el campo, y el agua cristalina dejó de correr. Como el Bóreas
seca en el otoño un campo
recién inundado y se alegra el que to cultiva, de la misma suerte, el
fuego secó la llanura
entera y quemó los cadáveres. Luego Hefesto dirigió al
río la resplandeciente llama y
ardieron, así los olmos, los sauces y los tamariscos, como el loto, el
junco y la juncia que
en abundancia habían crecido junto a la hermosa corriente. Anguilas y
peces padecían y
saltaban acá y allá, en los remolinos o en la corriente, oprimidos
por el soplo del
ingenioso Hefesto. Y el río, quemándose también, así
habiaba:
357 -¡Hefesto! Ninguno de los dioses te iguala y no quiero luchar contigo
ni con tu
llama ardiente. Cesa de perseguirme y en seguida el divino Aquiles arroje de
la ciudad a
los troyanos. ¿Qué interés tengo en la contienda ni en
auxiliar a nadie?
361 Así habló, abrasado por el fuego; y la hermosa corriente hervía.
Como en una
caldera puesta sobre un gran fuego, la grasa de un puerco cebado se funde, hierve
y
rebosa por todas partes, mientras la leña seca arde debajo; así
la hermosa corriente se
quemaba con el fuego y el agua hervía, y, no pudiendo it hacia adelante,
paraba su curso
oprimida por el vapor que con su arte produjera el ingenioso Hefesto. Y el río,
dirigiendo
muchas súplicas a Hera, estas aladas palabras le decía:
369 -¡Hera! ¿Por qué tu hijo maltrata mi corriente, atacándome
a mí solo entre los
dioses? No debo de ser para ti tan culpable como todos los demás que
favorecen a los
troyanos. Yo desistiré de ayudarlos, si tú lo mandas; pero que
éste cese también. Y juraré
no librar a los troyanos del día fatal, aunque Troya entera llegue a
ser pasto de las voraces
llamas por haberla incendiado los belicosos aqueos.
377 Cuando Hera, la diosa de los níveos brazos, oyó estas palabras,
dijo en seguida a
Hefesto, su hijo amado:
379 -¡Hefesto hijo ilustre! Cesa ya, pues no conviene que, a causa de
los mortales, a un
dios inmortal atormentemos.
381 Así dijo. Hefesto apagó la abrasadora llama, y las olas retrocedieron
a la hermosa
corriente.
383 Y tan pronto como el ánimo del Janto fue abatido, ellos cesaron de
luchar porque
Hera, aunque irritada, los contuvo; pero una reñida y espantosa pelea
se suscitó entonces
entre los demás dioses: divididos en dos bandos, vinieron a las manos
con fuerte
estrépito; bramó la vasta tierra, y el gran cielo resonó
como una trompeta. Oyólo Zeus,
sentado en el Olimpo, y con el corazón alegre reía al ver que
los dioses iban a embestirse.
Y ya no estuvieron separados largo tiempo; pues el primero Ares, que horada
los escudos,
acometiendo a Atenea con la broncínea lanza, estas injuriosas palabras
le decía:
394 -¿Por qué nuevamente, oh mosca de perro, promueves la contienda
entre los dioses
con insaciable audacia? ¿Qué poderoso afecto to mueve? ¿Acaso
no te acuerdas de
cuando incitabas a Diomedes Tidida a que me hiriese, y cogiendo tú misma
la reluciente
pica la enderezaste contra mí y me desgarraste el hermoso cutis? Pues
me figuro que
ahora pagarás cuanto me hiciste.
400 Apenas acabó de hablar, dio un bote en el escudo floqueado, horrendo,
que ni el
rayo de Zeus rompería, allí acertó a dar Ares, manchado
de homicidios, con la ingente
lanza. Pero la diosa, volviéndose, aferró con su robusta mano
una gran piedra negra y
erizada de puntas que estaba en la llanura y había sido puesta por los
antiguos como linde
de un campo; e, hiriendo con ella al furibundo Ares en el cuello, dejóle
sin vigor los
miembros. Vino a tierra el dios y ocupó siete yeguadas, el polvo manchó
su cabellera y
las armas resonaron. Rióse Palas Atenea; y, gloriándose de la
victoria, profirió estas
aladas palabras:
410-¡Necio! Aún no has comprendido que me jacto de ser mucho más
fuerte, puesto
que osas oponer tu furor al mío. Así padecerás, cumpliéndose
las imprecaciones de tu
airada madre que maquina males contra ti porque abandonaste a los aqueos y favoreces
a
los orgullosos troyanos.
415 Cuando esto hubo dicho, volvió a otra parte los ojos refulgentes.
Afrodita, hija de
Zeus, asió por la mano a Ares y le acompañaba, mientras el dios
daba muchos suspiros y
apenas podía recobrar el aliento. Pero la vio Hera, la diosa de los níveos
brazos, y al
