cuerpo con el bronce y, cuando los dos siervos se habían puesto hermosas
armaduras, se
colocaron todos junto al prudente y astuto Odiseo.
Mientras tuvo flechas para defenderse, fue hiriendo sin interrupción
a los pretendientes
en su propia casa apuntando bien. Y caían uno tras otro. Pero cuando
se le acabaron las
flechas al soberano, una vez que las hubo disparado, apoyó el arco contra
una columna
del bien construido aposento, junto al muro reluciente, y se cubrió los
hombros con un
escudo de cuatro pieles; en la robusta cabeza se colocó un labrado casco
-el penacho de
crines de caballo ondeaba terrible en lo alto-, y tomó dos poderosas
lanzas guarnecidas
con bronce.
Había en la bien construida pared un postigo y en el umbral extremo de
la sólida
estancia había una salida hacia un corredor y estaba cerrado por batientes
bien ajustados.
Mandó Odiseo que lo custodiara el divino porquero manteniéndose
firme en él, pues era
la única. salida. Entonces Agelao les habló a todos con estas
palabras:
«Amigos, ¿no habrá nadie que ascienda por el postigo, se
lo diga a la gente y se
produzca al punto un tumulto? Sería la última vez que éste
manejara el arco.»
Y le respondió el cabrero Melantio:
«No es posible, Agelao de linaje divino; está muy cerca la hermosa
puerta del patio y es
difícil la salida al corredor; un solo hombre, que sea valiente, nos
contendría a todos.
Pero, vamos, os traeré armas de la despensa, pues creo que allí,
y no en otro sitio, las
colocaron Odiseo y su ilustre Hijo.»
Así diciendo, subió el cabrero Melantio por una tronera del mégaron
a la estancia de
Odiseo, de donde tomó doce escudos, otras tantas lanzas e igual número
de cascos de
bronce con crines de caballo. Fue y se lo entregó rápidamente
a los pretendientes.
Entonces sí que desfallecieron las rodillas y el corazón de Odiseo
cuando vio que se
ponían las arenas y blandían en sus manos las largas lanzas, pues
ahora la empresa le
parecía arriesgada. Y al punto dirigió a Telémaco aladas
palabras:
«Telémaco, alguna de las mujeres del palacio, o Melantio, encienden
contra nosotros
combate funesto.»
Y le respondió Telémaco discretamente:
«Padre, yo tuve la culpa de ello, no hay otro culpable, que dejé
abierta la bien ajustada
puerta de la habitación, y su espía ha sido más hábil.
Pero vete, divino Eumeo, y cierra la
puerta de la despensa; y entérate de si quien hace esto es una mujer
o Melantio, el hijo de
Dolio, como yo creo.»
Mientras así hablaban entre sí, el cabrero Melantio volvió
a la estancia para traer
hermosas armas, pero se dio cuenta el divino porquero y al punto dijo a Odiseo,
que
estaba cerca:
«Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo -rico en ardides, aquel hombre
desconocido
del que sospechábamos ha vuelto al aposento. Dime claramente si lo debo
matar, en caso
de vencerlo, o he de traértelo para que pague las muchas insolencias
que ha cometido en
tu casa.»
Y le respondió el muy astuto Odiseo:
«Yo y Telémaco contendremos en esta sala a los nobles pretendientes,
a pesar de su
mucho ardor. Vosotros ponedle atrás pies y manos y metedlo en la habitación,
cerrad la
puerta y echándole una soga trenzada colgadlo de las vigas en lo alto
de una columna,
para que viva largo tiempo sufriendo fuertes dolores.»
Así habló, y ellos dos le escucharon y obedecieron, y, dirigiéndose
a la estancia, le
pasaron inadvertidos a Melantio, que estaba dentro. Éste buscaba armas
en lo más
recóndito de la habitación y ellos montaron guardia a uno y otro
lado de las jambas.
Cuando atravesaba el umbral el cabrero Melantio, llevando en una mano un hermoso
casco y en la otra un ancho escudo viejo, cubierto de moho, que el héroe
Laertes solía lle-
var en su juventud y ahora se hallaba en el suelo con las correas rotas, se
le echaron
encima y lo arrastraron adentro por los pelos; lo echaron al suelo angustiado
en su
corazón y, poniéndole atrás pies y manos, se las ataron
con doloroso nudo, como había
mandado el hijo de Laertes, el divino y sufridor Odiseo; echaron a las vigas,
en lo alto de
una columna, la soga trenzada y burlándote le dijiste, porquero Eumeo:
«Ahora velarás toda la noche acostado en esta blanda cama que te
mereces, y no te
pasará inadvertida la llegada de la que nace de la mañana, de
