-Os mataré probablemente a la cuarta -le dijo tendiéndole la mano
para levantarlo.
-Mejor sería, para vos y para mí, que nos quedásemos por
aquí -respondió el herido-. ¡Diantre!
Soy más amigo vuestro que lo que pensáis, porque desde el primer
encuentro habría podido,
diciendo una palabra al cardenal, haceros cortar la cabeza.
Aquella vez se abrazaron, pero de buen corazón y sin segundas intenciones.
Planchet obtuvo de Rochefort el grado de sargento en los guardias. El señor
Bonacieux vivía
muy tranquilo, ignorando completamente lo que había sido de su mujer
y no inquietándose
apenas. Un día tuvo la imprudencia de acordarse del cardenal; el cardenal
le hizo responder que
iba a encargarse de que no le faltara nada en adelante.
En efecto, al día siguiente, habiendo salido el señor Bonacieux
a las siete de la noche de su
casa para dirigirse al Louvre, no volvió a aparecer más en la
calle des Fossoyeurs; la opinión de
quienes parecían mejor informados fue que era alimentado y alojado en
algún castillo real a
expensas de su generosa Eminencia.
FIN