y también me tocaba mucho en
suerte. Así que rápidamente prosperó mi casa y me convertí
en un hombre temido y
respetado en Creta.
«Pero cuando Zeus, que ve a lo ancho, dispuso la luctuosa expedición
que iba a aflojar
las rodillas de muchos hombres, nos dieron órdenes a mí y al ilustre
Idomeneo de
capitanear las naves que marchaban a Ilión. No había medio de
negarse, nos lo impedían
las duras habladurías del pueblo. Allí combatimos nueve años
los hijos de los aqueos,
pero al décimo destruimos la ciudad de Príamo y volvimos a casa
en las naves; y un dios
dispersó a los aqueos. Entonces fue cuando el providence Zeus meditó
desgracias contra
mí, miserable. Había permanecido sólo un mes complaciéndome
con mis hijos y legítima
esposa, cuando mi ánimo me impulsó a hacer una expedición
a Egipto después de equipar
bien mis naves en compañía de mis divinos compañeros.
«Equipé nueve naves y enseguida se congregó la dotación.
Durante seis días comieron
en mi casa mis leales compañeros; les ofrecí numerosas víctimas
para que las sacrificaran
en honor de los dioses y prepararan comida para sí. Conque el séptimo
día zarpamos
tranquilamente de la extensa Creta impulsados por un Bóreas fresco, agradable,
como si
navegáramos por una corriente. Ninguna nave se me dañó,
nosotros estábamos sanos y
salvos, y a las naves las dirigían el viento y los pilotos.
«A los cinco días llegamos al Egipto de buena corriente y atraqué
mis bien equilibradas
naves en este río. Entonces ordené a mis leales compañeros
que se quedaran junto a ellas
para vigilarlas y envié espías a lugares de observación
con orden de que regresaran, pero
éstos, cediendo a su ambición y dejándose arrastrar por
sus impulsos, saquearon los
hermosos campos de los egipcios, se llevaron a las mujeres y niños y
mataron a los
hombres. Pronto llegó el griterío a la ciudad, así que
al escucharlo se presentaron al
despuntar la aurora. Llenóse la llanura toda de gentes de pie y a caballo
y del estruendo
del bronce. Zeus, el que goza con el rayo, indujo a mis compañeros a
huir cobardemente
y ninguno se atrevió a dar el pecho. Por todas partes nos rodeaba la
destrucción; allí
mataron con agudo bronce a muchos de mis compañeros y a otros se los
llevaron vivos
para forzarlos a trabajar sus campos.
«Entonces Zeus puso en mi mente el siguiente plan (¡ojalá
hubiera muerto saliendo al
encuentro de mi destino allí en Egipto, pues todavía me tenía
que tender sus brazos la
desgracia!): al punto quité de mi cabeza el bien trabajado yelmo y de
mis hombros el
escudo y arrojé de mi brazo la lanza. Lleguéme frente al carro
del rey y besé sus rodillas.
Él me protegió y se compadeció de mí y, sentándome
en su carro, me condujo a su
palacio con lágrimas en mis ojos. Cierto que muchos trataron de acosarme
con sus lamas
deseando matarme -pues estaban muy enfurecidos-, pero el rey me protegió
por temor a
la cólera de Zeus Hospitalario, el que se irrita sobremanera por las
obras malvadas.
«Allí mé quedé siete años y conseguí
reunir mucha riqueza entre los egipcios pues
todos me regalaban. Pero cuando se acercó el octavo año cumpliendo
su ciclo llegó un
hombre fenicio conocedor de mentiras, un laña que ya había causado
perjuicios a muchos
hombres. Éste me convenció para marchar a Fenicia, donde tenía
su casa y posesiones.
Allí permanecí durante un año completo junto a él,
pero cuando pasaron meses y días en
el ciclo del año y pasaron las estaciones me envió a Libia en
una nave surcadora del
ponto, tramando falacias para que llevara con él una mercancía,
pero en realidad con in-
tención de venderme y cobrar inmensa fortuna. Le seguía en la
nave a la fuerza pues ya
barruntaba yo algo. Ésta corría impulsada por un Bóreas
fresco, agradable, a la altura del
centro de Creta. Y Zeus nos preparaba la perdición.
«Cuando por fin dejamos atrás Creta y no se veía tierra
alguna, sino sólo cielo y mar, el
Cronida puso una oscura nube sobre la cóncava nave y bajo ella se oscureció
el ponto. Y
Zeus comenzó a tronar al tiempo que lanzaba un rayo contra la nave. Y
esta se revolvió
toda sacudida por el rayo de Zeus y se Ilenó de azufre. Todos cayeron
fuera de la nave y,
semejantes a las cornejas marinas eran arrastrados por las olas en torno a la
nave. Dios les
había arrebatado el regreso. En cuanto a mí..., afligido como
estaba, el mismo Zeus puso
