pero ¿qué placer puede
producirme, habiendo muerto Patroclo, el fiel amigo a quien apreciaba sobre
todos los
compañeros y tanto como a mi propia cabeza? Lo he perdido, y Héctor,
después de
matarlo, le despojó de las armas prodigiosas, encanto de la vista, magníficas,
que los
dioses regalaron a Peleo, como espléndido presente, el día en
que lo colocaron en el
tálamo de un hombre mortal. Ojalá hubieras seguido habitando en
el mar con las
inmortales ninfas, y Peleo hubiese tomado esposa mortal. Mas no sucedió
así, para que
sea inmenso el dolor de tu alma cuando muera tu hijo, a quien ya no recibirás
vuelto a la
patria, pues mi ánimo no me incita a vivir, ni a permanecer entre los
hombres, si Héctor
no pierde la vida, atravesado por mi lanza, recibiendo de este modo la condigna
pena por
la muerte de Patroclo Menecíada.
94 Respondióle Tetis, derramando lágrimas:
95 -Breve será tu existencia, a juzgar por lo que dices, pues la muerte
te aguarda así que
Héctor perezca.
97 Contestó muy afligido Aquiles, el de los pies ligeros:
9e -Muera yo en el acto, ya que no pude socorrer al amigo cuando lo mataron:
ha
perecido lejos de su país y sin tenerme al lado para que le librara de
la desgracia. Ahora,
puesto que no he de volver a la patria tierra, ni he salvado a Patroclo ni a
los muchos
amigos que murieron a manos del divino Héctor, permanezco en las naves
cual inútil
peso de la tierra, siendo tal en la batalla como ninguno de los aqueos, de broncíneas
corazas, pues en el ágora otros me superan. Ojalá pereciera la
discordia para los dioses y
para los hombres, y con ella la ira, que encruelece hasta al hombre sensato
cuando más
dulce que la miel se introduce en el pecho y va creciendo como el humo. Así
me irritó el
rey de hombres, Agamenón. Pero dejemos to pasado, aunque afligidos, pues
es preciso
refrenar el furor del pecho. Iré a buscar al matador del amigo querido,
a Héctor; y yo
recibiré la muerte cuando lo dispongan Zeus y los demás dioses
inmortales. Pues ni el
fornido Heracies pudo librarse de ella, con ser carísimo al soberano
Zeus Cronida, sino
que la parca y la cólera funesta de Hera le hicieron sucumbir. Así
yo, si he de tener igual
muerte, yaceré en la tumba cuando muera; mas ahora ganaré gloriosa
fama y haré que
algunas de las matronas troyanas o dardanias, de profundo seno, den fuertes
suspiros y
con ambas manos se enjuguen las lágrimas de sus tiernas mejillas. Conozcan
que durante
largo tiempo me he abstenido de combatir. Y tú, aunque me ames, no me
prohíbas que
pelee, que no lograrás persuadirme.
127 Respondióle Tetis, la de argénteos pies:
128 -Sí, hijo, es justo, y no puede reprobarse que libres a los afligidos
compañeros de
una muerte terrible; pero to magnífica armadura de luciente bronce la
tienen los troyanos,
y Héctor, el de tremolante casco, se vanagloria de cubrir con ella sus
hombros. Con todo
eso, me figuro que no durará mucho su jactancia, pues ya la muerte se
le avecina. Tú no
penetres en la contienda de Ares hasta que con tus ojos me veas volver; y mañana,
al
romper el alba, vendré a traerte una hermosa armadura fabricada por Hefesto.
138 Cuando así hubo hablado, dejó a su hijo; y volviéndose
a sus hermanas de la mar,
les dijo:
140 -Bajad vosotras al anchuroso seno del mar para ver al anciano marino y el
palacio
del padre, a quien se lo contaréis todo; y yo subiré al elevado
Olimpo para que Hefesto, el
ilustre artífice, dé a mi hijo una magnífica y reluciente
armadura.
14s Así habló. Las nereidas se sumergieron prestamente en las
olas del mar, y Tetis, la
diosa de argénteos pies, enderezó sus pasos al Olimpo para procurar
a su hijo las magnífi-
cas armas.
148 Mientras la diosa se encaminaba al Olimpo, los aqueos, de hermosas grebas,
huyendo con gritería inmensa a vista de Héctor, matador de hombres,
llegaron a las naves
y al Helesponto; y ya no podían sacar fuera de los tiros el cadáver
de Patroclo, escudero
de Aquiles, porque de nuevo los alcanzaron los troyanos con sus carros y Héctor,
hijo de
Príamo, que por su vigor parecía una llama. Tres veces el esclarecido
Héctor asió a
Patroclo por los pies a intentó arrastrarlo, exhortando con horrendos
gritos a los troyanos;
tres veces los dos Ayantes, revestidos de impetuoso valor, le rechazaron. Héctor,
con-
fiando en su fuerza, unas veces se arrojaba a la pelea, otras se detenía
y daba grandes
