Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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Telamonio, rompiéndole a éste la cuerda del magnífico arco cuando to tendía: la flecha,
que el bronce hacía ponderosa, torció su camino, y el arco cayó de las manos del
guerrero. Estremecióse Teucro, y dijo a su hermano:
467 -¡Oh dioses! Alguna deidad que quiere frustrar nuestros medios de combate me
quitó el arco de la mano y rompió la cuerda recién torcida, que até esta mañana para que
pudiera despedir, sin romperse, multitud de flechas.
471 Respondióle el gran Ayante Telamonio:
472 -¡Oh amigo! Deja quieto el arco con las abundantes flechas, ya que un dios lo
inutilizó por odio a los dánaos; toma una larga pica y un escudo que cubra tus hombros,
pelea contra los troyanos y anima a la tropa. Que aun siendo vencedores, no tomen sin
trabajo las naves de muchos bancos. Sólo en combatir pensemos.
478 Así dijo. Teucro dejó el arco en la tienda, colgó de sus hombros un escudo formado
por cuatro pieles, cubrió la robusta cabeza con un labrado casco, cuyo penacho de crines
de caballo ondeaba terriblemente en la cimera, asió una fuerte lanza de aguzada
broncínea punta, salió y volvió corriendo al lado de Ayante.
484 Héctor, al ver que las saetas de Teucro quedaban inútiles, exhortó a los troyanos y
a los licios, gritando recio:
486 -¡Troyanos, licios, dárdanos, que cuerpo a cuerpo combatís! Sed hombres, amigos,
y mostrad vuestro impetuoso valor junto a las cóncavas naves; pues acabo de ver con mis
ojos que Zeus ha dejado inútiles las flechas de un eximio guerrero. El influjo de Zeus lo
reconocen fácilmente así los que del dios reciben excelsa gloria, como aquéllos a quienes
abate y no quiere socorrer: ahora debilita el valor de los argivos y nos favorece a
nosotros. Combatid juntos cerca de los bajeles; y quien sea herido mortalmente, de cerca
o de lejos, cumpliéndose su destino, muera; que será honroso para él morir combatiendo
por la patria, y su esposa a hijos se verán salvos, y su casa y hacienda no padecerán
menoscabo, si los aqueos regresan en las naves a su patria tierra.
500 Así diciendo les excitó a todos el valor y la fuerza. Ayante, a su vez, exhortó
asimismo a sus compañeros:
502 -¡Qué vergüenza, argivos! Ya llegó el momento de morir o de salvarse rechazando
de las naves a los troyanos. ¿Esperáis acaso volver a pie a la patria tierra, si Héctor, el de
tremolante casco, toma los bajeles? ¿No oís cómo anima a todos los suyos y desea
quemar las naves? No les manda que vayan a un baile, sino que peleen. No hay mejor
pensamiento o consejo para nosotros que éste: combatir cuerpo a cuerpo y valerosamente
con el enemigo. Es preferible morir de una vez o asegurar la vida, a dejarse matar
paulatina a infructuosamente en la terrible contienda, junto a las naves, por guerreros que
nos son inferiores.
514 Con estas palabras les excitó a todos el valor y la fuerza. Entonces Héctor mató a
Esquedio, hijo de Perimedes y caudillo de los focios; Ayante quitó la vida a Laodamante,
hijo ilustre de Anténor, que mandaba los peones, y Polidamante acabó con Oto de Cilene,
compañero del Filida y jefe de los magnánimos epeos. Meges, al verlo, arremetió con la
lanza a Polidamante; pero éste hurtó el cuerpo -Apolo no quiso que el hijo de Pántoo
sucumbiera entre los combatientes delanteros-, y aquél hirió en medio del pecho a
Cresmo, que cayó con estrépito, y el aqueo le despojó de la armadura que cubría sus
hombros. En tanto, Dólope Lampétida, hábil en manejar la lanza (Lampo Laomedontíada
había engendrado este hijo bonísimo, que estuvo dotado de impetuoso valor), se lanzó
contra el Filida y, acometiéndole de cerca, diole un bote en el centro del escudo; pero el
Filida se salvó, gracias a una fuerte coraza que protegía su cuerpo, la cual había sido regalada en otro tiempo a Fileo en Éfira, a orillas del río Seleente, por su huésped el rey
Eufetes, para que en la guerra le defendiera de los enemigos, y entonces libró de la muer-
te a su hijo Meges. Éste, a su vez, dio una lanzada a Dólope en la parte inferior de la
cimera del broncíneo casco, adornado con crines de caballo, rompióla y derribó en el
polvo el penacho recién teñido de vistosa púrpura. Y mientras Dólope seguía
combatiendo con la esperanza de vencer, el belicoso Menelao fue a ayudar a Meges; y,
poniéndose a su lado sin ser visto, clavó la lanza en la espalda de aquél: la punta
impetuosa salió por el pecho, y el guerrero cayó de cara. Ambos


 

 
 

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