«Conque un día llegaron allí unos fenicios, célebres
por sus naves, unos lañas, llevando
en su negra nave muchas maravillas. Mi padre tenía en palacio una mujer
fenicia,
hermosa y grande, conocedora de labores brillantes. Entonces los muy taimados
fenicios
la sedujeron. Cuando estaba lavando, un fenicio se unió con ella en amor
y lecho junto a
la cóncava nave, cosa que trastorna la mente de las hembras, incluso
de la que es
laboriosa. Luego le preguntó quién era y de dónde procedía,
y ella le habló enseguida del
palacio de elevado techo de su padre: "Me precio de ser de Sidón,
abundante en bronce, y
soy hija del poderoso y rico Arybante, pero me raptaron unos piratas de Tafos
cuando
volvía del campo y me trajeron a casa de este hombre para venderme, y
él pagó un precio
digno de mí."
«Y le contestó el hombre que se había unido a hurtadillas
con ella: "Bien podrías volver
con nosotros a casa para que puedas ver el palacio de elevado techo de tu padre
y madre y
a ellos mismos, que todavía viven y se los llama ricos." Y la mujer
se dirigió a él y le
contestó con su palabra: "Bien podría ser así, marineros,
pero sólo si me queréis asegurar
con juramento que me llevaréis intacta a casa." Así dijo
y todos juraron como ella les
pidió.
«Conque cuando habían concluido su juramento, de nuevo les dijo
y contestó con su
palabra: "Chitón ahora, que ninguno de vuestros compañeros
me dirija la palabra si me
encuentra en la calle o junto a la fuente, no sea que alguien vaya a casa y
se lo cuente al
viejo y éste lo barrunte y me sujete con dolorosas ligaduras y a vosotros
os prepare la
muerte. Así que retened mis palabras en vuestra mente y apresurad la
compra de lo
necesario para el viaje. Y cuando la nave se encuentre llena de alimentos, que
alguien
venga al palacio con rapidez para comunicármelo. Os traeré oro,
cuanto halle a mano, y
estoy dispuesta a daros otras cosas como pasaje: en efecto, yo cuido en palacio
del hijo de
este hombre, un crío ya muy despierto, pues corretea conmigo hasta la
puerta. Podría
llevármelo a la nave y os produciría un buen precio si vais a
venderlo a cualquier parte en
el extranjero." Así diciendo, marchó al hermoso palacio.
«Los fenicios permanecieron todo el año con nosotros y llenaron
su negra nave con
bienes mercados. Y cuando su cóncava nave ya estaba cargada para volver,
enviaron un
mensajero a la mujer para que les diera el recado. Llegó al palacio de
mi padre un hombre
muy astuto con un collar de oro engastado con electro. Las esclavas del palacio
y mi
venerable madre lo palpaban con sus manos y lo contemplaban con sus ojos, prometiendo
un buen precio. Y él hizo una seña a la mujer sin decir palabra
y luego marchó a la
cóncava nave. Ella me tomó de la mano y me sacó fuera.
Encontró en el pórtico copas y
mesas de unos convidados que frecuentaban la casa de mi padre. Habíanse
marchado
éstos a la asamblea y al lugar de reunión del pueblo, así
que escondió tres copas en su
regazo y se las llevó y yo en mi inocencia la seguía. Se puso
el sol y todos los caminos se
llenaron de sombra, cuando, marchando a buen paso, llegamos al ilustre puerto
donde
estaba la veloz nave de los fenicios.
«Embarcaron haciéndonos subir a los dos y navegaban los húmedos
caminos. Y Zeus
envió viento favorable.
«Durante seis días navegamos sin parar, día y noche, y cuando
el Cronida Zeus nos
trajo el séptimo día, Artemis Flechadora alcanzó a la mujer
y ésta se desplomó con ruido
sobre la sentina como una gaviota del mar. Así que la arrojaron por la
borda para que
fuera pasto de focas y peces y yo quedé solo acongojado en mi corazón.
«El viento que los llevaba y el agua los impulsaron a Itaca, donde Laertes
me compró
con su dinero. Así es como llegué a ver con mis ojos esta tierra.»
Y Odiseo, de linaje divino, le contestó con su palabra:
«Eumeo, mucho en verdad has conmovido mi corazón dentro del pecho
al contar
detalladamente cuánto has sufrido, pero también Zeus te ha puesto
un bien al lado de un
mal, ya que llegaste -sufriendo mucho- al palacio de un hombre bueno que te
proporciona
gentilmente comida y bebida, y llevas una existencia agradable.
«En cambio, yo he llegado aquí después de recorrer sin rumbo
muchas ciudades de
mortales.»
Esto es lo que se contaban mutuamente y se echaron a dormir, pero no mucho tiempo,
un poquito sólo, porque enseguida se presentó Eos, de trono de
oro.
