Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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lado?, pues no dejas salir a las
esclavas; quienes podrían alumbrarte.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«El forastero, éste, pues no permitiré que esté ocioso el que toca mi vasija, aunque haya
venido de lejos.»
Así dijo, y a ella se le quedaron sin alas las palabras. Así que cerró las puertas de las
habitaciones, agradables para vivir.
Entonces se apresuraron Odiseo y su resplandeciente hijo a llevar adentro los cascos y
los abollados escudos y las agudas lanzas, y por delante Palas Atenea hacía una luz
hermosísima con una lámpara. Y Telémaco dijo de pronto a su padre:
«Padre, es una gran maravilla esto que veo con mis ojos: las paredes del palacio y los
hermosos intercolumnios y las vigas de abeto y las columnas que las soportan arriba se
muestran a mis ojos como si fueran de fuego encendido. Seguro que algún dios de los que
poseen el ancho cielo está dentro.»
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
«Calla y reténlo en tu pensamiento, y no preguntes; ésta es la manera de obrar de los
dioses que poseen el Olimpo. Pero acuéstate, que yo me quedaré aquí para provocar
todavía más a las esclavas y a tu madre; ella me preguntará sobre cada cosa entre
lamentos.»
Así dijo, y Telémaco, iluminado por las brillantes antorchas, se puso en camino a través
del palacio hacia el dormitorio donde solía acostarse cuando le llegaba el dulce sueño. También entonces se acostó allí y aguardaba a Eos divina. En cambio el divino Odiseo se
quedó en el mégaron ideando, con la ayuda de Atenea, la muerte contra los pretendientes.
Entonces salió de su dormitorio la prudente Penélope semejante a Artemis o a la dorada
Afrodita. Le habían colocado junto al hogar el sillón bien labrado con marfil y plata
donde solía sentarse. Lo había fabricado en otro tiempo el artífice Icmalio y, unido a él,
había puesto para los pies un escabel sobre el que se echaba una gran piel. Allí se sentó la
discreta Penélope y llegaron del mégaron las esclavas de blancos brazos; retiraron el
abundance pan y las mesas y copas donde bebían los arrogantes varones, y arrojaron al
suelo el fuego de las parriIlas amontonando sobre él mucha leña para que hubiera luz y
para calentar. Entonces Melanto reprendió a Odiseo por segunda vez:
«Forastero, ¿es que incluso ahora, por la noche, vas a importunar dando vueltas por la
casa y espiar a las mujeres? Vete afuera, desdichado, y contente con la comida, o vas a
salir afuera enseguida, aunque sea alcanzado por un tizón.»
Y mirándola torvamente le dijo el muy astuto Odiseo:
«Desdichada, ¿por qué te diriges contra mí con ánimo irritado? ¿Acaso porque voy
sucio y visto mi cuerpo con ropa miserable y pido limosna por el pueblo? La necesidad
me empuja; así son los mendigos y los vagabundos. También yo en otro tiempo habitaba
feliz mi próspera casa entre los hombres y muchas veces daba a un vagabundo, de
cualquier ralea que fuese, cualquier cosa que precisara al llegar. Y eso que tenía in-
numerables esclavos y muchas otras cosas con las que la gente vive bien y se la llama
rica. Pero Zeus Cronida me las arrebató, pues así lo quiso. Por esto, ¿cuidado, mujer!, no
sea que algún día también tú pierdas toda la hermosura por la que ahora, desde luego,
brillas entre las esclavas: no vaya a ser que tu señora se irrite y enfurezca contigo, o
llegue Odiseo, pues aún hay una parte de esperanza. Y si éste ha perecido y no es posible
que regrese, sin embargo ya tiene, por voluntad de Apolo, un hijo como Telémaco a
quien ninguna de las mujeres del palacio le pasa inadvertida si es insensata, pues ya no es
tan joven.»
Así dijo: le escuchó la prudence Penélope y respondió a la esclava, le habló y la llamó
por su nombre:
«¡Atrevida, perra desvergonzada!, no se me oculta que cometes una mala acción que
pagarás con tu cabeza. Sabías -pues me lo has oído a mí misma- que iba a preguntar al
forastero en mis habitaciones acerca de mi esposo, pues estoy afligida intensamente.»
Así dijo, y luego se dirigió a la despensera Eurínome:
«Eurínome, trae ya una silla y sobre ella una piel para que se siente y diga su palabra el
forastero y escuche la mía. Quiero interrogarle.»
Así dijo; ésta llevó enseguida una pulimentada silla y sobre ella extendió una piel
donde se sentó después el sufridor, el divino Odiseo. Y entre ellos comenzó a hablar la


 

 
 

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