siervas del sufridor Odiseo y acariciándolo besaban su cabeza y hombros.
Salió del dormitorio la prudente Penélope, semejante a Artemis
o a la dorada Afrodita,
y echó llorando sus brazos a su querido hijo, le besó la cabeza
y los dos hermosos ojos y,
entre lamentos, decía aladas palabras:
«Has llegado, Telémaco, como dulce luz. Ya no creía que
volvería a verte desde que
marchaste en la nave a Pilos, a ocultas y contra mi voluntad, en busca de noticias
de tu
padre. Vamos, cuéntame cómo has conseguido verlo.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Madre mía, no despiertes mi llanto ni conmuevas mi corazón
dentro del pecho, ya que
he escapado de una muerte terrible. Conque, báñate, viste tu cuerpo
con ropa limpia, sube
al piso de arriba con tus esclavas y promete a todos los dioses realizar hecatombes
perfectas, por si Zeus quiere llevar a cabo obras de represalia.
«Yo marcharé al ágora para invitar a un forastero que me
ha acompañado cuando
volvía de allí. Lo he enviado por delante con mis divinos compañeros
y he ordenado a
Pireo que lo lleve a su casa y lo agasaje gentilmente y honre hasta que yo llegue.»
Así habló, y a Penélope se le quedaron sin alas las palabras.
Así que se bañó, vistió su
cuerpo con ropa limpia y prometió a todos los dioses realizar hecatombes
perfectas por si
Zeus quería llevar a cabo obras de represalia.
Entonces Telémaco atravesó el mégaron portando su lanza
y le acompañaban dos
veloces lebreles. Atenea derramó sobre él la gracia y todo el
pueblo se admiraba al verlo
marchar. Y los arrogantes pretendientes le rodearon diciéndole buenas
palabras, pero en
su interior meditaban secretas maldades. Telémaco entonces evitó
a la muchedumbre de
éstos y fue a sentarse donde se sentaban Méntor, Antifo y Haliterses,
quienes desde el
principio eran compañeros de su padre. Y éstos le preguntaban
por todo. Se les acercó
Pireo, célebre por su lanza, llevando al forastero a través de
la ciudad hasta la plaza.
Entonces Telémaco ya no estuvo mucho tiempo lejos de su huésped,
sino que se puso a
su lado. Y Pireo le dirigió primero aladas palabras:
«Telémaco, envía pronto unas mujeres a mi casa para que
te devuelva los regalos que te
hizo Menelao.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Pireo, en verdad no sabemos cómo resultará todo esto. Si
los pretendientes me matan
ocultamente en palacio y se reparten todos los bienes de mi padre, prefiero
que tú te
quedes con los regalos y los goces antes que alguno de ellos. Pero si consigo
sembrar
para éstos la muerte y Ker, llévalos alegre a mi casa, que yo
estaré alegre.»
Así diciendo condujo a casa a su asendereado huésped. Cuando llegaron
al palacio
agradable para vivir, dejaron sus mantos sobre sillas y sillones y se bañaron
en bien
pulimentadas bañeras. Después que las esclavas les hubieron bañado,
ungido con aceite y
puesto mantos de lana y túnicas, salieron de las bañeras y fueron
a sentarse en sillas. Y
una esclava derramó sobre fuente de plata el aguamanos que llevaba en
hermosa jarra de
oro para que se lavaran, y a su lado extendió una mesa pulimentada. Y
la venerable ama
de llaves puso comida sobre ella y añadió abundantes piezas, favoreciéndolas
entre los
que estaban presentes. Entonces la madre se sentó frente a él,
junto a una columna del
mégaron, se reclinó en un asiento y revolvía entre sus
manos suaves copos de lana. Y
ellos echaron mano de los alimentos que tenían delante.
Cuando habían arrojado de sí el deseo de comer y beber, comenzó
a hablar entre ellos
la prudente Penélope:
«Telémaco, en verdad voy a subir al piso de arriba y acostarme
en el lecho que tengo
regado de lágrimas desde que Odiseo partió a Ilión con
los Atridas. Y es que no has sido
capaz, antes de que los arrogantes pretendientes llegaran a esta casa, de hablarme
claramente del regreso de tu padre, si es que has oído algo.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Madre, te voy a contar la verdad. Marchamos a Pilos junto a Néstor,
pastor de su
pueblo, quien me recibió en su elevado palacio y me agasajó gentilmente,
como un padre
a su hijo recién llegado de otras tierras después de largo tiempo.
Así de amable me
recibió junto con sus ilustres hijos. Me dijo que no había oído
nunca a ningún humano
hablar sobre Odiseo, vivo o muerto, pero me envió junto al Atrida Menelao,
famoso por
su lanza, con caballos y un carro bien ajustado. Allí vi a la argiva
Helena, por quien
troyanos y argivos sufrieron mucho por voluntad de los dioses. Enseguida me
preguntó
