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HISTORIA CONTEMPORANEA – Rusia, Turquía y los Balcanes
NICOLAS II Y LA REVOLUCION DE 1905
En el plano internacional, Rusia comenzó a desprenderse de la alianza con Austria y Alemania
y comenzó a establecer relaciones cada vez más sólidas con Francia. Esta política, iniciada por
Alejandro III, fue continuada por Nicolás II que le sucedió en 1894, y estaba destinada a
sostener su posición en Europa. Entre tanto, en Asia tenía que aceptar las consecuencias de su
política expansionista y sostener la hostilidad manifiesta del Japón, cuya zona de influencia en
China parecía coincidir con la de Rusia.
Para resolver tan difíciles problemas exteriores, el zar no podía contar con la imprescindible
seguridad interior. El desarrollo de la oposición liberal comenzó a recrudecer y se vio
reforzada por la grave inquietud social que se manifestó en las capas populares. En efecto si
los motines de 1899 fueron llevados a cabo exclusivamente por estudiantes, la insurrección de
1902 movió al campesinado, que se sentía oprimido y amenazado cada vez más. Además, el
proletariado urbano estaba exaltado por los ideales revolucionarios que predicaban los
propagandistas del socialismo, y el ambiente general era de insurrección latente y contenida:
sólo la enérgica organización policial del zarismo podía impedir que aquella inquietud
explotase.
En este estado de ánimo se produjo el choque con el Japón. Rusia se insinuaba cada vez más
hacia la Manchuria y el Japón creyó llegado el momento de contener su expansión. Para ello
premeditó un ataque sorpresivo y lanzó su flota contra las naves rusas que estaban ancladas
en Port Arthur hundiéndolas sin previo aviso (1904). Inmediatamente, sus tropas entraron en
Corea y comenzaron con todo ímpetu las operaciones milita res.
Nicolás II ordenó que se hiciera frente enérgicamente al ataque japonés. Una poderosa flota se
dirigió rápidamente al mar Amarillo, y entre tanto los ejércitos de tierra trataron de contener el
avance japonés. Pero esos esfuerzos resultaron estériles; en sucesivas batallas los rusos fueron
batidos con grandes pérdidas: la base naval de Port Arthur cayó el 15 de enero de 1905 y la
flota fue derrotada en Tsusima hundiéndole los japoneses casi todos sus barcos. No hubo más
remedio que aceptar la mediación ofrecida por los Estados Unidos, y Rusia consintió en tratar
la paz en la conferencia de Portsmouth.
Entre tanto, las noticias de los sucesivos desastres terminaron de exaltar los ánimos en Rusia.
La hostilidad del pueblo hacia el zarismo se hizo cada vez más manifiesta, y la certeza del
peligro llenó de nerviosidad a los funcionarios. A fines de 1904 comenzaron a producirse
reuniones políticas y manifestaciones callejeras, que merecieron una dura represión policial y
trajeron como consecuencia la clausura de la universidad de Moscú. Poco después, los obreros
de las fábricas se unieron al movimiento encabezados por el sacerdote Gapón, y después de
fracasar en sus gestiones con la fábrica Putilof, decidieron lanzarse a la huelga y presentar una
petición al emperador. El 22 de enero de 1905 llegaron en masa al Palacio de invierno,
desprovistos de armas, y fueron acribillados a balazos por los dragones que lo custodiaban. La
matanza fue general, y desde ese día se vivieron jornadas trágicas en las calles de muchas
ciudades fabriles de Rusia, hasta el punto de que se comenzó a organizar un movimiento
moderado que solicitó ciertas reformas y mereció ser escuchado por el zar, aterrado por el
peligro general que descubría a su alrededor. La guerra con el Japón estaba ya perdida, y en el
propio Kremlin de Moscú había caído asesinado el gran duque Sergio. Entre tanto, el
acorazado Potemkin se había sublevado y la marinería de la escuadra no merecía la confianza
de sus jefes. Nicolás cedió, y aunque la represión no se detuvo para con los revolucionarios,
dictó el 19 de agosto una ley creando la Duma imperial.
Era un principio de satisfacción al país, que el zar complementó con otras medidas,
otorgándose autonomía a las universidades. Pero la huelga siguió en muchas regiones,
acompañada de luchas
violentas, que sólo poco a poco pudo contener el gobierno. La
inquietud no decreció, y la Duma se reunió por primera vez en mayo de 1906. Pero poco a
poco, Nicolás II comprendió que volvía a tomar las riendas del poder, y cedió a las sugestiones
de sus consejeros comenzando una nueva era de reacción terrible y despiadada. Sólo las
condiciones sociales y políticas que desencadenó la primera guerra mundial pudieron poner
freno a esa situación.