Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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que junto a las veleras naves reparaban las fuerzas. Tenían los miembros relajados por el
penoso cansancio, y se les llenó el corazón de pesar cuando vieron que los troyanos
asaltaban en tropel la gran muralla: contemplábanlo con los ojos arrasados de lágrimas y
no creían escapar de aquel peligro. Pero Posidón, que bate la tierra, intervino y reanimó
fácilmente las esforzadas falanges. Fue primero a incitar a Teucro, Leito, el héroe
Penéleo, Toante, Deípiro, Meriones y Antíloco, aguerridos campeones, y, para alentarlos,
les dijo estas aladas palabras:
95 -¡Qué vergüenza, argivos jóvenes adolescentes! Figurábame que peleando
conseguiríais salvar nuestras naves; pero, si cejáis en el funesto combate, ya luce el día en
que sucumbiremos a manos de los troyanos. ¡Oh dioses! Veo con mis ojos un prodigio
grande y terrible que jamás pensé que llegara a realizarse. ¡Venir los troyanos a nuestros
bajeles! Parecíanse antes a las medrosas ciervas que vagan por el monte, débiles y sin
fuerza para la lucha, y son el pasto de chacales, panteras y lobos; semejantes a ellas,
nunca querrán los troyanos afrontar a los aqueos, aunque fuese un instante, ni osaban
resistir su valor y sus manos. Y ahora pelean lejos de la ciudad, junto a las naves, por la
culpa del caudillo y la indolencia de los hombres que, no obrando de acuerdo con él, se
niegan a defender los bajeles, de ligero andar, y reciben la muerte cerca de los mismos.
Mas, aunque el héroe Atrida, el poderoso Agamenón, sea el verdadero culpable de todo, porque ultrajó al Pelida de pies ligeros, en modo alguno nos es lícito dejar de combatir.
Remediemos con presteza el mal, que la mente de los buenos es aplacable. No es
decoroso que decaiga vuestro impetuoso valor, siendo como sois los más valientes del
ejército. Yo no increparía a un hombre tímido porque se abstuviera de pelear; pero contra
vosotros se enciende en ira mi corazón. ¡Oh cobardes! Con vuestra indolencia haréis que
pronto se agrave el mal. Poned en vuestros pechos vergüenza y pundonor, ahora que se
promueve esta gran contienda. Ya el fuerte Héctor, valiente en la pelea, combate cerca de
las naves y ha roto las puertas y el gran cerrojo.
125 Con tales amonestaciones, el que ciñe la tierra instigó a los aqueos. Rodeaban a
ambos Ayantes fuertes falanges que hubieran declarado irreprensibles Ares y Atenea, que
enardece a los guerreros, si por ellas se hubiesen entrado. Los tenidos por más valientes
aguardaban a los troyanos y al divino Héctor, y las astas y los escudos se tocaban en las
cerradas filas: la rodela apoyábase en la rodela, el yelmo en otro yelmo, cada hombre en
su vecino, y chocaban los penachos de crines de caballo y los lucientes conos de los
cascos cuando alguien inclinaba la cabeza. ¡Tan apiñadas estaban las filas! Cruzábanse
las lamas, que blandían audaces manos, y ellos deseaban arremeter a los enemigos y
trabar la pelea.
136 Los troyanos acometieron unidos, siguiendo a Héctor, que deseaba ir en derechura
a los aqueos. Como la piedra insolente que cae de una cumbre y lleva consigo la ruina,
porque se ha desgajado, cediendo a la fuerza de torrencial avenida causada por la mucha
lluvia, y desciende dando tumbos con ruido que repercute en el bosque, corre segura
hasta el llano, y a11í se detiene, a pesar de su ímpetu, de igual modo Héctor amenazaba
con atravesar fácilmente por las tiendas y naves aqueas, matando siempre, y no detenerse
hasta el mar; pero encontró las densas falanges, y tuvo que hacer alto después de un
violento choque. Los aqueos le afrontaron; procuraron herirlo con las espadas y lanzas de
doble filo, y apartáronle de ellos, de suerte que fue rechazado, y tuvo que retroceder. Y
con voz penetrante gritó a los troyanos:
150 -¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo a cuerpo peleáis! Persistid en el ataque;
pues los aqueos no me resistirán largo tiempo, aunque se hayan formado en columna
cerrada; y creo que mi lanza les hará retroceder pronto, si verdaderamente me impulsa el
dios más poderoso, el tonante esposo de Hera.
155 Con estas palabras les excitó a todos el valor y la fuerza. Entre los troyanos iba
muy ufano Deífobo Priámida, que se adelantaba ligero y se cubría con el liso escudo.
Meriones arrojóle una reluciente lanza, y no erró el tiro: acertó a dar en la rodela hecha de
pieles de toro, sin conseguir atravesarla, porque aquélla se rompió


 

 
 

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