Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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con una flecha el lustroso correón del gran escudo, cerca del pecho; mas Zeus apartó de
su hijo las parcas, para que no sucumbiera junto a las naves; Ayante, arremetiendo, dio un
bote de lanza en el escudo: la punta no lo atravesó, pero hizo vacilar al héroe cuando se
disponía para el ataque. Sarpedón se apartó un poco del parapeto, pero no se retiró del
todo, porque en su ánimo deseaba alcanzar gloria. Y volviéndose a los licios, iguales a los
dioses, los exhortó diciendo:
409 -¡Oh licios! ¿Por qué se afloja tanto vuestro impetuoso valor? Difícil es que yo
solo, aunque haya roto la muralla y sea valiente, pueda abrir camino hasta las naves.
Ayudadme todos, pues la obra de muchos siempre resulta mejor.
413 Así habló. Los licios, temiendo la reconvención del rey, junto con éste y con
mayores bríos que antes, cargaron a los argivos; quienes, a su vez, cerraron las filas de las
falanges dentro del muro, porque era grande la acción que se les presentaba. Y ni los
bravos licios, a pesar de haber roto el muro de los dánaos, lograban abrirse paso hasta las
naves; ni los belicosos dánaos podían rechazar de la muralla a los licios desde que a la
misma se habían acercado. Como dos hombres altercan, con la medida en la mano, sobre
los lindes de campos contiguos y se disputan un pequeño espacio, así, licios y dánaos
estaban separados por los parapetos, y por cima de los mismos hacían chocar delante de
los pechos las rodelas de boyuno cuero y los ligeros broqueles. Ya muchos combatientes
habían sido heridos con el cruel bronce, unos en la espalda, que al volverse dejaron
indefensa, otros por entre el mismo escudo. Por doquiera torres y parapetos estaban
regados con sangre de troyanos y aqueos. Mas ni aun así los troyanos podían hacer volver
la espalda a los aqueos. Como una honrada obrera coge un peso y lana y los pone en los
platillos de una balanza, equilibrándolos hasta que quedan iguales, para llevar a sus hijos
el miserable salario, así el combate y la pelea andaban iguales para unos y otros, hasta
que Zeus quiso dar excelsa gloria a Héctor Priámida, el primero que asaltó el muro
aqueo. El héroe, con pujante voz, gritó a los troyanos:
440 -¡Acometed, troyanos domadores de caballos! Romped el muro de los argivos y
arrojad a las naves el fuego abrasador.
442 Así dijo para excitarlos. Escucháronlo todos; y reunidos fuéronse derechos al muro,
subieron y pasaron por encima de las almenas, llevando siempre en las manos las afiladas
lanzas.
445 Héctor cogió entonces una piedra de ancha base y aguda punta que había delante de
la puerta: dos de los más forzudos hombres del pueblo, tales como son hoy, con dificultad
hubieran podido cargarla en un carro; pero aquél la manejaba fácilmente porque el hijo del artero Crono la volvió liviana. Bien así como el pastor lleva en una mano el vellón de
un carnero, sin que el peso lo fatigue, Héctor, alzando la piedra, la conducía hacia las
tablas que fuertemente unidas formaban las dos hojas de la alta puerta y estaban
aseguradas por dos cerrojos puestos en dirección contraria, que abría y cerraba una sola
llave. Héctor se detuvo delante de la puerta, separó los pies, y, estribando en el suelo para
que el golpe no fuese débil, arrojó la piedra al centro de aquélla: rompiéronse ambos
quiciales, cayó la piedra dentro por su propio peso, recrujieron las tablas, y, como los
cerrojos no ofrecieron bastante resistencia, desuniéronse las hojas y cada una fue por su
lado, al impulso de la piedra. El esclarecido Héctor, que por su aspecto a la rápida noche
semejaba, saltó al interior: el bronce relucía de un modo terrible en torno de su cuerpo, y
en la mano llevaba dos lanzas. Nadie, a no ser un dios, hubiera podido salirle al encuentro
y detenerlo cuando traspuso la puerta. Sus ojos brillaban como el fuego. Y volviéndose a
la turba, alentaba a los troyanos para que pasaran la muralla. Obedecieron, y mientras
unos asaltaban el muro, otros afluían a las bien construidas puertas. Los dánaos
refugiáronse en las cóncavas naves y se promovió un gran tumulto. CANTO XIII*
Batalla junto a las naves
* Zeus, cuya voluntad dirigía los acontecimientos, abandona de momento sus planes, y Posidón
aprovecha la circunstancia para organizar la resistencia en el bando aqueo. Al sufrir la presión de los
troyanos por la izquierda y por el centro, inician el contraataque por la derecha.
1 Cuando Zeus hubo acercado a Héctor y los troyanos a las naves, dejó que sostuvieran


 

 
 

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