Erictonio fue padre
de Tros, que reinó sobre los troyanos; y éste dio el ser a tres
hijos irreprensibles: Ilo,
Asáraco y el deiforme Ganimedes, el más hermoso de los hombres,
a quien arrebataron
los dioses a causa de su belleza para que escanciara el néctar a Zeus
y viviera con los
inmortales. Ilo engendró al eximio Laomedonte, que tuvo por hijos a Titono,
Príamo,
Lampo, Clitio a Hicetaón, vástago de Ares. Asáraco engendró
a Capis, cuyo hijo fue
Anquises. Anquises me engendró a mí, y Príamo al divino
Héctor. Tal alcurnia y tal
sangre me glorío de tener. Pero Zeus aumenta o disminuye el valor de
los guerreros como
le place, porque es el más poderoso. Ea, no nos digamos más palabras
como si fuésemos
niños, parados así en medio del campo de batalla. Fácil
nos sería inferimos tantas
injurias, que una nave de cien bancos de remeros no podría Ilevarlas.
Es voluble la lengua
de los hombres, y de ella salen razones de todas clases; hállanse muchas
palabras acá y
a11á, y cual hablares tal oirás la respuesta. Mas ¿qué
necesidad tenemos de altercar,
disputando a injuriándonos, como mujeres irritadas, las cuales, movidas
por roedor
encono, salen a la calle y se zahieren diciendo muchas cosas, verdaderas unas
y falsas
otras, que la cólera les dicta? No lograrás con tus palabras que
yo, estando deseoso de
combatir, pierda el valor antes de que con el bronce y frente a frente peleemos.
Ea,
acometámonos en seguida con las broncíneas lanzas.
259 Dijo; y, arrojando la fornida lanza, clavóla en el terrible y horrendo
escudo de
Aquiles, que resonó grandemente en torno de ella. El Pelida, temeroso,
apartó el escudo
con la robusta mano, creyendo que la luenga lanza del magnánimo Eneas
lo atravesaría
fácilmente. ¡Insensato! No pensó en su mente ni en su espíritu
que los eximios presentes
de los dioses no pueden ser destruidos con facilidad por los mortales hombres,
ni ceder a
sus fuerzas. Y así la pesada lanza de Eneas no perforó entonces
la rodela por haberlo im-
pedido la lámina de oro que el dios puso en medio, sino que atravesó
dos capas y dejó
tres intactas, porque eran cinco las que el dios cojo había reunido:
las dos de bronce, dos
interiores de estaño, y una de oro, que fue donde se detuvo la lanza
de fresno.
273 Aquiles despidió luego la ingente lanza, y acertó a dar en
el borde del liso escudo
de Eneas, sitio en que el bronce era más delgado y el boyuno cuero más
tenue: el fresno
del Pelión atravesólo, y todo el escudo resonó. Eneas,
amedrentado, se encogió y levantó
el escudo; la lanza, deseosa de proseguir su curso, pasóle por cima del
hombro, después
de romper los dos círculos de la rodela, y se clavó en el suelo;
y el héroe, evitado ya el
golpe, quedóse inmóvil y con los ojos muy espantados de ver que
aquélla había caído tan
cerca. Aquiles desnudó la aguda espada; y, profiriendo horribles voces,
arremetió contra
Eneas; y éste, a su vez, cogió una gran piedra que dos de los
hombres actuales no podrían
llevar y que él manejaba fácilmente. Y Eneas tirara la piedra
a Aquiles y le acertara en el
casco o en el escudo que habría apartado del héroe la triste
muerte, y el Pelida privara de
la vida a Eneas, hiriéndole de cerca con la espada, si al punto no lo
hubiese advertido
Posidón, que sacude la tierra, el cual dijo entre los dioses inmortales:
293 -¡Oh dioses! Me causa pesar el magnánimo Eneas, que pronto,
sucumbiendo a
manos del Pelión, descenderá al Hades por haber obedecido las
palabras de Apolo, que
hiere de lejos. ¡Insensato! El dios no le librará de la triste
muerte. Mas ¿por qué ha de
padecer, sin ser culpable, las penas que otros merecen, habiendo ofrecido siempre
gratos
presentes a los dioses que habitan el anchuroso cielo? Ea, librémosle
de la muerte, no sea
que el Cronida se enoje si Aquiles lo mata, pues el destino quiere que se salve
a fin de
que no perezca sin descendencia ni se extinga del todo el linaje de Dárdano,
que fue
amado por el Cronida con preferencia a los demás hijos que tuvo de mujeres
mortales. Ya
el Cronión aborrece a los descendientes de Príamo; pero el fuerte
Eneas reinará sobre los
troyanos, y luego los hijos de sus hijos que sucesivamente nazcan.
309 Respondióle Hera veneranda, la de ojos de novilla:
310 -¡Oh tú que sacudes la tierra! Resuelve tú mismo si
has de salvar a Eneas o permitir
que, no obstante su valor, sea muerto por el Pelida Aquiles. Pues así
Palas Atenea como
yo hemos jurado repetidas veces a vista de los inmortales todos, que jamás
