. Además de ellos, las cosas son seres vivos que pueblan el jardín. El
pequeño anima todo: la muñeca sostiene con él diálogos; el conejo es un "señor de muchas
aventuras"; la tortuga es para ellos un ser de vida extraordinaria. Los pájaros son su propia
imagen, y los peces le hablan de una vida distinta de la suya, pero alentada por igual energía,
soltura y despreocupación. Ya el ambiente de por sí es un factor educativo: un trozo de naturaleza
está al alcance del niño, y máxime del pobre niño ciudadano, que sólo ha visto los frutos en el
mercado o en la mesa, los peces entre hielo, el conejo en las ilustraciones, y que ahora puede
correr libremente, dialogar con las cosas sin que lo importunen los mayores y sin estar
regimentado por el sueño del papá, la neuralgia de la mamá, o las quejas del vecino por su
bullanguería.
Y la maestra, ¿dónde está su lugar? En vano buscaréis su pupitre; allí nada está construido a la
medida de los mayores. La altura de las ventanas es la de las miradas de un niño de cuatro años,
las puertas tienen los picaportes al alcance de la mano infantil y las escaleras, si las hay, están
construidas a la medida de pequeños pasos. El lugar de la maestra —jardinera, se tiende a
llamarla con más propiedad— está entre los niños, en sus mesitas, en sus rondas, en sus juegos.
Ora con un grupo junto al conejo, ora con otro o con todos los niños frente al acuario, pero
siempre diluyéndose su personalidad en medio de los pequeños, como una compañía más, pero
sin demostrar, sin hacer sentir que ella impone cierto orden y ritmo en todo lo que allí se hace. Los
pequeños la tendrán como amiga a la que se muestra todo, a la que se asombra con sus
"descubrimientos", y será así un guía que buscarán espontáneamente para solucionar sus
problemas y reyertas.
Si la tarea de enseñar es por su naturaleza una carga, más delicada es aun la función de la
jardinera. Debe ser jovial, alegre, siempre dispuesta a corretear con los pequeños o a encauzarlos
sin enojos ni reprimendas. Debe ser un niño más y una madre vigilante que está en todas partes,
todo lo observa, nada escapa a su perspicacia y que procede siempre con un tacto que no deja
sospechar al niño el porqué de su presencia.
La jardinera debe ser joven, de físico agradable, con sólida preparación pedagógica y psicológica,
y poseer además amplios conocimientos generales que le permitan responder a los innumerables
"porqués" de los pequeños. Esto, de por si, plantea muchos problemas, y el más importante:
¿Cómo exigir condiciones tan especiales en una mujer que debe luchar duramente para ganar su
vida? La respuesta es de orden social y ajena a la Pedagogía.