Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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y de mi hijo, a quien
dejé; dime si mi autoridad real sigue en su poder o la posee otro hombre, pensando que ya
no volveré más. Dime también la resolución y las intenciones de mi esposa legítima, si
todavía permanece junto al niño y conserva todo a salvo o si ya la ha desposado el mejor
de los aqueos."
«Así dije, y al pronto me respondió mi venerable madre:
«"Ella permanece todavía en tu palacio con ánimo afligido, pues las noches se le
consumen entre dolores y los días entre lágrimas. Nadie tiene todavía tu hermosa
autoridad, sino que Telémaco cultiva tranquilamente tus campos y asiste a banquetes
equitativos de los que está bien que se ocupe un administrador de justicia, pues todos le
invitan.
«"Tu padre permanece en el campo, y nunca va a la ciudad, y no tiene sábanas en la
cama ni cobertores ni colchas espléndidas, sino que en invierno duerme como los siervos
en el suelo, cerca del hogar -y visten su cuerpo ropas de mala calidad-, mas cuando llega
el verano y el otoño... tiene por todas partes humildes lechos formados por hojas caídas,
en la parte alta de su huerto fecundo en vides. Ahí yace doliéndose, y crece en su interior
una gran aflicción añorando tu regreso, pues ya ha llegado a la molesta vejez.
«"En cuanto a mí, así he muerto y cumplido mi destino: no me mató Artemis, la certera
cazadora, en mi palacio, acercándose con sus suaves dardos, ni me invadió enfermedad
alguna de las que suelen consumir el ánimo con la odiosa podredumbre de los miembros, sino que mi nostalgia y mi preocupación por ti, brillante Odiseo, y tu bondad me privaron
de mi dulce vida."
«Así dijo, y yo, cavilando en mi mente, quería abrazar el alma de mi difunta madre.
Tres veces me acerqué -mi ánimo me impulsaba a abrazarla-, y tres veces voló de mis
brazos semejante a una sombra o a un sueño.
«En mi corazón nacía un dolor cada vez más agudo, y, hablándole, le dirigí aladas
palabras:
«"Madre mía, ¿por qué no te quedas cuando deseo tomarte para que, rodeándonos con
nuestros brazos, ambos gocemos del frío llanto, aunque sea en Hades? ¿Acaso la ínclita
Perséfone me ha enviado este simulacro para que me lamente y llore más todavía?"
«Así dije, y al pronto me contestó mi soberana madre:
«"¡Ay de mí, hijo mío, el más infeliz de todos los hombres! De ningún modo te engaña
Perséfone, la hija de Zeus, sino que ésta es la condición de los mortales cuando uno
muere: los nervios ya no sujetan la carne ni los huesos, que la fuerza poderosa del fuego
ardiente los consume tan pronto como el ánimo ha abandonado los blancos huesos, y el
alma anda revoloteando como un sueño. Conque dirígete rápidamente a la luz del día y
sabe todo esto para que se lo digas a tu esposa después."
«Así nos contestábamos con palabras. Y se acercaron -pues las impulsaba la ínclita
Perséfone- cuantas mujeres eran esposas e hijas de nobles. Se congregaban
amontonándose alrededor de la negra sangre y yo cavilaba de qué modo preguntaría a
cada una. Y ésta me pareció la mejor determinación: saqué la aguda espada de junto a mi
vigoroso muslo y no permitía que bebieran la negra sangre todas a la vez. Así que se iban
acercando una tras otra y cada una de ellas contaba su estirpe.
«A la primera que vi fue a Tiro, nacida de noble padre, la cual dijo ser hija del eximio
Salmoneo y esposa de Creteo el Eólida, la que deseó al divino Enipeo que se desliza
sobre la tierra como el más hermoso de los ríos.
Andaba ella paseando junto a la hermosa corriente de Enipeo, cuando el que conduce su
carro por la tierra tomó la figura de éste y se acostó junto a ella en los orígenes del
voraginoso río. Y los cubrió una ola de púrpura semejante a un monte, encorvada, y
escondió al dios y a la mujer mortal. Desató el dios su virginal ceñidor y le infundió
sueño y, después que hubo llevado a cabo las obras de amor, la tomó de la mano, le dijo
su palabra y la llamó por su nombre: "Alégrate, mujer, por este amor, pues cuando pase
un año parirás hermosos hijos, que no son estériles los concúbitos de los inmortales. Por
tu parte, cuídate de ellos y nútrelos. Ahora, marcha a casa, contente y no me nombres. Yó
soy Poseidón, el que sacude la tierra." Así habló y se sumergió en el ponto lleno de olas.
Y ella, grávida, acabó pariendo a Pelias y Neleo, los cuales fueron poderosos servidores


 

 
 

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