Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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las corvas naves. Mi
ilustre nombre es Etón y soy el más joven, que él es mayor y más valiente. Allí fue donde
vi a Odiseo y le di los dones de hospitalidad, pues lo había llevado a Creta la fuerza del
viento cuando se dirigía hacia Troya, después de apartarlo de las Mareas. Había atracado
en Amniso, cerca de donde está la gruta de Ilitia, en un puerto difícil, escapando a duras
penas a las tormentas. Enseguida subió a la ciudad y preguntó por Idomeneo, pues decía
que era su huésped querido y respetado. Era la décima o la undécima aurora desde que
había partido con sus cóncavas naves hacia Ilión. Yo lo llevé a palacio y le procuré digna
hospitalidad; le honré gentilmente con la abundancia de cosas que había en la casa y tanto
a él como a sus compañeros les di harina a expensas del pueblo y rojo vino que reuní, y
bueyes para sacrificar, a fin de que saciaran su apetito.
«Allí permanecieron doce días los divinos aqueos, pues soplaba Bóreas, el viento
impetuoso, y no dejaba estar de pie sobre el suelo -algún funesto demón lo había
levantado-, pero al decimotercero cayó el viento y se dieron a la mar.»
Amañaba muchas mentiras al hablar, semejantes a verdades, y mientras ella le oía le
corrían las lágrimas y se le consumía el cuerpo. Lo mismo que en las altas montañas se
derrite la nieve a la que funde Euro después que Céfiro la hace caer -y cuando está
fundida los ríos aumentan su curso-, así se fundían sus hermosas mejillas vertiendo
lágrimas por su marido, que estaba a su lado.
Odiseo sentía piedad por su mujer cuando sollozaba, pero los ojos se le mantuvieron
firmes como si fueran de cuerno o hierro, inmóviles en los párpados. Y ocultaba sus
lágrimas con engaño. De nuevo le contestó con palabras y dijo:
«Forastero, ahora quiero probar si de verdad albergaste en tu palacio a mi esposo,
como afirmas, junto con sus compañeros, semejantes a los dioses. Dime cómo eran los
vestidos que cubrían su cuerpo y cómo era él mismo, y háblame de sus compañeros, los
que le seguían.»
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
«Mujer, es difícil decirlo después de tan larga separación, pues ya hace veinte años
que marchó de allí y dejó mi patria, pero aun así te lo diré como mi corazón me lo pinta.
El divino Odiseo tenía un manto purpúreo de lana, manto doble que sujetaba un broche
de oro con agujeros dobles y estaba bordado por delante: un perro sujetaba entre las patas
delanteras a un cervatillo moteado y lo miraba fijamente forcejear. Y esto es lo que
asombraba a todos, que, siendo de oro, el uno miraba al cervatillo mientras lo ahogaba y
el otro, deseando escapar, forcejeaba con los pies. También vi alrededor de su cuerpo una
túnica resplandeciente y como binza de cebolla seca; ¡tan suave era y brillante como el
sol! Muchas mujeres la contemplaban con admiración. Pero te voy a decir una cosa que
has de poner en tu interior: no sé si Odiseo rodeaba su cuerpo con ellas ya en casa o se las
dio, al marchar sobre la veloz nave, alguno de sus compañeros o tal vez incluso algún
huésped (ya que Odiseo era amigo para muchos), pues pocos entre los aqueos eran
semejantes a él.
«También yo le di una broncínea espada y un manto doble, hermoso, purpúreo, y una
túnica orlada, y lo despedí respetuosamente sobre su nave de sólidos bancos. Le
acompañaba un heraldo un poco mayor que él, de quien también te voy a decir cómo era
exactamente: caído de hombros, negra la tez, rizado el cabello y de nombre Euribates. Odiseo le honraba por encima de sus otros compañeros porque le concebía pensamientos
ajustados.»
Así dijo, y a ella se le levantó aún más el deseo de llorar al reconocer las señales que
le había dicho Odiseo con exactitud. Y luego que se hubo saciado del gemido de
abundantes lágrimas le respondió con palabras y dijo:
«Forastero, aunque ya antes eras digno de compasión, ahora vas a ser querido y
respetado en mi palacio, pues yo misma le di esas vestiduras que dices -las traje dobladas
de la despensa y les puse un broche resplandeciente para que fuera un adorno para él;
pero ya no lo recibiré nunca de vuelta en casa, pues con funesto destino marchó Odiseo
en cóncava nave para ver la maldita Ilión, que no hay que nombrar.» Y la respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
«Mujer venerada de Odiseo Laertíada, ya no desfigures más


 

 
 

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