Textos    |    Libros Gratis    |    Recetas

 

.
ECONOMIA POLITICA - La moneda
LOS INCONVENIENTES PROVOCADOS POR EL
AUMENTO O DISMINUCION DEL
DINERO CUANDO PERMANECE CONSTANTE LA CANTIDAD DE BIENES
Podemos establecer, en general, que entre la cantidad total del dinero en cualquiera de sus
formas y la cantidad de bienes disponibles en el mercado, debe existir una regla fija de
proporcionalidad. Si dicha regla se quiebra, se presentan generalmente dos situaciones, a
cual peor: inflación, cuando se produce un aumento del dinero que excede de las
necesidades monetarias de la población, o dicho en otra forma, la cantidad de dinero es
superior a la cantidad de bienes disponibles; el dinero se envilece con respecto a los bienes,
lo que provoca el alza general de los precios con todos sus inconvenientes; y deflación, que
aparece generalmente cuando el período inflacionista ha llegado al máximo, al producirse
una severa restricción de la cantidad de moneda, y provocando con ello la baja del nivel
general de los precios, con lo cual se entra en un período de depresión.
Analicemos las causas originales de estos hechos. Cuando se operaba por trueque, no se
podía obtener nada si no se daba en cambio cierto bien o cierto trabajo. Es evidente que al
introducir la moneda en los cambios, dicha condición no ha podido haber variado en
absoluto. El dinero sólo es un intermediario entre dos bienes que se cambian. Por lo tanto,
la moneda debe estar respaldada por bienes; si el bien no existe, aquélla tampoco debe
existir. Como dice Baudin, el primer acto normal que pone en marcha una circulación
monetaria es un acto de producción, pues yo no puedo esperar obtener cosa alguna en
especie o en moneda, si no proporciono en cambio una utilidad.
Suponiendo que el Estado no intervenga en la circulación de la moneda, podemos
considerar, pues, que el total de moneda emitida representa el total de las utilidades
producidas (mercancías y servicios).
Comienza así una doble circulación de moneda y bienes; una se adapta a la otra; la primera
no puede existir sin la segunda.
La acción del Estado es la que ocasiona muchas veces el desequilibrio entre ambas
circulaciones. Como sucedió luego de la guerra de 1914, los enormes gastos en ejércitos y
municiones no pudieron ser cubiertos mediante impuestos y empréstitos, y para pagarlos
recurrieron a la emisión de billetes. Entraron, pues, en la circulación monetaria millones de
billetes sin que se aumentase al mismo tiempo y en proporción la cantidad de mercaderías
disponibles. El nuevo dinero pasó primero a manos de los abastecedores del ejército,
fabricantes de municiones, soldados, funcionarios públicos y así sucesivamente; de éstos,
pasó a los bolsillos de los comerciantes a quienes aquéllos compraban mercancías; y de ahí
se extendió a todo el sistema económico. El alza de precios fue general.
Los gastos desmesurados del Estado ocasionan generalmente la inflación, pero bien puede
ser provocada por otras causas.
La guerra que acaba de terminar privó a muchos países de América de la corriente de
productos de todas clases que recibían de las manufacturas europeas. A su vez, siguieron
exportando igual que antes, y aun más, puesto que para substituir a los proveedores
habituales se vieron obligados a estimular sus industrias, cuya producción agregó un
nuevo renglón a su comercio. Estos dos hechos, el desequilibrio de su comercio exterior y
su repentina industrialización, llevan a la inflación por dos distintos caminos: el primero,
aumentando la circulación monetaria, puesto que las ventas superan en mucho a las
compras; el segundo, restringiendo la cantidad de bienes disponibles, los que son
demandados en cantidades cada vez mayores para atender la creciente industrialización.
Este doble proceso origina fatalmente el alza general de los precios.
Ahora bien, si el desequilibrio no llega a ser muy pronunciado, la inflación puede
neutralizarse, si el exceso de dinero es ahorrado, retirándolo de la circulación o queda
esterilizado en fondos de reserva de las empresas.
El alza del nivel de precios, resultado directo y visible de la inflación, trae como
consecuencia:
1) Alienta a los negociantes, quienes ven subir automáticamente de valor a sus existencias,
mientras que sus gastos fijos no aumentan en la misma proporción; en las ventas, alcanzan
cifras record;
2) Los tenedores de títulos de renta, propietarios y profesionales cuyas rentas son más o
menos fijas, sufren enormes perjuicios, ya que siguen recibiendo la misma cantidad de
moneda, y ésta cada vez vale menos;
3) El Estado, cuando es él quien provoca la inflación, puede obtener beneficio en los
primeros momentos, ya que el nuevo dinero puede llegar a usarlo antes de que se
produzca la elevación de los precios, pero finalmente, también pierde, puesto que sus
ingresos medidos en mercancías empiezan a disminuir, y una vez que el valor de una
moneda comienza a bajar de verdad, no puede establecerse con la misma rapidez una
escala ascendente de impuestos para compensar la desvalorización de los ingresos.
En resumen, la inflación saca dinero de los bolsillos de todo el mundo para ponerlo en los
de los negociantes; y lo peor es que ni aun estos últimos son tan ricos como ellos creen.
El proceso inflatorio puede provocar una desvalorización tal de la moneda que obligue al
Estado a intervenir, procediendo a la estabilización de la misma. Si la estabilización
supone, como ha ocurrido generalmente, una disminución drástica del medio circulante, se
produce el proceso inverso, deflación, y cuyos males superan a los derivados del alza de
los precios.
En el proceso deflatorio, los precios descienden, puesto que el equilibrio se ha roto en el
otro sentido; ahora son los bienes los que se encuentran en mayor cantidad que la moneda,
y entonces, mientras los poseedores de rentas fijas se benefician, puesto que con las mismas
entradas pueden comprar mayor cantidad de mercancías, los negociantes son los que
sufren las consecuencias; sus existencias pierden valor día a día, el público se niega a
comprar o a iniciar nuevos negocios, pues piensa que los precios seguirán bajando; la
contracción de la demanda obliga a la paralización de las industrias y se produce la
desocupación. El mal se hace general, alcanzando también al Estado; al descender las
utilidades en los negocios, se pagan menos sueldos y salarios, los ingresos del público
disminuyen, lo que hace que se contraigan sus consumos aumentando la paralización; el
Estado ve mermar sus entradas provenientes de una de sus fuentes principales: el
impuesto a la renta. Es una época de depresión económica.
La inflación no debe ocasionar necesariamente la depresión, al obligar al Estado a la
estabilización. Aunque el problema es harto complicado, el ascenso vertiginoso de los
precios podría detenerse tratando de eliminar las dos causas principales de perturbación: el
desequilibrio del comercio exterior, y los déficit repetidos en el presupuesto del Estado.
El primer problema tiende a solucionarse por sí solo, al restablecerse las corrientes
normales de intercambio; aumentan las importaciones, y la entrada de mercaderías lleva a
igualar la cantidad de bienes con la cantidad de dinero. Si el desequilibrio no proviniese de
un hecho extraordinario —la guerra, en nuestro caso—, y fuese provocado por las
fluctuaciones periódicas en la producción de cada país, el equilibrio se restablecería
automáticamente al funcionar el mecanismo del patrón oro, como veremos luego.
En cuanto a los déficit del presupuesto, su evidente solución reside en la estricta economía
en los gastos del Estado, pero se da el caso que éste siente por aquélla una particular
aversión. Si los déficit son considerables, sólo pueden ser cubiertos mediante la emisión de
empréstitos, internos o externos, cuando no se echa mano del recurso más expeditivo de
imprimir directamente los billetes.
Si el empréstito es interno, al producirse la emisión de los títulos, el Estado recibe dinero
inactivo, que estaba depositado en los bancos y cajas de ahorro, y lo vuelca en la circulación
al pagar a sus proveedores y empleados. La medida es inflatoria, en la parte del empréstito
que es cubierta por depósitos o dinero inactivo; no en aquella que es adquirida por el
público.
En el caso de que el empréstito se coloque en el exterior, su monto total entra en la
circulación monetaria sin que se produzca el correlativo aumento de la cantidad de
mercaderías; el nivel general de precios asciende. La medida es netamente inflacionista.
Sólo después de un tiempo provoca, aunque muy lentamente, la disminución del medio
circulante al tener que hacerse frente a los pagos de los servicios de la deuda.
Con esto no hemos agotado de manera alguna el interesante y complejo problema de la
inflación, pero se ha visto lo esencial. Sus consecuencias, como ya se ha dicho, no son nada
agradables. Pero debemos finalmente observar que un sano y prudente manejo de las
finanzas públicas atenúa en gran parte los inconvenientes provocados por la misma.