Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

    LIBROS GRATIS

    Libros Gratis
    Libros para Leer Online
    Recetas de Cocina
    Letras de Tangos
    Guia Medica
    Filosofia
    Derecho Privado



jurado y terminado su promesa, subí a la hermosa cama de Circe.
«Entre tanto, cuatro siervas faenaban en el palacio, las que tiene como asistentas en su
morada. Son de las que han nacido de fuentes, de bosques y de los sagrados ríos que
fluyen al mar. Una colocaba sobre los sillones cobertores hermosos y alfombras debajo;
otra extendía mesas de plata ante los sillones, y sobre ellas colocaba canastillas de oro; la
tercera mezclaba delicioso vino en una crátera de plata y distribuía copas de oro, y la
cuarta traía agua y encendía abundante fuego bajo un gran trípode y así se calentaba el
agua. Cuando el agua comenzó a hervir en el brillante bronce, me sentó en la bañera y me
lavaba con el agua del gran trípode, vertiendola agradable sobre mi cabeza y hombros, a
fin de quitar de mis miembros el cansancio que come el vigor. Cuando me hubo lavado,
ungido con aceite y vestido hermosa túnica y manto, me condujo e hizo sentar sobre un
sillón de clavos de plata, hermoso, bien trabajado y bajo mis pies había un escabel. Una
sierva derramó sobre fuente de plata el aguamanos que llevaba en hermosa jarra de oro,
para que me lavara, y al lado extendió una mesa pulimentada. La venerable ama de llaves
puso comida sobre ella y añadió abundantes piezas escogidas, favoreciéndome entre los
presentes. Y me invitaba a que comiera, pero esto no placía a mi ánimo y estaba sentado
con el pensamiento en otra parte, pues mi ánimo presentía la desgracia. Cuando Circe me
vio sentado sin echar mano a la comida y con fuerte pesar, colocóse a mi lado y me
dirigió aladas palabras:
«"¿Por qué, Odiseo, permaneces sentado como un mudo consumiendo tu ánimo y no
tocas siquiera la comida y la bebida? Seguro que andas barruntando alguna otra
desgracia, pero no tienes nada que temer, pues ya te he jurado un poderoso juramento."
«Así habló, y entonces le contesté diciendo:
«"Circe, ¿qué hombre como es debido probaría comida o bebida antes de que sus
compañeros quedaran libres y él los viera con sus ojos? Conque, si me invitas con buena
voluntad a beber y comer, suelta a mis fieles compañeros para que pueda verlos con mis
ojos."
«Así dije; Circe atravesó el mégaron con su varita en las manos, abrió las puertas de las
pocilgas y sacó de allí a los que parecían cerdos de nueve años. Después se colocaron
enfrente, y Circe, pasando entre ellos, untaba a cada uno con otro brebaje. Se les cayó la
pelambre que había producido el maléfico brebaje que les diera la soberana Circe y se
convirtieron de nuevo en hombres aún más jóvenes que antes y más bellos y robustos de aspecto. Y me reconocieron y cada uno me tomaba de la mano. A todos les entró un
llanto conmovedor -toda la casa resonaba que daba pena-, y hasta la misma diosa se
compadeció de ellos. Así que se vino a mi lado y me dijo la divina entre las diosas:
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, marcha ya a tu rápida nave
junto a la ribera del mar. Antes que nada, arrastrad la nave hacia tierra, llevad vuestras
posesiones y armas todas a una gruta y vuelve aquí después con tus fieles compañeros."
«Así dijo, mi valeroso ánimo se dejó persuadir y me puse en camino hacia la rápida
nave junto a la ribera del mar. Conque encontré junto a la rápida nave a mis fieles
compañeros que lloraban lamentablemente derramando abundante llanto. Como las
terneras que viven en el campo salen todas al encuentro y retozan en torno a las vacas del
rebaño que vuelven al establo después de hartarse de pastar (pues ni los cercados pueden
ya retenerlas y, mugiendo sin cesar corretean en torno a sus madres), así me rodearon
aquéllos, llorando cuando me vieron con sus ojos. Su ánimo se imaginaba que era como
si hubieran vuelto a su patria y a la misma ciudad de Itaca, donde se habían criado y
nacido. Y, lamentándose, me decían aladas palabras:
«"Con tu vuelta, hijo de los dioses, nos hemos alegrado lo mismo que si hubiéramos
llegado a nuestra patria Itaca. Vamos, cuéntanos la pérdida de los demás compañeros."
«Así dijeron, y yo les hablé con suaves palabras:
«"Antes que nada, empujaremos la rápida nave a tierra y llevaremos hasta una gruta
nuestras posesiones y armas todas. Luego, apresuraos a seguirme todos, para que veáis a
vuestros compañeros comer y beber en casa de Circe, pues tienen comida sin cuento."
«Así dije, y enseguida obedecieron mis ordenes. Sólo Euríloco trataba de retenerme a


 

 
 

Copyright (C) 1996- 2000 Escolar.com, All Rights Reserved. This web site or any pages within may not be reporoduced without express written permission