Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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arcón en que
había mucho hierro y bronce, ¡los trofeos de un soberano como él! Cuando llegó a los pretendientes, se detuvo junto a una columna del techo, sólidamente
construido, sosteniendo un grueso velo ante sus mejillas; y a uno y a otro lado de ella
estaba en pie una fiel doncella.
Al punto se dirigió a los pretendientes y dijo:
«Escuchadme, ilustres pretendientes que hacéis uso de esta casa para comer y beber sin
cesar un instante, la de un hombre que lleva ausente largo tiempo. Ningún otro pretexto
podéis poner sino que estáis deseosos de casaros conmigo y tomarme por mujer. Conque,
vamos, pretendientes, esto es lo que se os muestra como certamen: colocaré el gran arco
del divino Odiseo y aquel que lo tense más fácilmente y haga pasar el dardo por las doce
hachas, a éste seguiré inmediatamente abandonando esta casa querida, muy hermosa,
llena de riqueza, de la que un día, creo, me acordaré incluso en sueños.»
Así dijo y ordenó a Eumeo, el divino porquero, que ofreciera a los pretendientes el arco
y el ceniciento hierro. Eumeo lo recibió llorando y lo puso en tierra; y al otro lado lloraba
el boyero cuando vio el arco del soberano. Y Antínoo les increpó, les habló y llamó por
su nombre: «Necios campesinos, que sólo pensáis en las cosas del día; cobardes, ¿por qué
derramáis lágrimas y conmovéis el ánimo de esta mujer? Dolorida está ya por otras
razones, desde que perdió a su esposo. Conque, vamos, sentaos a comer en silencio o
marchaos afuera a llorar y dejad ahí mismo el arco, certamen inofensivo para los
pretendientes. No creo que se tense fácilmente este bien pulido arco, pues no hay entre
todos éstos un hombre como era Odiseo. Le vi -me acuerdo- siendo yo niño pequeño.»
Así dijo, y es que en su interior esperaba tensar el arco y hacer pasar la flecha por el
hierro. Pero en verdad el irreprochable Odiseo, a quien entonces deshonraba en el palacio
incitaba a sus compañeros-, iba a darle a probar, antes que a nadie, el dardo despedido de
sus manos.
Y entre ellos habló la sagrada fuerza de Telémaco:
«No, no me ha hecho muy prudente Zeus, el hijo de Crono; mi madre, prudente como
es, me dice que va a seguir a otro dejando esta casa y yo me río y alegro con ánimo
insensato. Conque apresuraos, pretendientes, que esta competición os la gane una mujer
cual no hay ya en la tierra aquea ni en la sagrada Pilos ni en Argos ni en Micenas ni en la
misma Itaca ni en el oscuro continente. Pero también vosotros lo sabéis, ¿qué necesidad
tengo de alabar a mi madre? Así que, vamos, no lo retraséis con pretextos ni esperéis más
tiempo a tender el arco para que os veamos. También yo probaré este arco y, si logro
tenderlo y traspasar el hierro con la flecha, no dejaría, para dolor mío, esta casa mi
venerable madre por seguir a otro, ni me quedaría yo atrás cuando soy capaz de llevarme
el hermoso trofeo de mi padre.»
Así dijo, y quitándose el manto purpúreo de los hombros, se puso en pie y descolgó de
su hombro la aguda espada. En primer lugar colocó las hachas abriendo para todas un
largo surco, las alineó a cuerda y puso tierra alrededor.
El asombro se apoderó de todos los que veían cuán ordenadamente las había colocado
-nunca antes lo habían visto. Entonces fue a ponerse sobre el umbral y probar el arco.
Tres veces lo movió deseando tenderlo y tres veces desistió de su ímpetu esperando en su
interior tender la cuerda y atravesar el hierro con una flecha. Y quizá lo habría tendido,
tirando con fuerza por cuarta vez, pero Odiseo le hizo señas de que no, aunque mucho lo
deseaba. Y habló de nuevo entre ellos la sagrada fuerza de Telémaco:
«¡Ay, ay, creo que voy a ser en adelante cobarde y débil!, o quizá es que soy demasiado
joven y no puedo confiar en mis brazos para rechazar a un hombre cuando alguien me
ataca primero. Pero, vamos; vosotros que sois superiores a mi en fuerzas, probad el arco y
acabemos el certamen.»
Así diciendo, dejó el arco en él suelo, lejos de sí, lo apoyó contra las bien ajustadas,
bien pulidas puertas y colgó la aguda flecha de una hermosa anilla y volvió a sentarse en
la silla de donde se había levantado. Y entre ellos habló Antínoo, hijo de Eupites:
«Compañeros, levantaos todos, uno tras otro, comenzando por la derecha del lugar
donde se escancia el vino.»


 

 
 

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