misma. En verdad eres un dios de los que poseen el vasto Olimpo. Sé benevolente
para
que te entregue en agradecimiento objetos sagrados y dones de oro bien trabajado.
Cuídate de nosotros.»
Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:
«No soy un dios -¿por qué me comparas con los inmortales?--
sino tu padre por quien
sufres dolores sin cuento soportando entre lamentos las acciones violentas de
esos
hombres.»
Así hablando besó a su hijo y dejó que el llanto cayera
a tierra de sus mejillas, pues
antes lo estaba conteniendo, siempre inconmovible.
Y Telémaco -aún no podía creer que era su padre-, le dijo
de nuevo contestándole:
«Tú no eres Odiseo, mi padre, sino un demón que me hechiza
para que me lamente con
más dolores todavía, pues un hombre no sería capaz con
su propia mente de maquinar
esto si un dios en persona no viene y le hate a su gusto y fácilmente
joven o viejo. Que tú
hace poco eras viejo y vestías ropas desastrosas, en cambio ahora pareces
un dios de los
que poseen el vasto cielo.»
Y contestándole dijo Odiseo rico en ardides:
« Telémaco, no está bien que no te admires muy mucho ni
te alegres de que tu padre
esté en casa. Ningún otro Odiseo te vendrá ya aquí,
sino éste que soy yo, tal cual soy,
sufridor de males, muy asendereado, y he llegado a los veinte años a
mi patria. En verdad
esto es obra de Atenea la Rapaz que me convierte en el hombre que ella quiere
-pues
puede-: unas veces semejante a un mendigo y otras a un hombre joven vestido
de
hermosas ropas, que es fácil para los dioses que poseen el vasto cielo
exaltar a un mortal
o arruinarlo.»
Así hablando se sentó, y Telémaco, abrazado a su padre,
sollozaba derramando
lágrimas. A los dos les entró el deseo de llorar y lloraban agudamente,
con más
intensidad que los pájaros -pigargos o águilas de curvadas garras-,
a quienes los
campesinos han arrebatado las crías antes de que puedan volar. Así
derramaban ellos bajo
sus párpados un llanto que daba lástima. Y se hubiera puesto el
sol mientras sollozaban,
si Telémaco no se hubiera dirigido enseguida a su padre:
«Padre mío, ¿en qué nave te han traído a Itaca
los marineros?, ¿quiénes se preciaban de
ser?, pues no creo que hayas llegado aquí a pie.»
Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:
«Desde luego, hijo, te voy a decir la verdad. Me han traído los
feacios, célebres por sus
naves, quienes escoltan también a otros hombres que llegan hasta ellos.
Me han traído
dormido sobre el ponto en rápida nave y me han depositado en Itaca, no
sin entregarme
brillantes regalos -bronce, oro en abundancia y ropa tejida-. Todo está
en una gruta por la
voluntad de los dioses. Así que por fin he llegado aquí por consejo
de Atenea, para que
decidamos sobre la muerte de mis enemigos. Conque, vamos, enumérame a los
pretendientes para que yo vea cuántos y quiénes son, que después
de reflexionar en mi
irreprochable ánimo te diré si podemos enfrentarnos a ellos nosotros
dos sin ayuda, o
buscamos a otros.»
Y Telérnaco le contestó discretamente:
«Padre, siempre he oído la fama que tienes de ser buen luchador con
las manos y
prudente en tus resoluciones, pero has dicho algo extesivamente grande -¡me
atenaza la
admiración!-, pues no sería posible que dos hombres lucharan contra
muchos y
aguerridos.
»Respecto a los pretendientes no son una decena ni sólo dos, sino
muchas más.
Enseguida sabrás su número: de Duliquio son cincuenta y dos jóvenes
selectos -y le
siguen seis escuderos-; de Same proceden veinticuatro hombres, de Zante veinte
hijos de
aqueos y de Itaca misma doce, todos excelentes, con quienes están el heraldo
Medonte, el
divino aedo y dos siervos conocedores de los servicios del banquete. Si nos
enfrentáramos a todos ellos mientras están dentro, temo que no podrías
castigar -aunque
hayas vuelto- sus violencias en forma amarga y terrible.
»Pero si puedes pensar en alguien que nos defienda, dímelo, alguien
que con ánimo
amigo nos sirva de ayuda.»
Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:
«Te to diré; ponlo en tu pecho y escúchame. Piensa si Atenea
-en unión del padre Zeus-
nos pueden defender o tengo que pensar en otro aliado.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Excelentes en verdad son los dos aliados de que me hablas, pues se apuestan
arriba,
