Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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sufridor, una vez que la divinidad lo ha traído junto a mí. Si lo respeto y agasajo no es por
eso, sino por veneración a Zeus Hospitalario y por compasión hacia ti.»
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
De verdad que tienes un ánimo desconfiado cuando no consigo persuadirte y no logro
convencerte ni siquiera con juramento. «Pero, vamos, hagamos un pacto y que sean testigos los dioses que poseen el Olimpo:
si vuelve tu soberano a esta casa, vísteme con manto y túnica y envíame a Duliquio,
donde place a mi ánimo; pero si no vuelve tu soberano, como afirmo, ordena a las
esclavas que me despeñen desde una gran roca para que todo mendigo se guarde de
mentir.»
Y le contestó y dijo el divino porquero:
«Forastero, ¡había yo de tener a los ojos de los hombres buena fama y virtud ahora y
para siempre, si después de introducirte en mi cabaña y darte dones de hospitalidad te
matara y arrebatara la vida! ¡Con buenos sentimientos iba yo después a dirigir mis
plegarias a Zeus Cronida!
«Pero ya es hora de cenar; pronto tendré dentro a mis compañeros para preparar en la
cabaña sabrosa comida.»
Esto se decían uno a otro, cuando se acercaron cerdos y porqueros. Los encerraron para
que se acostaran por grupos y se levantó un inenarrable estruendo de cerdas
acomodándose en las pocilgas.
Después, el divino porquero daba estas órdenes a sus compañeros:
«Traed el mejor cerdo para que se lo sacrifique al forastero de lejanas tierras, que
también nosotros tendremos parte, los que ya llevamos tiempo soportando miserias por
culpa de los cerdos de blancos dientes, pues otros se comen nuestro esfuerzo sin
pagarlo.»
Así diciendo, partió leña con su implacable bronce y ellos metieron un cerdo bien gordo
de cinco años, poniéndole junto al hogar. Y el porquero no se olvidó de los inmortales,
pues estaba dotado de noble corazón. Así que arrojó al fuego, como primicias, unos pelos
de la cabeza del cerdo de blancos dientes y oró a todos los dioses para que volviera el
prudence Odiseo a casa.
Luego levantó el cerdo y lo golpeó con una rama de encina que había dejado al hacer
leña. Y el alma abandonó a éste. Así que lo degollaron, chamuscaron y trocearon, y el
porquero envolvió los trozos en gorda grasa, miembro por miembro, y arrojó algunos al
fuego rebozándolos en harina de cebada; después los partieron y atravesaron con pinchos,
los asaron con cuidado y sacaron y pusieron sobre la mesa de trinchar. Levantóse el
porquero para distribuirlos -pues su corazón conocía la equidad- y dividió todo en siete
partes: una la ofreció, al tiempo que oraba, a las Ninfas y a Hermes, el hijo de Maya, y las
demás las distribuyó a cada uno. Odiseo recibió contento con el alargado lomo del cerdo
de blancos dientes, pues éste fortaleció el ánimo del soberano, y dirigiéndose a Eumeo
dijo el prudence Odiseo:
«¡Ojalá, Eumeo, seas tan querido al padre Zeus como lo eres de mí, pues, siendo como
soy, me has distinguido con tus bienes.»
Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:
«Come, desdichado forastero, y alégrate con todo lo que tienes a tu alcance, que dios te
dará unas cosas y otras las dejará pasar, según le cumpla a su ánimo, pues lo puede todo.»
Así diciendo, ofreció las primicias a los dioses que han nacido para siempre y, luego de
libar, puso rojo vino en manos de Odiseo, el destructor de ciudades, que se hallaba
sentado junto a su porción.
También les repartió pan Mesaulio, a quien había adquirido el porquero mismo, una vez
que se hubo ausentado su soberano y se quedó sólo, lejos de su dueña y del anciano
Laertes. Se lo había comprado a los tafios con su propio dinero. Y ellos echaron mano de los alimentos que tenían delante y, cuando hubieron arrojado
de sí el deseo de comer y beber, les retiró Mesaulio el pan y se dispusieron a ir al lecho,
saciados de pan y carne.
Y llegó una noche desapacible, noche sin luna, que Zeus estuvo lloviendo toda ella,
pues soplaba un fuerte Céfiro que siempre trae lluvia. Entonces se dirigió Odiseo a ellos
para poner a prueba al porquero, por ver si se quitaba el manto y se lo entregaba o
incitaba a uno de sus compañeros, ya que tanto se preocupaba de él:
«Escuchadme ahora, Eumeo y todos vosotros, compañeros; os voy a


 

 
 

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