Patroclo al verlos se levantó también. Aquiles, el de los pies
ligeros, tendióles la mano y
dijo:
197 -¡Salud, amigos que llegáis! Grande debe de ser la necesidad
cuando venís
vosotros, que sois para mí, aunque esté irritado, los más
queridos de los aqueos todos.
199 En diciendo esto, el divino Aquiles les hizo sentar en sillas provistas
de purpúreos
tapetes, y en seguida dijo a Patroclo, que estaba cerca de él:
202 -¡Hijo de Menecio! Saca la cratera mayor, llénala del vino
más añejo y distribuye
copas; pues están debajo de mi techo los hombres que me son más
caros.
205 Así dijo, y Patroclo obedeció al compañero amado. En
un tajón que acercó a la
lumbre puso los lomos de una oveja y de una pingüe cabra y la grasa espalda
de un
suculento jabalí. Automedonte sujetaba la carne; Aquiles, después
de cortarla y dividirla,
la espetaba en asadores; y el Menecíada, varón igual a un dios,
encendía un gran fuego; y
luego, quemada la leña y muerta la llama, extendió las brasas,
colocó encima los asadores
asegurándolos con piedras y sazonó la carne con la divina sal.
Cuando aquélla estuvo
asada y servida en la mesa, Patrocio repartió pan en hermosas canastillas;
y Aquiles
distribuyó la carne, sentóse frente al divino Ulises, de espaldas
a la pared, y ordenó a
Patroclo, su amigo, que hiciera la ofrenda a los dioses. Patroclo echó
las primicias al
fuego. Metieron mano a los manjares que tenían delante, y, cuando hubieron
satisfecho el
deseo de beber y de comer, Ayante hizo una seña a Fénix; y Ulises,
al advertirlo, llenó de
vino la copa y brindó a Aquiles:
223 -¡Salve, Aquiles! De igual festín hemos disfrutado en la tienda
del Atrida
Agamenón que ahora aquí, donde podríamos comer muchos y
agradables manjares; pero
los placeres del delicioso banquete no nos halagan porque tememos, oh alumno
de Zeus,
que nos suceda una gran desgracia: dudamos si nos será dado salvar o
perder las naves de
muchos bancos, si tú no lo revistes de valor. Los orgullosos troyanos
y sus auxiliares,
venidos de lejas tierras, acampan junto a las naves y al muro y han encendido
una porción
de hogueras; y dicen que, como no podremos resistirlos, asaltarán las
negras naves; Zeus
Cronida relampaguea haciéndoles favorables señales, y Héctor,
envanecido por su
bravura y confiando en Zeus, se muestra estupendamente furioso, no respeta a
hombres ni
a dioses, está poseído de cruel rabia, y pide que aparezca pronto
la divina Aurora, asegu-
rando que ha de cortar nuestras elevadas popas, quemar las naves con ardiente
fuego y
matar cerca de ellas a los aqueos aturdidos por el humo. Mucho teme mi alma
que los
dioses cumplan sus amenazas y el destino haya dispuesto que muramos en Troya,
lejos de
Argos, criadora de caballos. Ea, levántate si deseas, aunque tarde, salvar
a los aqueos, que
están acosados por los troyanos. A ti mismo te ha de pesar si no lo haces,
y no puede
repararse el mal una vez causado; piensa, pues, cómo librarás
a los dánaos de tan funesto
día. Amigo, tu padre Peleo te daba estos consejos el día en que
desde Ftía lo envió a
Agamenón: «¡Hijo mío! La fortaleza, Atenea y Hera
te la darán si quieren; tú refrena en
el pecho el natural fogoso- la benevolencia es preferible -y abstente de perniciosas
disputas para que seas más honrado por los argivos jóvenes y ancianos.»
Así te
amonestaba el anciano y tú lo olvidas. Cede ya y depón la funesta
cólera; pues Agamenón
te ofrece dignos presentes si renuncias a ella. Y si quieres, oye y te referiré
cuanto
Agamenón dijo en su tienda que te daría: Siete trípodes
no puestos aún al fuego, diez
talentos de oro, veinte calderas relucientes y doce corceles robustos, premiados,
que
alcanzaron la victoria en la carrera. No sería pobre ni carecería
de precioso oro quien
tuviera los premios que estos caballos de Agamenón con sus pies lograron.
Te dará
también siete mujeres lesbias, hábiles en hacer primorosas labores,
que él mismo escogió
cuando tomaste la bien construida Lesbos y que en hermosura a las demás
aventajaban.
Con ellas te entregará la hija de Briseo, que te ha quitado, y jurará
solemnemente que
jamás subió a su lecho ni se unió con la misma, como es
costumbre, oh rey, entre
hombres y mujeres. Todo esto se te presentará en seguida; mas, si los
dioses nos permiten
destruir la gran ciudad de Príamo, entra en ella cuando los aqueos partamos
el botín,
