Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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con ánimo tan tenaz
apartada de su marido cuando éste, después de pasar innumerables calamidades, llega a
su patria a los veinte años. Vamos, nodriza, prepárame el lecho para que también yo me
acueste, pues ésta tiene un corazón de hierro dentro del pecho.»
Y le contestó la prudente Penélope:
«Querido mío, no me tengo en mucho ni en poco ni me admiro en exceso, pero sé muy
bien cómo eras cuando marchaste de Itaca en la nave de largos remos. Vamos, Euriclea,
prepara el labrado lecho fuera del sólido tálamo, el que construyó él mismo. Y una vez
que hayáis puesto fuera el labrado lecho, disponed la cama pieles, mantas y
resplandecientes colchas.»
Así dijo poniendo a prueba a su esposo. Entonces Odiseo se dirigió irritado a su fiel
esposa:
«Mujer, esta palabra que has dicho es dolorosa para mi corazón. ¿Quién me ha puesto
la cama en otro sitio? Sería difícil incluso para uno muy hábil si no viniera un dios en
persona y lo pusiera fácilmente en otro lugar; que de los hombres, ningún mortal viviente,
ni aun en la flor de la edad, lo cambiaría fácilmente, pues hay una señal en el labrado
lecho, y lo construí yo y nadie más. Había crecido dentro del patio un tronco de olivo de
extensas hojas, robusto y floreciente, ancho como una columna. Edifiqué el dormitorio en
torno a él, hasta acabarlo, con piedras espesas, y lo cubrí bien con un techo y le añadí
puertas bien ajustadas, habilidosamente trabadas. Fue entonces cuando corté el follaje del
olivo de extensas hojas; empecé a podar el tronco desde la raíz, lo pulí bien y
habilidosamente con el bronce y lo igualé con la plomada, convirtiéndolo en pie de la
cama, y luego lo taladré todo con el berbiquí. Comenzando por aquí lo pulimenté, hasta
acabarlo, lo adorné con oro, plata y marfil y tensé dentro unas correas de piel de buey que
brillaban de púrpura.
«Esta es la señal que te manifiesto, aunque no sé si mi lecho está todavía intacto, mujer,
o si ya lo ha puesto algún hombre en otro sitio, cortando la base del olivo.»
Así dijo, y a ella se le aflojaron las rodillas y el corazón al reconocer las señales que le
había manifestado claramente Odiseo. Corrió llorando hacia él y echó sus brazos
alrededor del cuello de Odiseo; besó su cabeza y dijo:
«No te enojes conmigo, Odiseo, que en lo demás eres más sensato que el resto de los
hombres. Los dioses nos han enviado el infortunio, ellos, que envidiaban que gozáramos
de la juventud y llegáramos al umbral de la vejez uno al lado del otro. Por esto no te
irrites ahora conmigo ni te enojes porque al principio, nada más verse, no te acogiera con
amor. Pues continuamente mi corazón se estremecía dentro del pecho por temor a que
alguno de los mortales se acercase a mí y me engañara con sus palabras, pues muchos
conciben proyectos malvados para su provecho. Ni la argiva Helena, del linaje de Zeus,
se hubiera unido a un extranjero en amor y cama, si hubiera sabido que los belicosos
hijos de los aqueos habían de llevarla de nuevo a casa, a su patria. Fue un dios quien la
impulsó a ejecutar una acción vergonzosa, que antes no había puesto en su mente esta
lamentable ceguera por la que, por primera vez, se llegó a nosotros el dolor.
«Pero ahora que me has manifestado claramente las señales de nuestro lecho, que
ningún otro mortal había visto sino sólo tú y yo -y una sola sierva, Actorís, la que me dio
mi padre al venir yo aquí, la que nos vigilaba las puertas del labrado dormitorio-, ya
tienes convencido a mi corazón, por muy inflexible que sea.» Así habló, y a él se le levantó todavía más el deseo de llorar y lloraba abrazado a su
deseada, a su fiel esposa. Como cuando la tierra aparece deseable a los ojos de los que
nadan (a los que Poseidón ha destruido la bien construida nave en el ponto, impulsada por
el viento y el recio oleaje; pocos han conseguido escapar del canoso mar nadando hacia el
litoral y -cuajada su piel de costras de sal- consiguen llegar a tierra bienvenidos, después
de huir de la desgracia), así de bienvenido era el esposo para Penélope, quien no dejaba
de mirarlo y no acababa de soltar del todo sus blancos brazos del cuello.
Y se les hubiera aparecido Eos, de dedos de rosa, mientras se lamentaban, si la diosa de
ojos brillantes, Atenea, no hubiera concebido otro proyecto: contuvo a la noche en el otro
extremo al tiempo que la prolongaba, y a Eos, de trono de oro, la empujó de nuevo hacia


 

 
 

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