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HISTORIA DE LA CIENCIA - El Renacimiento
TRES INNOVADORES: VESALIO, PARACELSO Y GILBERT
Con la ofensiva copernicana contra la cosmovisión antigua, la revolución renacentista en el
mundo de las ideas estaba en marcha y debía alcanzar gradualmente a todas las ramas del
saber. En el mismo año que vio aparecer la obra de Copérnico, un joven investigador flamenco,
ANDREAS VESALIO (1514-1564) publicó su monumental tratado Sobre la fábrica del cuerpo
humano, que dio a la Anatomía bases más firmes y debía convertirse en una de las piedras
angulares de la Biología renovada. Copérnico había dado al traste con la autoridad de
Tolomeo; Vesalio puso fin a la infalibilidad que catorce siglos habían conferido a Galeno.
Durante esos 1400 años, los escritos anatómicos del médico griego habían reemplazado a la
disección. Desgraciadamente, la descripción del cuerpo humano dada por Galeno estaba casi
puramente basada sobre la anatomía de los monos, pues las leyes de la época prohibían la
disección de cadáveres humanos. En sus lecciones de la Universidad de Padua, Vesalio, a la
sazón joven de 28 años de edad, corrigió numerosos errores de su predecesor heleno,
introdujo nuevos métodos y nuevos instrumentos en el arte de disecar, y describió en su obra
la anatomía del hombre tan exactamente como le fue posible hacerlo sin la ayuda del
microscopio. El éxito de su tratado, magníficamente ilustrado por un discípulo del Tiziano, fue
casi inmediato. Desde este momento, la rapidez del desarrollo de la Anatomía estaba
asegurada y el despertar de la Biología, gracias a Harvey, debía seguirlo con una distancia de
ocho decenios.
Concorde con Vesalio en el repudio de Galeno estaba su contemporáneo el suizo
PARACELSO (1493-1541), que se llamaba en realidad Teofrasto Bombasto de Hohenheim.
Alquimista, médico, naturalista, Paracelso —figura borrosa— encarna una singular mezcla del
misticismo fantasioso de la Edad Media y del espíritu rebelde y renovador del Renacimiento.
En la plaza pública de Basilea quemó en un brasero con azufre los escritos de Galeno y
Avicena, y se proclamó rey de los médicos, para subrayar, con este simbólico desafío a las
máximas autoridades del pasado, su posición de investigador independiente. Su ilimitada
confianza en sí mismo, y más aun su furor iconoclasta, le ganaron la enemistad de personas
influyentes, que lograron hacerle dejar su patria y recorrer como médico ambulante las
ciudades de Alemania y de Austria. El lenguaje de sus libros es confuso y produce a veces la
impresión de que su autor era o bien un visionario o bien un charlatán. A pesar de ello,
Paracelso tiene méritos reales: asignó a la Química como tarea principal el descubrimiento de
nuevos medicamentos e introdujo en la farmacopea nuevas drogas, en especial medicamentos
minerales —compuestos de mercurio, antimonio y hierro—, muchos de los cuales son todavía
empleados. Paracelso conocía el éter y parece que se percató de sus propiedades anestésicas,
sin darse cuenta —cosa curiosa— de la importancia de este descubrimiento.
Paracelso admitía la presencia de tres "principios" en las sustancias orgánicas e inorgánicas.
Azufre, mercurio y sal entran —enseñaba— en la formación de los cuerpos y son los
portadores de sus propiedades. El azufre está en la base de la mutabilidad química de las
sustancias que deben al mercurio la fusibilidad y a la sal la estabilidad y la resistencia al fuego.
Estos tres principios son los que se manifiestan en la combustión: lo que arde en los cuerpos es
el azufre, lo que se volatiliza y escapa con el humo, el mercurio, y lo que queda como residuo
sólido es la sal. Los principios paracelsianos dominaron en la Química, a pesar de la sagaz
crítica de Boyle, hasta el advenimiento de la Química flogística, y sólo desaparecieron
definitivamente a fines del siglo XVIII, gracias a la obra de Lavoisier.
Tres años después de la muerte de Paracelso, nacía en Colchester WILLIAM GILBERT (1544-
1603), médico de la reina Isabel, uno de los más destacados sabios de Inglaterra en la época de
Shakespeare. Antes de los resonantes descubrimientos de Galileo, Gilbert empleó con éxito el
método experimental y —verdadero fundador de la ciencia del magnetismo y de la
electricidad— reunió en su libro Sobre el imán todo lo que el siglo XVI sabía acerca de esos
fenómenos, agregando el valioso caudal de sus propias observaciones. Desde la invención de
la brújula, cuya fecha es incierta, el estudio de los fenómenos magnéticos sólo hizo modestos
progresos. La declinación de la aguja —su desviación de la dirección Norte-Sur— fue
observada por Colón; su inclinación —desviación del plano horizontal— comprobada por el
sacerdote alemán Georg Hartmann, en el año mismo del nacimiento de Gilbert. Este asimila el
globo terráqueo a un inmenso imán y atribuye el magnetismo terrestre a la presencia de
minerales magnéticos en el interior del globo. Observa la repulsión de los polos magnéticos
del mismo nombre y comprueba que el magnetismo se pierde con la incandescencia. Los
griegos conocieron desde los tiempos de Tales la atracción eléctrica que ejerce sobre cuerpos
ligeros el ámbar frotado; Gilbert demuestra que esta propiedad es común a una serie de
sustancias y construye un instrumento, el primer y rudimentario electroscopio, para revelar la
presencia de cargas eléctricas. Sus observaciones fueron los humildes principios de nuestro
actual poder sobre una de las energías más generales y potentes de la Naturaleza. Gilbert,
ferviente copernicano, era contemporáneo del eminente astrónomo danés Tycho Brahe.