Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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y,
llamando al compañero, le hablaba de este modo:
491-¡Caro Glauco, guerrero afamado entre los hombres! Ahora debes portarte como
fuerte y audaz luchador; ahora to ha de causar placer la batalla funesta, si eres valiente.
Ve por todas partes, exhorta a los capitanes licios a que combatan en torno de Sarpedón y
defiéndeme tú mismo con el bronce. Constantemente, todos los días, seré para ti motivo de vergüenza y oprobio, si, sucumbiendo en el recinto de las naves, los aqueos me
despojan de la armadura. ¡Pelea, pues, denodadamente y anima a todo el ejército!
502 Así dijo; y el velo de la muerte le cubrió los ojos y las narices. Patroclo,
sujetándole el pecho con el pie, le arrancó el asta, con ella siguió el d¡afragma, y salieron
a la vez la punta de la lanza y el alma del guerrero. Y los mirmidones detuvieron los
corceles de Sarpedón, los cuales anhelaban y querían huir desde que quedó vacío el carro
de sus dueños.
509 Glauco sintió hondo pesar al oír la voz de Sarpedón y se le turbó el ánimo porque
no podía socorrerlo. Apretóse con la mano el brazo, pues le abrumaba una herida que
Teucro le había causado disparándole una llecha cuando él asaltaba el altó muro y el
aqueo defendía a los suyos; y oró de esta suerte a Apolo, el que hiere de lejos:
514 -Oyeme, oh soberano, ya te halles en el opulento pueblo de Licia, ya te encuentres
en Troya; pues desde cualquier lugar puedes atender al que está afligido, como lo estoy
ahora. Tengo esta grave herida, padezco agudos dolores en el brazo y la sangre no se
seca; el hombro se entorpece, y me es imposible manejar firmemente la lanza y pelear
con los enemigos. Ha muerto un hombre fortísimo, Sarpedón, hijo de Zeus, el cual ya ni a
su prole defiende. Cúrame, oh soberano, la grave herida, adormece mis dolores y dame
fortaleza para que mi voz anime a los licios a combatir y yo mismo luche en defensa del
cadáver.
527 Así dijo rogando. Oyóle Febo Apolo y en seguida calmó los dolores, secó la negra
sangre de la grave herida a infundió valor en el ánimo del troyano. Glauco, al notarlo, se
holgó de que el gran dios hubiese escuchado su ruego. En seguida fue por todas partes y
exhortó a los capitanes licios para que combatieran en torno de Sarpedón. Después, en-
caminóse a paso largo hacia los troyanos; buscó a Polidamante Pantoida, al divino
Agenor, a Eneas y a Héctor armado de broncé; y, deteniéndose cerca de los mismos, dijo
estas aladas palabras:
538 -¡Héctor! Te olvidas del todo de los aliados que por ti pierden la vida lejos de los
amigos y de la patria tierra, y ni socorrerles quieres. Yace en tierra Sarpedón, el rey de los
licios escudados, que con su justicia y su valor gobernaba a Licia. El broncíneo Ares to
ha matado con la lanza de Patroclo. Oh amigos, venid a indignaos en vuestro corazón: no
sea que los mirmidones le quiten la armadura a insulten el cadáver, irritados por la muerte
de los dánaos, a quienes dieron muerte nuestras picas junto a las veleras naves.
548 Así dijo. Los troyanos sintieron grande a inconsolable pena, porque Sarpedón,
aunque forastero, era un baluarte para la ciudad; había llevado a ella a muchos hombres y
en la pelea los superaba a todos. Con grandes bríos dirigiéronse aquéllos contra los
dánaos, y a su frente marchaba Héctor, irritado por la muerte de Sarpedón. Y Patroclo
Menecíada, de corazón valiente, animó a los aqueos; y dijo a los Ayantes, que ya de
combatir estaban deseosos:
556 -¡Ayantes! Poned empeño en rechazar al enemigo y mostraos tan valientes como
habéis sido hasta aquí o más aún. Yace en tierra Sarpedón, el que primero asaltó nuestra
muralla. ¡Ah, si apoderándonos del cadáver pudiésemos ultrajarlo, quitarle la armadura
de los hombros y matar con el cruel bronce a alguno de los compañeros que lo de-
fienden!...
562 Así dijo, aunque ellos ya deseaban rechazar al enemigo. Y troyanos y licios por una
parte, y mirmidones y aqueos por otra, cerraron las falanges, vinieron a las manos y
empezaron a pelear con horrenda gritería en torno del cadáver. Crujían las armaduras de
los guerreros, y Zeus cubrió con una dañosa obscuridad la reñida contienda, para que pro-
dujese mayor estrago el combate que por el cuerpo de su hijo se empeñaba.


 

 
 

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