Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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su hijo en el
palacio ni temen la venganza de los dioses, pues desean ya repartirse las posesiones del
señor, largo tiempo ausente. Y mi corazón revuelve esto dentro del pecho: es cosa mala
marchar mientras vive su hijo al pueblo de otros, emigrando con estas vacas hacia
hombres de un país extraño, pero todavía lo es más quedarme aquí guardando las vacas
para otros y soportar tristezas. Hace tiempo me habría marchado huyendo junto a otros reyes poderosos, pues esto ya es insoportable, pero aún espero que ese desdichado vuelva
de algún sitio y haga dispersarse a los pretendientes en el palacio.»
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
«Boyero, puesto que no pareces cobarde ni insensato -sé bien que la prudencia te ha
llegado a la mente-, te diré y juraré un gran juramento: ¡sea testigo Zeus antes que los
demás dioses y la hospítalaria mesa y el Hogar de Odiseo al que he llegado!; mientras
estés tú mismo aquí dentro, vendrá a casa Odiseo y con tus ojos podrás ver muertos, si
quieres, a los pretendientes que aquí mandan.»
Y el boyero le dijo:
«Forastero, ¡ojalá el Cronida cumpliera de verdad esta tu palabra! Conocerías entonces
cuál es mi fuerza y qué brazos me acompañan.»
También Eumeo suplicaba a todos los dioses que el prudente Odiseo volviera a casa. Y
esto es lo que se decían uno al otro.
Entre tanto los pretendientes preparaban la muerte contra Telémaco. Se les acercó por
el lado izquierdo un pájaro, el águila que vuela alto, reteniendo a una temblorosa paloma,
y Anfínomo comenzó a hablar entre ellos y dijo:
«Amigos, no nos saldrá bien la decisión de dar muerte a Telémaco, conque pensemos
en la comida.»
Así dijo Anfínomo y a ellos les agradó su palabra. Entraron en el palacio del divino
Odiseo, pusieron sus mantos sobre siIlas y sillones y comenzaron a sacrificar grandes
ovejas y pingües cabras, así como gordos cerdos y una vaca del rebaño. Luego asaron las
entrañas, las repartieron, mezclaron el vino en las cráteras y el porquero distribuía las
copas; Filetio, caudiIlo de hombres, les distribuía el pan en hermosos canastos y Melantio
vertía el vino. Y ellos echaron mano de los alimentos que tenían delante.
Telémaco, pensando astutamente, hizo sentar a Odiseo dentro del bien construido
palacio, junto al umbral de piedra, le puso una pobre silla y una mesa pequeña y le
colocaba parte de las asaduras y le vertía vino en copa de oro. Y le dijo estas palabras:
«Siéntate aquí con los hombres y bebe vino; yo mismo te libraré de las injurias y de las
manos de todos los pretendientes, pues esta casa no es del pueblo, sino de Odiseo, y la
adquirió para mí. En cuanto a vosotros, pretendientes, contened vuestras manos para que
nadie suscite disputa ni altercado.»
Así habló; todos ellos clavaron los dientes en sus labios y admiraban a Telémaco,
porque había hablado audazmente. Y entre ellos habló Antínoo, hijo de Eupites:
«Por más dura que sea, aceptemos, aqueos, la palabra de Telémaco quien mucho nos ha
amenazado. No lo quiso Zeus Cronida, si no ya le habríamos parado los pies en el
palacio, aunque sea sonoro hablador.»
Así dijo Anfínomo, pero Telémaco no hizo caso de sus palabras.
Los heraldos iban conduciendo a través de la ciudad la sagrada hecatombe de los
dioses, mientras los melenudos aqueos se congregaban bajo el sombrío bosque de Apolo,
el que hiere de lejos. Y después que hubieron asado la carne de las partes externas, las
retiraron, repartieron y celebraban un gran banquete. Y los que servían pusieron junto a
Odiseo una porción igual a las que había tocado en suerte a ellos; así lo había ordenado
Telémaco, el hijo del divino Odiseo.
Y Atenea no dejaba que los arrogantes pretendientes contuvieran del todo los escarnios
que laceran el corazón, para que el dolor se hundiera todavía más en el ánimo de Odiseo Laertíada. Había entre los pretendientes un hombre de pensamientos impíos. Ctesipo era
su nombre y en Same habitaba su casa. Éste pretendía a la esposa de Odiseo, largo tiempo
ausente, confiado en sus muchas posesiones. Y decía entonces a los soberbios
pretendientes:
«Escuchadme, ilustres pretendientes, lo que voy a deciros. El forastero tiene una parte
igual, como es razonable, pues no es decoroso ni justo privar del festín a los huéspedes de
Telémaco, cualquiera que llegue a este palacio. Pero también yo


 

 
 

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