Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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otra gritos de entusiasmo.
Una segunda descarga hizo realmente de la servilleta una bandera. Se oyeron los clamores de
todo el campamento que gritaba:
-¡Bajad, bajad!
Athos bajó; sus camaradas, que lo esperaban con ansiedad, lo vieron aparecer con alegría.
-Vamos, Athos, vamos -dijo D'Artagnan-, larguémonos; ahora que hemos encontrado todo,
menos el dinero, sería estúpido ser muertos.
Pero Athos continuó caminando majestuosamente por más obser vaciones que le hicieran sus
compañeros, los cuales, viendo que era inútil, regularon sus pasos por el suyo.
Grimaud y su cesta habían tomado la delantera y se hallaban los dos fuera de alcance.
Al cabo de un instante se oyó el ruido de una descarga de fusilería colérica.
-¿Qué es eso? -preguntó Porthos-. ¿Y sobre quién disparan? No oigo silbar las balas y no veo a
nadie.
-Disparan sobre nuestros muertos -respondió Athos.
-Pero nuestros muertos no responderán.
-Precisamente: entonces creerán en una emboscada, deliberarán; enviarán un parlamentario, y
cuando se den cuenta de la burla, estaremos fuera del alcance de las balas. He ahí por qué es
inútil coger una pleuresía dándonos prisa.
-¡Oh, comprendo! -exclamó Porthos maravillado.
-¡Es una suerte! -dijo Athos encogiéndose de hombros.
Por su parte, los franceses, al ver volver a los cuatro amigos, lanzaban gritos de entusiasmo. Finalmente una nueva descarga de mosquetes se dejó oír, y esta vez las balas vinieron a
estrellarse sobre los guijarros alrededor de los cuatro amigos y a silbar lúgubremente en sus
orejas. Los rochelleses acababan por fin de apoderarse del bastión.
-¡Vaya gentes tan torpes! -dijo Athos-. ¿Cuántos hemos mata do? ¿Doce?
-O quince.
-¿Cuántos hemos aplastado?
-Ocho o diez.
-¿Y a cambio de todo esto ni un arañazo? ¡Ah, sí! ¿Qué tenéis en la mano, D Artagnan?
Sangre, me parece.
-No es nada -dijo D'Artagnan.
-¿Una bala perdida?
-Ni siquiera.
-¿Qué, entonces?
Ya lo hemos dicho, Athos amaba a D'Artagnan como a su hijo, y aquel carácter sombrío a
inflexible tenía a veces por el joven solicitudes de padre.
-Un rasguño -repuso D'Artagnan-; me he pillado los dedos en tre dos piedras, la del muro y la
de mi anillo; y la piel se ha abierto.
-Eso pasa por tener diamantes, amigo mío -dijo desdeñosamente Athos.
-¡Ah, claro! -exclamó Porthos-. En efecto, hay un diamante. ¿Y por qué diablos, puesto que hay
un diamante, nos quejamos de no tener dinero?
-¡Claro, es cierto! -dijo Aramis.
-Enhorabuena Porthos; esta vez es una idea.
-Sin duda -dijo Porthos engallándose ante el cumplido de Athos-, puesto que hay un diamante,
vendámoslo.
-Pero es el diamante de la reina -dijo D'Artagnan.
-Razón de más -repuso Athos-, la reina salvando al señor de Buckingham su amante, nada más
justo; la reina salvándonos a noso tros, que somos sus amigos, nada más moral. Vendamos el
diamante. ¿Qué piensa el señor abate? No pido la opinión de Porthos, ya la ha dado.
-Pues yo pienso -dijo Aramis ruborizándose- que, al no venir su anillo de una amante, y por
consiguiente al no ser una prenda de amor, D'Artagnan puede venderlo.
-Querido, habláis como la teología en persona. ¿O sea que vuestra opinión es...?
-Vender el diamante -respondió Aramis.
-Pues bien -dijo alegremente D'Artagnan-, vendamos él diamante y no hablemos más.
La descarga de fusilería continuaba, pero los amigos estaban fuera del alcance, y los
rochelleses no disparaban más que por descargo de conciencia.
-A fe -dijo Athos-, a tiempo le ha venido esa idea a Porthos: ya estamos en el campamento.
Señores, ni una palabra sobre este asun to. Nos observan, vienen a nuestro encuentro, vamos a
ser llevados en triunfo.
En efecto, como hemos dicho, todo el campamento estaba emocionado; más de dos mil
personas habían asistido, como a un espec táculo a la feliz fanfarronada de los cuatro amigos
fanfarronada cuyo verdadero motivo estaban muy lejos de sospechar. No se oían más que los
gritos de ¡Vivan los guardias! ¡Vivan los mosqueteros! El señor de Busigny había venido el
primero a estrechar la mano de Athos y a reconocer que la apuesta estaba perdida. El dragón y el suizo lo habían seguido, todos los compañeros habían seguido al dragón y al suizo. Aquello


 

 
 

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