de nuevo se vuelve a la tierra desde el cielo, sino que la noche se extiende
sombría sobre
estos desgraciados mortales. Llegados allí, arrastramos nuestra nave,
sacamos los
ganados y nos pusimos en camino cerca de la corriente de Océano, hasta
que llegamos al
lugar que nos había indicado Circe. Allí Perimedes y Euríloco
sostuvieron las víctimas y
yo saqué la aguda espada de junto a mi muslo e hice una fosa como de
un codo por uno y
otro lado. Y alrededor de ella derramaba las libaciones para todos los difuntos,
primero
con leche y miel, después con delicioso vino y, en tercer lugar, con
agua. Y esparcí por
encima blanca harina.
«Y hacía abundantes súplicas a las inertes cabezas de los
muertos, jurando que, al
volver a Itaca, sacrificaría en mi palacio una vaca que no hubiera parido,
la que fuera la
mejor, y que llenaría una pira de obsequios y que, aparte de esto, sacrificaría
a sólo
Tiresias una oveja negra por completo, la que sobresaliera entre nuestros rebaños.
«Luego que hube suplicado al linaje de los difuntos con promesas y súplicas,
yugulé los
ganados que había llevado junto a la fosa y fluía su negra sangre.
Entonces se empezaron
a congregar desde el Erebo las almas de los difuntos, esposas y solteras; y
los ancianos
que tienen mucho que soportar; y tiernas doncellas con el ánimo afectado
por un dolor
reciente; y muchos alcanzados por lanzas de bronce, hombres muertos en la guerra
con
las armas ensangrentadas. Andaban en grupos aquí y allá, a uno
y otro lado de la fosa,
con un clamor sobrenatural, y a mí me atenazó el pálido
terror.
«A continuación di órdenes a mis compañeros, apremiándolos
a que desollaran y asaran
las víctimas que yacían en el suelo atravesadas por el cruel bronce,
y que hicieran
súplicas a los dioses, al tremendo Hades y a la terrible Perséfone.
Entonces saqué la
aguda espada de junto a mi muslo, me senté y no dejaba que las inertes
cabezas de los
muertos se acercaran a la sangre antes de que hubiera preguntado a Tiresias.
«La primera en llegar fue el alma de mi compañero Elpenor. Todavía
no estaba
sepultado bajo la tierra, la de anchos caminos, pues habíamos abandonado
su cadáver, no
llorado y no sepulto, en casa de Circe, que nos urgía otro trabajo. Contemplándolo
entonces, lo lloré y compadecí en mi ánimo, y, hablándole,
decía aladas palabras:
« Elpenor, ¿cómo has bajado a la nebulosa oscuridad?
¿Has llegado antes a pie que yo
en mi negra nave?"
«Así le dije, y él, gimiendo, me respondió con su
palabra:
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, me enloqueció
el Destino
funesto de la divinidad y el vino abundante. Acostado en el palacio de Circe,
no pensé en
descender por la larga escalera, sino que caí justo desde el techo y
mi cuello se quebró
por la nuca. Y mi alma descendió a Hades.
«Ahora te suplico por aquellos a quienes dejaste detrás de ti,
por quienes no están
presentes; te suplico por tu esposa y por tu padre, el que te nutrió
de pequeño, y por
Telémaco, el hijo único a quien dejaste en tu palacio: sé
que cuando marches de aquí, del
palacio de Hades, fondearás tu bien fabricada nave en la isla de Eea.
Te pido, soberano,
que te acuerdes de mí allí, que no te alejes dejándome
sin llorar ni sepultar, no sea que me
convierta para ti en una maldición de los dioses. Antes bien, entiérrame
con mis armas,
todas cuantas tenga, y acumula para mí un túmulo sobre la ribera
del canoso mar -¡des-
graciado de mí!- para que te sepan también los venideros. Cúmpleme
esto y clava en mi
tumba el remo con el que yo remaba cuando estaba vivo, cuando estaba entre
mis compa-
ñeros."
«Así habló, y yo, respondiéndole, dije:
« Esto lo cumpliré, desdichado, y realizaré."
«Así permanecíamos sentados, contestándonos con palabras
tristes; yo sostenía mi
espada sobre la sangre y, enfrente, hablaba largamente el simulacro de mi compañero.
«También llegó el alma de mi difunta madre, la hija del
magnánimo Autólico, Anticlea,
a quien había dejado viva cuando marché a la sagrada Ilión.
Mirándola la compadecí en
mi ánimo, pero ni aun así la permití, aunque mucho me dolía,
acercarse a la sangre antes
de interrogar a Tiresias.
«Y llegó el alma del Tebano Tiresias -en la mano su cetro de oro-,
y me reconoció, y
dijo:
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, ¿por
qué has venido,
